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LA CUMBRE Y EL PERIODISTA QUE DOBLO A FIDEL
Por Jorge Ramos Avalos |
| 16 de
Noviembre de 1999 |
Miami. La
intrascendencia ceremonial de la pasada cumbre Iberoamericana en Cuba contrasta con lo que
ocurrió fuera de los eventos oficiales; presidentes y cancilleres se reunieron -¡por
fin!- con disidentes cubanos y eso es lo que ha destacado la prensa en todo el continente.
Para ser franco, ésta es la primera cumbre que recuerdo en la que Fidel Castro no fue el
protagonista. Ahora fueron sus opositores. Ya era hora.
Llama la atención, por ejemplo, el llamado a una "autentica democracia" por
parte del rey Juan Carlos de España (aunque no quiso meter la palabra "Cuba" en
la misma frase) y el encuentro de la canciller mexicana Rosario Green con el disidente
Elizardo Sánchez. Y esto es significativo porque España es uno de los principales socios
comerciales de la dictadura y México su aliado histórico. Otros jefes de estado y
representantes de gobierno hicieron cosas parecidas durante su estancia en Cuba. Desde
luego, estos son gestos tibios. Nadie crítico la dictadura desde dentro. Pero algo es
algo.
A nivel oficial, la cumbre fue un desperdicio. Como casi siempre. ¿Se imaginan el enorme
impacto que hubiera tenido una propuesta firmada por todos los presidentes participantes
en la Habana para que se realizara un plebiscito en Cuba? Pero no. Los mandatarios se
achicopalaron. Les dio pena ofender a su anfitrión y desaprovecharon una de las mejores
oportunidades en cuatro décadas de empujar hacia la democracia a la última dictadura del
continente americano.
Además, nadie se atrevió a decirle a Castro en su cara que había mentido al firmar un
acuerdo -en la cumbre de Viña del Mar en 1996- en la que se comprometía a promover el
pluripartidismo en Cuba. En la isla, los únicos chicharrones que truenan son los del
partido comunista. Y se acabó.
Me pregunto si todos los países que asistieron a Cuba hubieran tratado con la misma
cortesía a otro dictador. Se me ocurre que si Augusto Pinochet hubiera convocado al final
de su dictadura a una reunión iberoamericana en Chile (como la de la Habana) casi nadie
hubiera participado. La doble moral que existe en América Latina, España y Portugal
respecto a Fidel Castro es impresionante. A veces, entre los mandatarios mas mediocres, lo
único que falta es que le aplaudan por los muertos, por las constantes violaciones a los
derechos humanos y por la ausencia de las libertades mas básicas.
Da vergüenza -lo confieso- tener en América Latina a políticos de tan bajo calibre.
Ojalá hubieran seguido el ejemplo de un periodista que sí hizo bien su trabajo y quien
tuvo un encontronazo con Fidel Castro (unos días antes de la cumbre) y del que todavía
se está hablando. Estoy convencido que todo entrevistado tiene su punto débil. Y el
dictador cubano Fidel Castro no es la excepción. En todo gobernante hay contradicciones,
vulnerabilidades, y la tarea del periodista es encontrarlas. Y éste es, pues, el cuento
de cómo un periodista le encontró el punto flaco a Castro.
Alejandro Escalona, director del semanario Éxito Chicago, fue a la Habana a cubrir la
reciente visita del gobernador de Illinois, George Ryan. Y él, al igual que docenas de
periodistas mas, fue sorprendido cuando Castro se apareció en el último día de la
visita- en el auditorio de la Universidad de la Habana para ofrecer una conferencia de
prensa. Pero si Castro creyó que toda la comitiva periodística que acompañaba al
gobernador Ryan estaba dispuesta a escuchar por horas sin cuestionarlo, se equivocó. Las
preguntas -según me contó mas tarde Alejandro- no pararon y el que no preguntó
"fue porque no quiso".
Alejandro, graduado en literatura, es un mexicano que vive en Chicago y que ha seguido la
mejor tradición del periodismo norteamericano. Es decir, sabe buscar la noticia, es
preciso e imparcial hasta el cansancio, y cuando está armado con los datos de la
investigación, se lanza a retar (y a poner en aprietos) a la autoridad. No le hace el
juego a nadie. Las palabras censura y autocensura no están en su vocabulario.
Bueno, pues cuando le tocó preguntar a Alejandro en la conferencia de prensa, Castro
tropezó. Primero le preguntó si estaría dispuesto a realizar un plebiscito en Cuba como
el que se llevó a cabo en Chile respecto a Pinochet. Alejandro estaba comparando manzanas
con manzanas, dictadores con dictadores. Pero Castro no lo entendió así y le contestó:
"Usted está haciendo comparaciones que no tienen nada en común". Un poco mas
tarde, Alejandro insistió. "Después de 40 años ¿no es tiempo ya de dejar el poder
a las nuevas generaciones?", preguntó. Y Castro, en medio de un tremendo rollo,
logró contestar: "No hay que hacer ningún plebiscito
Yo soy un combatiente, yo
soy un luchador. Y mientras tenga energía no abandonaré mi puesto".
El banderillazo había sacado sangre. Al finalizar la conferencia de prensa, cuando Castro
salía hacia la calle, vio a un grupo de estudiantes que lo esperaba y le dijo a uno de
sus asistentes: "traigan al mexicano
". Y el mexicano, que se había
quedado en el salón de la conferencia, fue llevado mas rápido que inmediatamente al lado
del comandante. Ahí, entusiasmados por la presencia del dictador, los jóvenes gritaban
que "noooo" querían un plebiscito. "Nooo". Pero el periodista no se
asustó y siguió preguntando. "Si el pueblo en realidad tiene el poder", le
cuestionó a Castro, "¿por qué no deja ya la presidencia?" A lo que él
respondió: "¡Porque no me da la gana!". Y ahí se dobló Fidel.
Por fin Castro fue obligado a reconocer públicamente que el único poder que cuenta en la
isla es el de él y que el resto son puras trampas y fantasías. Es obvio que el tema del
plebiscito le duele a Castro porque no tiene como justificar su negativa a realizarlo. Si
realmente tiene el apoyo del pueblo cubano, como él asegura, ¿por qué no ratificarlo
con un plebiscito". La respuesta es clara. Porque como me dijo el disidente Yosvany
Pérez Díaz, en la Habana, el año pasado: "en unas elecciones libres, el gobierno
(de Castro) no gana, no sale".
Le entrevista de Alejandro con el dictador cubano me recordó un brevísimo encuentro que
tuve con Castro durante la primera cumbre Iberoamericana, en Guadalajara, México (1991).
La conversación en un pasillo del hotel Camino Real había comenzado mas o menos bien,
pero cuando le dije que "muchos creen que éste es el momento para que usted pida un
plebiscito", Castro brincó. "Respeto la opinión de esos señores", me
dijo. "Pero realmente no tienen ningún derecho a reclamarle ningún plebiscito a
Cuba". Después de que pronuncié la palabra "plebiscito", sentí en mi
estomago el codo de uno de los guardaespaldas de Castro, que luego se interpuso entre los
dos. El micrófono se quedó volando y yo cai al césped. Ahí terminó la entrevista.
Alejandro Escalona ha corroborado lo que muchos habían sospechado antes; que el punto
débil de Castro está intrínsecamente ligado a la idea de un plebiscito. El sabe que ha
perdido su legitimidad en el poder por ejercerlo de forma tan violenta y antidemocrática
durante 40 años. Una cosa es liderar un revolución y terminar con la dictadura de
Batista y otra muy distinta es apropiarse de los ideales de un pueblo y gobernarlo a base
de represión y miedo. Por eso, cada vez que alguien le sugiere a Castro la necesidad de
realizar un plebiscito, enfurece y se hace chiquito. El tema lo rebasa.
Desde éste punto de vista, la pasada cumbre Iberoamericana fue una oportunidad perdida.
El mejor momento para pedir un plebiscito se ahogó en discursitos. Muchos de los
presidentes que asistieron a la cumbre -otra vez- no tuvieron el valor de hacer bien su
trabajo. Alejandro, el periodista, sí. |
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