| Miami. Hay días
enteros en que no tengo que pronunciar una sola palabra en inglés, ni comer hamburguesas
o pizzas, y mucho menos ver programas de televisión en un idioma distinto al español. En
ocasiones todos los e-mails que recibo vienen, también, en castellano y las personas que
saludo dicen "hola" o "aló" pero no "hello". Esto
pudiera resultar normal en Bogotá, Santiago o en San Salvador. Pero resulta que cada es
más frecuente en ciudades como Nueva York, Los Angeles, Houston, Miami y Chicago. ¿Por qué? Bueno, porque Estados Unidos está viviendo una
verdadera revolución demográfica. A algunos les gusta llamarlo "la
reconquista". Los mismos territorios que perdió México frente a Estados Unidos en
1848 -Arizona, Texas, California...- y muchos otros que no formaban parte de la república
mexicana -como la Florida e Illinois- están experimentando una verdadera invasión
cultural. No es extraño que en muchos de estos lugares predomine el español sobre el
inglés y se vendan más tortillas y salsa picante que bagels y ketchup.
Los números lo dicen casi todo. Actualmente hay más de
40 millones de latinos viviendo en Estados Unidos -a los 35 millones que contó el censo
hay que sumarle los ocho millones de inmigrantes indocumentados que, en su mayoría, son
de origen latinoamericano; el poder adquisitivo de los hispanos es de 500 mil millones de
dólares al año -superior a países como Argentina, Chile, Perú, Venezuela o Colombia;
nombres como Rodríguez, Martínez y Estefan dominan el mundo de la música y los deportes
en Norteamérica; y el español se escucha en todos los rincones del país, incluyendo la
Casa Blanca.
George W. Bush es el primer presidente estadounidense que
habla español (o, más bien, que cree que habla español). Pero gracias a sus esfuerzos
por comunicarse en español durante la campaña presidencial -a pesar de estar plagados de
errores gramaticales y de pronunciación- Bush ganó el apoyo del electorado
cubanoamericano en la Florida y con un ventaja de solo 537 votos (¿cubanos?) llegó a la
Casa Blanca.
Actualmente hay 28 millones de personas, mayores de cinco
años de edad, que hablan español en Estados Unidos (según informó la Oficina del
Censo). Y por lo tanto no es extraño que algunos de los noticieros de mayor audiencia en
Miami o Los Angeles sean en español, no en inglés, y que el programa de radio más
escuchado por las mañanas en Nueva York sea El Vacilón de la Mañana y no el show
del alucinado Howard Stern.
Cuando llegué a Estados Unidos hace casi 20 años un
director de noticias pronosticó que yo nunca podría trabajar en la televisión. "Tu
acento en inglés es muy fuerte", me dijo. "Y los medios de comunicación en
español están a punto de desaparecer". En realidad, ocurrió lo opuesto. Los medios
en español crecieron de manera extraordinaria -actualmente hay tres cadenas de
televisión y cientos de estaciones de radio en castellano. Y el director de noticias
perdió su empleo mientras yo obtenía mi primer trabajo como reportero para una estación
local de televisión en Los Angeles.
La famosa y estereotipada idea del melting pot es
un mito. Los inmigrantes europeos -italianos, alemanes, polacos...- que precedieron a los
latinos se asimilaron rápidamente a la cultura estadounidense. Pero los latinos han
logrado la hazaña de integrarse económicamente a Estados Unidos sin perder su cultura.
Nunca antes había ocurrido un fenómeno así.
Además, el crecimiento de la comunidad latina está
asegurado. Las familias hispanas tienen más hijos que el resto de la población; tres, en
promedio, frente a dos hijos que son la norma en las familias anglosajonas y
afroamericanas. A esto hay que añadir los 350 mil indocumentados que cada año entran
ilegalmente a Estados Unidos por su frontera sur y el más de un millón de inmigrantes
legales que son admitidos al país anualmente. Si las tendencias se mantienen, en menos de
50 años habrá 100 millones de hispanos en Estados Unidos y solo en México habrá más
hispanoparlantes.
Ahora bien, mi entusiasmo por la latinización de Estados
Unidos se ha enfrentado con la pared del rechazo y la sospecha tras los actos terroristas
del 11 de septiembre del 2001. Ser inmigrante es cada vez más difícil en Estados Unidos
y cruzar ilegalmente la frontera desde México nunca ha sido más peligroso: en el último
año han muerto cerca de 300 personas por deshidratación o frío en desiertos y
montañas. Las señales de discriminación son, a veces, sutiles; otras, no tanto.
Desafortunadamente, los 31 millones de extranjeros que viven en Estados Unidos -en su
mayoría de origen latino- son muchas veces los chivos expiatorios por las fallas en los
servicios de espionaje norteamericano y por los actos cometidos por 19 terroristas
árabes.
La única manera de enfrentar los problemas específicos
de la comunidad latina -deserción escolar, pobreza superior al promedio, ausencia de
representación política...- es con más líderes. Pero eso es lo que falta. Los hispanos
somos el 13 por ciento de la población, sin embargo no tenemos un solo senador, ni un
gobernador ni un juez en la Corte Suprema de Justicia. Esto debe cambiar conforme siga
aumentando el número de latinos que se convierten en ciudadanos norteamericanos y que
salen a votar.
Como quiera que sea, la presencia de los latinos en
Estados Unidos es avasalladora; este no es un país blanco ni negro, sino mestizo. Y es
precisamente en la tolerancia donde radica su fuerza. Pero, como decía Octavio Paz, el
reto de Estados Unidos es que se reconozca como lo que es: una nación multiétnica,
multirracial y multicultural. ¿Tendrá Estados Unidos el valor de verse en el espejo? |