| Resulta difícil de creer que
un congresista norteamericano utilice su influencia y sus conexiones para hacerle daño a
un brillante joven inmigrante de 18 años de edad, pero eso es exactamente lo que está
ocurriendo. La historia es increíble, tanto por el odio y amargura que refleja la actitud
del congresista como por el esfuerzo del adolescente mexicano por estudiar y salir
adelante. Esta es la historia de Jesús Apodaca,
el más pequeño de cinco hermanos, que llegó a Estados Unidos con sus padres en 1997
procedente de Chihuahua, México. A Jesús -y esto es importante- lo trajeron; cuando se
convirtió, sin saberlo, en inmigrante indocumentado apenas tenía 13 años de edad.
A pesar de su timidez, Jesús ha sido un estudiante
ejemplar, terminó la secundaria con "mención honorífica" y, como la mayoría
de sus compañeros de la escuela Aurora High School, trató de entrar a la universidad.
Pero pronto se dio cuenta que como era indocumentado no tenía derecho a pagar las bajas
colegiatura de los residentes de Colorado y, en cambio, estaría obligado a desembolsar 15
mil dólares al año en la Universidad de Colorado en Denver. Imposible para una familia
como los Apodaca; el padre de Jesús, como muchos inmigrantes mexicanos, trabaja como
jornalero en un rancho.
Pero Jesús no se iba a dar por vencido. Pidió ayuda al
Consulado de México en Denver y a quien estuviera dispuesto a oirlo. Al final, quien lo
escuchó fue Michael Riley, un periodista del diario Denver Post que publicó su historia
en primera plana el 12 de agosto pasado. Al poco tiempo se recaudaron dos mil dólares
para la escuela de Jesús y un donante se ofreció a pagarle los 60 mil dólares de
carrera si Jesús tenía buenas calificaciones. Todo iba bien hasta que se apareció el
congresista republicano Tom Tancredo.
El congresista se esperó a que se acercara la fecha del
11 de septiembre, el primer aniversario de los actos terroristas, para sacar su bomba. En
lugar de ayudar a Jesús, el congresista Tom Tancredo le llamó al Servicio de
Inmigración y Naturalización (INS) para pedirle que deportaran a Jesús y a su familia.
Es sorprendente que alguien que ha sido elegido al Congreso de Estados Unidos centre sus
esfuerzos en destruir las ambiciones de un estudiante. ¿No tiene cosas más importantes
que hacer? Tom Tancredo olvidó muy rápido que en su familia también hubo inmigrantes.
Lo irónico de este asunto es que el mismo diario Denver
Post descubrió que Tancredo utilizó a trabajadores indocumentados para remodelar su
casa. La remodelación incluyó una sala de cine, un salón de billar y una recámara. Es
decir, que uno de los principales enemigos de los indocumentados -Tancredo quiere enviar
tropas a la frontera con México- también sacó beneficio de su trabajo. A mí eso me
suena a hipocresía por no usar una palabra más fuerte. Sin embargo, Tancredo se
defendió diciendo que él contrató a una compañía de buena reputación y que él no
tenía por qué preguntar la situación migratoria de quienes remodelaron su casa.
Al igual que Tancredo, millones de estadounidenses que se
quejan de la continua y creciente presencia de los indocumentados se benefician de su
trabajo. La comida que ingieren es cosechada, mayormente, por inmigrantes; las casas y
edificios donde viven fueron construidos en buena parte por inmigrantes; y quienes cuidan
a sus niños son muchas veces madres y jóvenes indocumentadas.
Otra ironía en esta historia del buen estudiante y el
mal congresista es que con lo mismo que se gastó Trancredo en la remodelación de su casa
- $15,795 dólares según investigó el diario- se hubiera podido pagar el primer año de
universidad de Jesús. Pero jamás podríamos esperar tanta generosidad de alguien como
él.
Al final, así están las cosas. El Consulado de México
en Denver está tratando el asunto de Jesús Apodaca y su familia como "un caso de
protección" y los abogados del gobierno mexicano estudian las opciones para
legalizar su situación y evitar su deportación. "Una de las políticas del
presidente Fox es que le ayudemos a los inmigrantes mexicanos a llevar una vida menos
pesada", me dijo la Cónsul General, Leticia Calzada. "Y el tema de la
educación superior (para jóvenes indocumentados como Jesús) debería ser parte de la
agenda trilateral entre México, Estados Unidos y Canadá".
Y aparentemente las "palancas" de Tancredo no
son tan buenas. Hasta el momento el INS no se ha querido meter en el asunto y no ha hecho
nada para iniciar la deportación de Jesús y su familia. Seguramente no era su
intención, pero la vergonzosa posición de Tancredo convirtió en un símbolo a Jesús:
este muchacho de 18 años representa, de alguna manera, a los más de ocho millones de
inmigrantes indocumentados que contribuyen enormemente a la economía y a la cultura de
Estados Unidos.
¿Y Jesús? Bien gracias. Ya inició su primer semestre
de Ingeniería en Computación en la Universidad de Colorado en Denver y está pagando sus
altísimos gastos de colegiatura con la ayuda de desconocidos.
Hay gente que cierra puertas, como el congresista Tom
Tancredo. Pero también hay gente que abre caminos; Jesús Apodaca es uno de ellos.
Posdata con balas. Acabo de regresar de Washington
D.C. donde uno o varios francotiradores han creado el pánico en las calles, escuelas y
gasolineras. Pero no son los muertos lo que sorprende sino la ingenuidad de los
norteamericanos cuando dicen: "no sabemos por qué pasan aquí cosas así". Esta
muy claro: estos asesinatos ocurren por lo fácil que es comprar en Estados Unidos armas
de fuego. Esto no ocurre, por ejemplo, en Japón donde casi ningún civil puede portar
rifles o pistolas. El otro problema es que la propuesta de ley de marcar cada bala y cada
arma de fuego con su comprador -igual como en una tienda queda identificado el consumidor
que compra leche o carne al pagar con una tarjeta de crédito- está siendo boicoteada por
los que siguen defendiendo el absurdo derecho de comprar armas y usarlas en las calles
como si estuvieran de cacería. |