| Boston. Las iglesias
católicas de esta ciudad guardan secretos terribles. Muchos. Son secretos que nunca
debieron serlo. Involucran a por lo menos 80 sacerdotes acusados de abusar sexualmente a
niños. Cientos de niños. Por extrañas e
inexplicables razones la Arquidiócesis de Boston y, en particular, el cardenal Bernard
Law -el sacerdote de más alto rango dentro de la iglesia católica en Estados Unidos-
ocultaron durante años los casos de abuso sexual contra menores de edad y protegieron a
los religiosos que los cometieron. ¿Cómo? En lugar de denunciar ante la ley a los
sacerdotes como criminales, la mayoría de ellos fueron cambiados de parroquia o de
trabajo, muchas veces manteniéndolos en contacto directo con niños en escuelas e
iglesias.
El caso más trágico es el del exsacerdote John Geoghan
acusado de haber molestado sexualmente a más de 130 niños desde que fue ordenado en
1962. Hace unos días fue sentenciado a 10 años de cárcel por haber tocado en las nalgas
a un niño de 10 años dentro de una piscina. El juez que lo sentenció dijo que Geoghan
era "un peligro para cualquier preadolescente". Y lo más triste del caso es que
líderes de la iglesia católica -de acuerdo con los documentos publicados por el diario
The Boston Globe- estaban enterados del criminal comportamiento de Geoghan y en lugar de
entregarlo a las autoridades, únicamente lo cambiaban de parroquia.
Una encuesta realizada por el mismo The Boston Globe
indica que la mitad de los católicos entrevistados considera que el cardenal Law debe
renunciar a su puesto. Pero el arzobispo de Boston se ha negado a hacerlo. En cambio, en
varias conferencias de prensa durante el mes de enero, pidió disculpas y dijo sentirse
"profundamente avergonzado" por la manera en que se manejó el caso del
pedófilo John Georghan.
La realidad es que la Arquidiócesis de Boston no dio a
conocer de manera voluntaria la información sobre los 80 sacerdotes investigados. No. La
Arquidiócesis fue obligada a hacerlo por las demandas en su contra -que pudieran costarle
a la iglesia decenas de millones de dólares- y por el difícil trabajo investigativo de
un periódico. Los líderes de la iglesia católica en Boston pusieron a sus sacerdotes
por encima de la ley y del bienestar de los niños violados, humillados y abusados
sexualmente.
Desafortunadamente los casos de pedofilia en Boston no
son los únicos. La diócesis de Manchester en New Hampshire le ha dado a la policía los
nombres de 14 sacerdotes acusados de abuso sexual desde 1963 hasta 1987. Y las iglesias en
poblaciones como Worcester en Massachussets y Portland en Maine tenían planeado decirle a
sus feligreses quienes eran los sacerdotes que maltrataron, tocaron de manera inapropiada
o manosearon a menores de edad, de acuerdo con recientes informes de prensa.
Los casos de pedofilia entre algunos sacerdotes
católicos de Estados Unidos son un secreto a voces. Pero nunca antes se habían
denunciado de esta manera. Además, la situación puede ir mucho más allá de las
fronteras de la Arquidiócesis de Boston. Si ahí 80 sacerdotes están siendo investigados
de un total de 930 -es decir, el 8 por ciento- las autoridades eclesiásticas en otros
lugares deberían, también, investigar y denunciar cualquier tipo de irregularidad. Esta
no es hora de secretitos.
Pregunta: ¿cuántos casos de pedofilia hay reportados
dentro de la iglesia católica en México, en Colombia, en El Salvador...? ¿Cuántos? La
información no puede esconderse y debe hacerse pública. Lo que está ocurriendo en
Boston debe conocerse en América Latina -donde hay una fuerte presencia de sacerdotes en
la educación- para evitar que ahí se repitan los abusos. Y no solo sexuales.
Los castigos físicos y corporales forman parte de un
anticuado y mal entendido concepto de disciplina en algunos colegios religiosos. Lo sé;
yo estudié en una escuela católica donde frecuentemente se golpeaba a los estudiantes.
Estos castigos, al igual que el abuso sexual, tienen al menos tres características en
común: 1) la imposición por la fuerza de la voluntad de un adulto sobre un menor de
edad, 2) la impunidad con que actúan ciertos sacerdotes frente a los niños, y 3) el
secretismo en torno a posibles violaciones de la ley, que son -como demuestra el caso de
Boston- más frecuentes de lo que algunos sectores de la iglesia católica quisieran
reconocer en público.
La solución para evitar estos abusos es muy sencilla (y
muy difícil de poner en práctica): ningún sacerdote o religioso, ninguno, puede estar
por encima de la ley y cualquier abuso (sexual y físico) o maltrato debe ser reportado de
inmediato por la misma iglesia a las autoridades civiles. El manejo interno de estas
cuestiones ha resultado ser, por desgracia, poco efectivo, injusto con las víctimas y no
le ha puesto un alto definitivo a los abusos.
Y esto no se limita, por supuesto, a la iglesia
católica. Ninguna organización religiosa debería -por su bien y por el de los niños
que están a su cargo- esconder y proteger a violadores sexuales, pedófilos e individuos
con comportamientos agresivos y abusivos. El problema es que este tipo de asuntos pocas
veces salen a la luz pública.
Sobra decir que la gran mayoría de los sacerdotes
católicos tiene una reputación a prueba de cualquier sospecha. Sin embargo, cuando un
niño denuncia la mala conducta de un sacerdote, pocos son -incluyendo a veces a sus
familiares- los que creen en el menor de edad. El niño está en franca desventaja: es su
palabra contra la de una tradicional figura de autoridad. El escándalo sexual en la
Arquidiócesis de Boston nos obliga a poner mucha más atención cuando un niño o
adolescente se queja de la conducta del señor de las sotanas.
Las iglesias católicas de esta ciudad guardan secretos
terribles...
Posdata sobre las Olimpíadas americanas. NBC
pagó 545 millones de dólares para transmitir los juegos olímpicos de invierno en
Estados Unidos y cobró 600 mil dólares por cada 30 segundos de comerciales. Pero viendo
las transmisiones de NBC desde Salt Lake City uno sospecharía que los únicos que
compitieron eran los norteamericanos (con algunas y muy breves excepciones de atletas de
otras 76 naciones). ¿Para qué pagar tanto por un evento mundial cuando el resto del
mundo ni siquiera aparece? Qué lástima que no pude ver las transmisiones canadienses o
europeas; para ellos el mundo no es un mundito. |