| Puerto Morelos, México.
Es el baño sauna de los mayas. Pero más allá de limpiar las toxinas del cuerpo, te
avienta a una aventura del alma totalmente inesperada; al menos para un primerizo como yo. Antes de desaparecer del mapa por razones aún inexplicables, los
mayas acostumbraban sanarse (por dentro y por fuera) con el ritual del temazcal. Primero
saludaban los cuatro puntos cardinales -que representan las étapa de la vida y estaciones
del año: niñez/primavera, adolescencia/verano, madurez/otoño y sabiduría/invierno- y
se hacían una limpia con humo vegetal. Luego se internaban en un recinto cavernoso
calentado por piedras volcánicas para sudar sus enfermedades, limpiar la piel y enfrentar
sus miedos.
"Es como regresar al vientre materno", nos dijo
Nancy, la guía, a los cuatro incautos que desconocíamos totalmente en lo que nos
estábamos metiendo. Pero tengo que reconocer que la experiencia de entrar al temazcal
sonaba intensa e interesante. "Sin duda, mejor que un masaje", pensé. "Al
menos es algo nuevo".
El ayudante de Nancy, un indígena maya llamado
extrañamente Secreto, alimentaba madera al fuego de un horno en forma cilíndrica donde
las piedras volcánicas ponían al rojo vivo su ahuecado corazón. Siguiendo el ritual
maya, pasamos del este al sur y del oeste al norte envueltos en un humo aromatizante.
Luego, con una solemnidad casi religiosa, repetimos unas breve oración maya y bajamos los
tres escalones al interior del temazcal, construido en forma de pirámide.
Los cuatro novicios nos sentamos sobre unos tapetes de
petate cuadrangulares
que a su vez descansaban sobre la arena tibia y talcosa
del caribe mexicano. En ese mismo espacio habrían cabido ocho personas cómodamente
sentadas en posición de flor de loto. Pero los que perdimos hace tiempo la flexibilidad
juvenil pudimos estirar groseramente las piernas sin golpear a nadie. Y así comenzó el
viaje a la oscuridad.
Secreto empezó a traer las piedras incandescentes a un
hoyo en la base de la pirámide y cuando el monton de lava petrificada -y ahora renacida
por el fuego- sobrepasó la superficie, Nancy le ordenó que cerrara la puerta por fuera.
El azotón me hizo saltar el pecho. Un haz de sol yucateco se colaba de manera rebelde por
las rendijas de la puerta. Pero los horificios fueron rápidamente tapados, también por
fuera, como si un lápiz gigantesco borrara cuatro líneas de luz. Dentro, nuestras
sombras bailaban al son de los tenues reflejos rojos, naranjas y amarillos de las piedras
calientes.
"Ahora van a empezar a sudar", nos advirtió
una voz ronca; era la de Nancy que se había transformado en nuestra chamana. "Traten
de relajarse; si no aguantan el calor, bajen la cabeza al nivel del piso". Fue
entonces que soltó el primer balde de agua contra las piedras. ¡Shhhhhhhh! Estas se
quejaron con un ruido que pedía silencio e inmediatamente después soltaron un olor a
yerbabuena. Vino otro baldazo más. Nos hizo toser. Este otro humo blanco venía envuelto
de eucalipto.
Nancy, que aprendió el ritual de sanador de su abuelo
yucateco, intercalaba los distintos tes de hierbas medicinales con cantos e instrucciones
muy precisas. "Límpien su nariz
usen los baldes de coco seco para sacar el agua
de la olla de barro y refrescarse
identifiquen sus miedos y enfréntelos
no se
paren."
Tras media hora de copioso sudor, el suplicio paró. Se
abrió la puerta, entró Secreto con más piedras y luego la mismo voz ronca nos
advirtió: "ahora sí se va a poner caliente". Creía que no podía resistir
más pero, ante la vergüenza de desistir, respiré profundo y vi con angustia como la
puerta se volvía a cerrar. ¡Shhhhhhhh! ¡Shhhhhhh!
gritaban las piedras ante la nueva infusión de agua y
hierbas. Empecé a alucinar. Vi figuras de un perro y un lobo en las piedras al rojo vivo.
"Lealtad y liderazgo", concluyó Nancy. Otros vieron ardillas, peces, serpientes
y hasta dragones. Cada rasgo tenía su explicación: era un viaje dentro de nosotros
mismos.
El agua siguió cayendo hasta que las piedras perdieron
su luz. La oscuridad era total. "Así es el mundo de los ciegos", dijo Nancy. El
calor era insoportable. Lo único que quería hacer era salir corriendo. Sentía una
combinación de angustia y miedo; oía claramente los latidos de mi corazón, rasposo,
acelerado y adolorido. Un pedazo de sandía y la aplicación de un lodo rico en minerales
por todo mi cuerpo me hizo olvidar momentaneamente mis temores.
Por fín, como boleto de salida, la sanadora nos exigió
un grito largo y tendido. Lo que salió fue un aullido desgarrador desde las entrañas. Y
nos dejó salir. No sé cuánto duró esa segunda encerrona. Quizás unos 25 minutos.
Perdí la noción del tiempo. Pero llegué al límite. Un poco más -de tiempo, de calor,
de angustia- no lo hubiera aguantado.
Secreto ¡mi querido Secreto! abrió la puerta y los
vientos del atardecer se colaron dentro de la pirámide. Caminé, casi como zombie, hacia
el mar y me quedé flotando boca abajo unos segundos. Tras secarme, toqué mi piel: estaba
inusualmente suave. Era la huella de una experiencia muy dura, gruesísima. No es para
todos y casi no fue para mí.
Los temazcales han resurgido, como una moda, durante los
últimos dos años en la península de Yucatán. Lo que nunca me imaginé es que el calor,
silencio, oscuridad e intensidad sensorial del temazcal me llevarían al mismísimo borde
de la vida.
Después de todo, regresar al vientre materno no es tan
agradable como creía. |