| Ciudad de México. -"Tengo
miedo", me dijo Alma Rosa, la viuda de Florencio. "Mucho miedo por mis
hijos". -"¿Tiene miedo que maten a sus
hijos?", le pregunté.
-"Sí", me contestó con una voz temblorosa.
-"¿Y cómo se siente hablando en esta
entrevista?", insistí. "¿Por qué lo hace?"
-"Porque se tiene que saber esto", respondió
con más firmeza. "Yo necesito que se aclare la muerte de mi esposo".
Su esposo era Florencio López Osuna, un dirigente del
Instituto Politécnico Nacional de 54 años de edad, a quien encontraron muerto en un
hotel de esta capital la madrugada del 20 de diciembre pasado. La versión oficial es que
estaba acoholizado, que se le vió entrar con una prostituta morena y que murió por un
ataque el corazón. Pero Alma cree que son puras mentiras "para desprestigiar (la)
imagen" de su esposo.
La muerte de Florencio ocurrió unos días después que
la revista Proceso diera a conocer una fotografía inédita de él -a los 20 años de
edad- en la que aparece golpeado, sangrando y con la ropa hecha tirones el dos de octubre
de 1968. Ese día miembros del ejército mexicano masacraron a decenas (y quizás a
cientos) de jóvenes y estudiantes en la Plaza de Tlatelolco. La fotografía de Florencio,
junto con varias más publicadas recientemente, son la evidencia gráfica que faltaba para
sustentar las graves acusaciones de violencia, tortura y asesinato contra el ejército de
México, el expresidente Gustavo Díaz Ordaz y su secretario de gobernación, Luis
Echeverría Alvarez.
Florencio López Osuna -el único líder estudiantil que
pudo hablar en Tlatelolco el dos de octubre antes que comenzara la matanza- se había
convertido (con la aparición de las fotografías) en un importantísimo testigo. Pero,
más que nada, Florencio era el nuevo símbolo de la lucha contra el olvido y la
impunidad. La pregunta es: ¿se murió o lo mataron?
-"¿Cree que (fue) muerte natural?", le
pregunté a su esposa Alma.
-"No", me dijo.
-"¿Usted cree que lo mataron?"
-"Sí", contestó sin titubear.
-"¿Quién?"
-"Pues no sé".
Lo que sí sabe Alma Rosa Hernandez viuda de López Osuna
es que Florencio recibió una amenaza telefónica en su oficina del Politécnico poco
después de que se publicaran las primeras fotografías.
-"¿Más o menos recuerda lo que Florencio le contó
de esa llamada?", le pregunté a Alma.
-"Un tipo le habló, pero no le dijo quién",
recuerda.
-"¿Y qué dijo (ese tipo) en la llamada?",
cuestioné.
-"Estoy cerca de tí en la foto".
En las fotografías que aparece Florencio ese dos de
octubre del 68 hay un hombre con un guante blanco a sus espaldas. Ese guante blanco
identificaba a los miembros del Batallón Olimpia que, en parte, realizaron la masacre.
Desde luego es imposible saber si es ese hombre o alguien
más quien realizó la amenaza telefónica. Pero lo que sí queda claro es que la
investigación de la muerte de Florencio deja mucho que desear.
Primero, la policía y la procuraduría de justicia de la
ciudad de México nunca investigaron esa amenaza telefónica contra la vida de Florencio
antes de cerrar apresuradamente la investigación. ¿Cómo lo sabemos? Bueno, porque esta
es la primera vez que Alma lo dice públicamente.
Segundo, según Alma, la tarjeta de crédito de su esposo
se usó en varias ocasiones después de la muerte de Florencio utilizando su número
secreto de identificación personal (o NIP). Es decir, antes de morir, alguien tuvo que
forzarlo a darle dicha información. Por esto resulta sospechosa la conclusión de que
Florencio murió de un paro cardíaco. Además, en las cámaras de video de los cajeros
automáticos donde se retiró el dinero de la cuenta de Florencio debe aparecer él o los
posibles sospechosos de su muerte.
Tercero, antes de su muerte, Florencio nunca tuvo
problemas serios de salud ni del corazón e incluso -recuerda su esposa- se daba el lujo
de vez en cuando de correr hasta tres kilómetros en la altura de la ciudad de México.
Ante esta nueva información -la amenaza telefónica, el
uso de su tarjeta de crédito y las declaraciones de su esposa, hermano (Faustino) y sus
tres hijos (Angélica, Erendira y Vladimir) que contradicen la versión de los
investigadores de que Florencio era borracho y mujeriego- es preciso volver a abrir la
investigación. Ya. Y hay que darle protección inmediata a los miembros restantes de la
familia López Osuna. Por las implicaciones de este caso, el gobierno federal debe
involucrarse y asegurar una investigación fidedigna y a fondo.
"No tengo la capacidad de afirmar que Florencio y
(la activista) Digna Ochoa fueron ejecutados por un comando enviado por esa fraternidad de
las sombras, por darle un nombre", me dijo el académico del Colegio de Méxco y
defensor de los derechos humanos, Sergio Aguayo. "Pero de lo que sí tengo certeza es
de la profunda incapacidad que han mostrado el gobierno capitalino y el gobierno
panista
para esclarecer estas muertes."
La muerte o asesinato de Florencio continúa una larga y
triste tradición de olvido y obstrucción de la justicia en torno a los hechos ocurridos
el dos de octubre de 1968. Los asesinos del 68 viven en absoluta impunidad entre los
mexicanos; son vecinos, gente a nuestro lado en la mesa de un restaurante o manejando en
la misma calle, que deberían pudrirse en una cárcel en vez de burlarse de todo un país
en sus casas de altos muros.
El presidente Vicente Fox prometió, cuando era
candidato, crear una Comisión de la Verdad y meter en la cárcel a los "peces
gordos" vinculados con la matanza de Tlatelolco. Hasta el momento ni una sola persona
ha sido investigada, acusada, arrestada, juzgada o sentenciada por su responsabilidad en
la masacre del 68. Ni una.
Y con la de Florencio se añade otra muerte más a una de
las peores violaciones a los derechos humanos en la historia de México y que por más de
34 años no ha podido ser esclarecida. Mexico; el país de la justicia durmiente. |