| Guadalajara, México. El
gobierno del cambio se ha quedado en puras promesas, señales de humo y espejos. Dos años
después de asumir el poder, está muy clro que el presidente Vicente Fox desaprovechó la
oportunidad histórica de darle un revolcón al país. La crítica que he escuchado con
más frecuencia es que el gobierno de Fox es "más de lo mismo". Y esto es
triste y desalentador ya que Fox y millones de mexicanos lucharon muy duro para terminar
con 71 años de abusos del Partido Revolucionario Institucional (PRI). A pesar de todo,
prefiero una democracia imperfecta, como la que tiene México desde las elecciones del 2
de julio del 2000, al sistema autoritario e ilegítimo que caracterizó a los regímenes
priístas. La democracia, es cierto, no fue varita
mágica. Hoy hay más desempleados que en el 2000 y productos básicos como las tortillas,
los frijoles y la leche están más caros que nunca. La inflación este año pudiera
rascar el seis por ciento y la mayoría de los mexicanos son pobres...y lo seguirán
siendo, sin esperanza, por varios sexenios más. Fox y su equipo no son culpables del
desaceleramiento económico mundial, agudizado en Estados Unidos -el principal socio
comercial de México- por los actos terroristas del 9/11. Pero fue francamente ingenuo, y
hasta irresponsable, ofrecer como candidato presidencial un crecimiento anual del siete
por ciento y la creación de más de un millón de empleos por año. El globo de las
falsas expectativas creadas por Fox ya tronó. Aún así, prefiero una democracia
imperfecta a tener a un gobierno priísta en Los Pinos acostumbrado a mentir y maquillar
cifras a su antojo.
México es un país tan inseguro o más que durante el
cambio de milenio. Si las cifras demuestran una ligerísima mejoría, la gente en la calle
no se ha dado cuenta. El secuestro de las hermanas de Thalía es el caso más patente de
la falta de seguridad y de la impotencia e irrelevancia policíaca. Aunque lo más grave
de todo es que pocas familias mexicanas, muy pocas, pueden presumir de haberse escapado de
un robo o un crimen.
Fox prometió meter en la cárcel a los "peces
gordos". Y no ha cumplido porque no se ha atrevido. Pero aquí hay una idea sobre
dónde iniciar las investigaciones y las pesquisas: con los expresidentes y exsecretarios.
A simple vista resulta obvio que la suma de los salarios de estos servidores públicos no
alcanza para pagar las casas en el Pedregal, los apartamentos en Acapulco, Vail y Miami,
los viajes a Europa, las cuentas de los restaurantes de Mazarik, los carros blindados, los
guaruras, los caballos pura sangre, los ranchos en Valle de Bravo, los palos de golf como
los de Tiger Wood, las fiestas apoteósicas, los cierres de las discos, la ropa de marca y
las obras de arte. Súmenlo y no da. ¿De dónde sacaron tanto dinero estos supuestos
empleados públicos que ahora, lejos del presupuesto, aún pueden vivir como
multimillonarios?
Fox se equivocó al no enfrentar a la cúpula priísta
que lo precedió con la esperanza de tener cierta gobernabilidad. No resultó. De todas
formas, los priístas y sus aliados han bloqueado las principales propuestas de ley hechas
por Fox al congreso. Entonces ¿qué hacer? Cambie de estrategia y meta a los "peces
gordos" a la cárcel, como prometió una y mil veces. Eso, señor Fox, sí que sería
un cambio importante y, de paso, aumentaría enormemente (y con razón) su popularidad.
A pesar del tortuguismo en la aplicación de la justicia,
prefiero una democracia imperfecta a gobiernos priístas que asesinaron a sus jóvenes
-para que no se nos olvide que aún está pendiente enjuiciar y enjaular a los
responsables de la masacre del 68.
La única área donde veo un avance significativo es en
política exterior. México ya no tiene miedo a alzar su voz. Ya no tiene cola que le
pisen; ya es una verdadera democracia representativa. Se acabó la parálisis disfrazada
de política de no intervención. México ya forma parte del Consejo de Seguridad de
Naciones Unidas, ya se atreve a criticar las violaciones a los derechos humanos en Cuba y
ya se aventó a decirle "no" a los primeros planes de Bush de atacar
unilateralmente a Irak. Falta, es verdad, un acuerdo migratorio con Estados Unidos, pero
eso no va a ocurrir antes del 2004 cuando W se reelija o lo saquen -como a su padre, por
las broncas económicas- de la Casa Blanca.
Quizás el canciller Jorge Castañeda es tan impopular en
México como Salma Hayek. Pero déjenme decirles una cosa: los dos han tenido éxito en lo
que hacen y en el extranjero. Y, en el fondo, eso es lo que a ellos verdaderamente
importa. Sorry. Prefiero una democracia imperfecta con una voz propia, que se oiga,
que el silencio del autoritarismo priísta que vivió por décadas con la cola entre las
patas.
El verdadero problema de Fox es que el mayor triunfo de
su vida lo logró el 2 de julio del 2000. Y a partir de ahí el camino parece cuesta
abajo. Pero el cambio, aunque no se sienta ni en los bolsillos ni en las calles, es que
por primera vez desde 1929 los mexicanos pueden decir con orgullo: somos una democracia.
Imperfecta, sí. Pero democracia al fin.
Posdata de cuentos cubanos. ¿Hasta cuándo
algunos mexicanos -y aquí caben varios periodistas- se seguirán tragando los cuentos de
la dictadura cubana? Durante la Feria Internacional del Libro en Guadalajara todavía
escuché con incredulidad aplausos y vítores a los representantes del régimen castrista.
Clap, clap, clap. Mientras en México Silvito Rodríguez cantaba y los escritores
de la dictadura recitaban poemas y hablaban de literatura, cientos de prisioneros
políticos se pudrían en las prisiones cubanas. Apoyar a la revolución cubana pudo haber
sido legítimo en 1960, no en el 2002. Apoyar hoy al régimen de Fidel Castro es,
francamente, un acto criminal. No se vale querer la democracia para México y no desearla
también para Cuba. |