| En memoria del periodista
Jorge Tortosa, asesinado en Caracas el pasado 11 de abril. Caracas, Venezuela. Nadie me lo contó. Yo lo vi. Al mismo
tiempo que Hugo Chavez regresaba al poder, más de 200 jóvenes en motonetas y
motocicletas rodearon el edificio de Venevisión y amenazaron con atacar e invadir la
televisora más grande de Venezuela. Iban armados con piedras y palos. Se escucharon
disparos al aire cuando la turba se aproximaba.
Estaba en las instalaciones de Venevision editando un
reportaje para la televisión de Estados Unidos y, al igual que todos los que estaban
dentro, no pude salir de ahí durante más de dos horas. Al final, la localización del
edificio -una especie de moderno castillo en la cima de un monte- y los guardias bien
armados persuadieron a los chavistas a irse a otro lugar. Y se fueron a Radio Caracas TV,
la otra gran televisora de Venezuela; ahí destruyeron sus ventanales en un violento acto
de intimidación contra sus periodistas.
En Venezuela no hay libertad de prensa; lo que hay son
periodistas muy valientes. Eso es lo que sugirió hace poco un representante de la
Sociedad Interamericana de Prensa (SIP) cuando visitó el país. Y ahora las cosas no han
cambiado. Por el contrario. Con el regreso de Chavez al palacio de Miraflores, tras el
golpe de estado de 48 horas, han aumentado los riesgos para los periodistas.
Sé de varios de reporteros, tanto de la televisión como
de la prensa escrita, que recibieron amenazas de muerte y que por varios días tuvieron
que esconderse. El caso más preocupante fue el de Luis Alfonso Fernández, el periodista
de Venevisión que presentó por televisión las imágenes de la masacre del jueves 11 de
abril. Un alto ejecutivo del canal me dijo que la casa del reportero fue allanada y sus
teléfonos intervenidos. Además, hay enormes presiones para que él y el audaz
camarógrafo, Julio Rodríguez, digan que las imágenes que filmaron -y que provocaron la
caída de Chavez- fueron un montaje.
Ese video muestra a simpatizantes del presidente Chavez
disparando desde un puente hacia la avenida Baral de Caracas donde marchaban cientos de
miles de manifestantes. Dos de los pistoleros que dispararon contra la multitud han sido
identificados gracias a ese video: uno es Richard Peñalver, un miembro del consejo de la
ciudad de Caracas y de los llamados "círculos bolivarianos"; el otro es Rafael
Cobrices quien, al ser detenido, llevaba una identificación del Movimiento Quinta
República.
Los muertos de ese jueves sobrepasan la docena. Una de
las reporteras que vió esos muertos es Elianta Quintero. "Yo estaba justo donde
estaban cayendo los muertos", me dijo en una conversación. "Todos los muertos
que yo vi caer, todos, eran de la manifestación". Elianta me contó que vio cinco
muertos y tres heridos la tarde de ese fatídico jueves. "Todos los muertos que yo
vi", insistió, "tenían disparos en la cabeza". Incluyendo al fotógrafo
del Diario 2001, Jorge Tortosa. Jorge murió simplemente por estar haciendo su trabajo.
Elianta, recordó con alivio, escondió la cabeza y tuvo más suerte; en medio de los
disparos narró paso a paso la matanza.
Extraordinario trabajo. Ella y Julio y Luis Alfonso y
muchos periodistas más fueron nuestros ojos y oídos. Lo que ellos transmitieron a
Venezuela y al mundo el jueves 11 de abril fue lo que Chavez trató de ocultar, sin
éxito, con una cadena nacional. La masacre no se pudo esconder. Las televisoras,
desafiantes, partieron la pantalla en dos y mientras Chavez decía que no pasaba nada y
que él estaba en control de la situación, las imágenes de al lado escupían muertos y
heridos y represión y odio.
En las calles de Caracas, es cierto, se percibe mucho
resentimiento en contra de los principales canales de televisión debido a que no
transmitieron la toma del palacio de Miraflores por parte de los chavistas el sábado 13
de abril ni las muestras de apoyo a su líder encarcelado. Pero independientemente de la
muy cuestionable y controversial decisión periodística de no informar sobre esos hechos
y poner en su lugar películas y programas de entretenimiento, la realidad es que muchos
de los reporteros de Venevisión, Radio Caracas TV, Televen y Globovisión, entre otros,
corrían peligro en las calles. No me lo contaron. Yo también lo viví.
Ese sábado por la noche tuve que suspender una
transmisión de televisión en vivo, por satélite, debido a varias ráfagas de pistola
que pasaron muy cerca del lugar donde estábamos. Salimos del aire, apagamos las luces y
la planta electrica, nos escondimos un rato en una oficina y no pasó nada.
Al final de cuentas, yo me voy de Venezuela a mi
trinchera en Miami. Pero ¿qué pasa con los periodistas que se quedan? Bueno, lo que pasa
es que muchos de ellos se juegan el pellejo cada vez que salen a reportear. Sin embargo,
poco a poco, los periodistas se han ido reintegrando a su trabajo. ¿Y saben cómo
tuvieron que salir a trabajar muchos de esos reporteros después del intento golpista? Con
chalecos antibalas, sin identificación, en autos y camionetas privadas -no de la empresa
para la que trabajan- y con guardaespaldas o personal de seguridad que los proteja. Esta
es la libertad de prensa de la que tanto presume Chavez.
La persecución e intimidación a los periodistas y a los
medios de comunicación, me temo, no ha terminado. No se puede apoyar ningún golpe de
estado -y menos el realizado torpe y tontamente por Pedro Carmona y sus aprendices de
Rambo. Pero la intentona golpista es la excusa que buscaba Chavez para tratar de quitarle
las concesiones a algunos canales de televisión.
Mientras tanto, los periodistas independientes son el
principal antídoto al estilo autoritario y a los abusos de autoridad que han
caracterizado el chavismo. Además, muchos de esos reporteros son testigos presenciales de
lo que el gobierno de Chavez tanto quiere esconder: la masacre de civiles inocentes y
desarmados el jueves 11 de abril.
Prohibido olvidar. |