| En memoria de nuestro amigo
Tony Oquendo. No es la primera vez que lo
pienso. La idea lleva varios meses dándome vueltas en la cabeza. Quizás el único
sentido de esta vida es vivirla, intensa, plenamente. Y ya.
Mientras veía a mi hijo Nicolás celebrar su cuarto
cumpleaños con una treintena de amigos -unos divertidos e incorregibles traviesos- caí
en cuenta que era ahí donde tenía que estar. Ahí. No en la oficina, ni escribiendo y
mucho menos en una tienda o arreglando algún desperfecto de la casa. No. Era ahí donde
tenía que estar; disfrutando las risas sobre una resbaladilla, los clavados en la piscina
y el maquillaje de pizza y pastel en esas caritas despreocupadas.
¿Trivial? Sin duda. Pero era importante para Nicolás,
para mi esposa Lisa, para mí. Esa mañana recordamos las 19 horas de parto un domingo de
mundial hace cuatro años. Nicolás tuvo el buen tino de nacer poco después del último
de los tres partidos de futbol del día y solo unos minutos antes de que su madre se
arrancara por el dolor todos y cada uno de sus largos cabellos color marrón. Nicolás
nació un domingo de futbol. Y eso me alegra.
Por unos momentos dudé en quedarme en la fiesta infantil
de Nicolás. Tal vez me debo ir a la oficina para no llegar tan tarde, pensé. Pero luego
encontré la pregunta apropiada: ¿qué hubiera hecho Tony? Y rápidamente llegó la
respuesta. Tony se hubiera quedado al cumpleaños de su hijo.
Tony era una de esas personas que encontró balance en su
vida. Supo equilibrar como un malabarista el trabajo, el amor y el juego. El éxito -creo-
no está en ser muy bueno en una sola cosa sino en saber exprimir lo mejor de varias. Y
Tony le sacó jugo a la vida. Supo combinar una siempre ascendente carrera profesional
-dirigía una cadena de televisión- con una vida familiar de envidia -sus grandes
compañeros eran su esposa Tere y sus dos hijos, Victor y Julián- y aún le quedaba
tiempo para pescar, remar, ver partidos de futbol americano y uno que otro amanecer desde
el balcón de su casa, disfrutar una copita de vino tinto y compartir con sus amigos.
Tony sabía jugar. Cuando el básquetbol le desmoronó
las rodillas, aprendió a pegar unos derechazos de miedo en el tenis y unos swings
bastante respetables en el campo de golf. Pero su actitud -relajada, segura, sencilla- iba
más allá de los deportes. Era mister cool. Tony, jugando, le quitaba la
importancia a lo que no tenía. Los títulos, la fama y el dinero nunca le impresionaron y
siempre tenía una broma para el mesero, el asistente o la del café. Además, en la
ruleta de reparticiones le fue bien; casi siempre era el más alto del grupo y mis amigas
aseguran que se sabía guapo. Sin duda, las canas y las finas corbatas nunca estuvieron de
más.
Pero el corazón no le aguantó. Y se nos fue. Así, en
un abrir y cerrar de ojos, se nos fue. Los buenos se van jóvenes, dicen los creyentes.
Apenas alcanzó a rascar los 54 años. Son los que no creen tanto los que no se explican
por qué él y por qué ahora. Lo más sorprendente de la muerte de Tony -además de su
brutal rapidez- es la cantidad insospechada de gente a la que tocó -nunca había visto
tantas personas en un funeral- y las lecciones que todos estamos aprendiendo de él. Ese
flaco sí que sabía cómo vivir.
Sin quererlo, Tony ha enviado a varios a hacer citas con
el cardiólogo y nos ha forzado a reexaminar la forma en que vivimos. La vida y la muerte
a veces se tocan. La falta de tiempo, el estrés, las boberías y las enormes presiones de
trabajo nos chupan por dentro. Pero de alguna forma -aún tengo que descubrir cómo- Tony
supo vivir sin prisa. Sabía bajarse del mundo para disfrutar los momentos importantes.
¿Qué hubiera hecho Tony? Me pregunto cada rato. En la
fiesta de cumpleaños de alguno de sus hijos, estoy seguro, lo hubiera cancelado todo para
quedarse con ellos. |