| Miami. Como muchos
inmigrantes, llegué a Estados Unidos con la intención de quedarme por poco tiempo.
"Me voy un año a Los Angeles", le anuncié a mi familia, a mi novia y a mis
amigos en la ciudad de México, "dos años máximo". Bueno, esos dos años se
han convertido en 20 y todavía no tengo fecha de regreso. Llegué a Los Angeles un dos de enero de 1983. Lo recuerdo perfectamente porque
estaba anocheciendo y todo lo que tenía -una maleta, una guitarra y un portafolio con
papeles- lo podía cargar con mis dos manos. Nunca he vuelto a experimentar esa misma
sensación de libertad. Una ciudad nueva, un país nuevo y nada que me atorara al pasado.
Otros inmigrantes con quienes he conversado consideran, al igual que yo, su llegada a
Estados Unidos como una segunda fecha de nacimiento.
Tras una brevísima carrera en el periodismo mexicano -un
poco en radio y menos aún en televisión- me vine con el sueño de convertirme en un
trotamundos: quería ser testigo de la historia y conocer a los hombres y mujeres que la
hacen. Esos sueños quedaron rápidamente aplastados por la falta de dinero. Los pocos
dólares que traje de México -producto de mis flacos ahorros y de la venta de un viejo
"bochito", un volkswagen rojo- se agotaron con la colegiatura de la escuela y no
tuve más remedio que buscar trabajo. Mi primer empleo en Estados Unidos no fue de
corresponsal extranjero, como había soñado, sino como mesero. ¿El pago? Quince dólares
al día con comida incluida. Apenas para sobrevivir.
Vivía con otros estudiantes extranjeros en una derruida
casa que llamábamos la Pink House por el estridente color rosa con que estaba pintada.
Cocinábamos en los closets con unas parrillitas eléctricas porque el dueño no nos
permitía usar la cocina. Mi ropa siempre apestaba a un ensopado de tomate que cocinaba mi
amigo Charles de Ghana y al arroz con fideos que yo preparaba con salsa mexicana. El menú
de las cenas no variaba mucho: gigantescas ensaladas de lechuga, pan blanco y grandes
vasos de agua, para que todo se expandiera en el estómago y aplacara el hambre.
Aprendí a champurrear el inglés, de mesero pasé a
cajero y tras graduarme de un curso de periodismo televisivo en la UCLA (Universidad de
California en Los Angeles) conseguí mi primer trabajo como reportero en la estación de
televisión de la cadena Univision en Los Angeles. Veinte años después son las canas y
las patas de gallo alrededor de mis ojos las que cuentan la historia de más de 60 países
visitados y 60 presidentes entrevistados, un muro de Berlín derrumbado, dos torres
caídas en Nueva York, tres huracanes, cuatro guerras, cinco libros y más muertos de los
que quisieran recordar. No me arrepiento. Tuve razón en venirme a Estados Unidos;
difícilmente hubiera podido lograr todo esto en México.
Estados Unidos me dió las oportunidades que mi país de
origen no pudo. Y en eso no estoy solo. Uno de cada seis mexicanos vive, como yo, en
Estados Unidos. Aquí nos hemos dado cuenta que mucho trabajo y mucho esfuerzo sí se
traduce, la mayoría de las veces, en progreso. Pero la sociedad del dólar también se
cobra caro el boleto de entrada. Si las oportunidades son lo mejor de Estados Unidos, lo
peor es la discriminación y el racismo. Sí, existen, y ahí está el senador republicano
Trent Lott para probarlo.
Veinte años después de haber llegado a Estados Unidos
todavía extraño México. Me sigue entristeciendo, como el primer día, la distancia que
me separa de mis hermanos Alejandro, Eduardo, Gerardo y Lourdes y de mi madre, que siempre
será la "Jechu". Me duele todavía haber estado tan lejos cuando murió mi
padre: me enteré de su muerte por teléfono. Y la nostalgia me pica en la boca: en
cualquier momento cambiaría una hamburguesa por unos taquitos al pastor o una pizza por
un buen pozole rojo.
Veinte años después sigo pensando en regresar. Al igual
que Ulises en La Odisea "deseo y anhelo continuamente irme a mi casa". El
problema es que ya no sé dónde está mi casa. ¿En México o en Estados Unidos? ¿Donde
están mis hermanos o donde viven mis hijos Paola y Nicolás? "No soy de aquí ni soy
de allá", canto en los malos momentos junto con Facundo Cabral. Pero en los buenos,
siento que tengo dos casas, dos hogares, dos idiomas, dos culturas, dos países.
Veinte años después estoy enormemente agradecido con
Estados Unidos. La idea del sueño americano no es un cuento; me consta. Aunque esto no me
ha vuelto ciego a los errores del unilateralismo y a los excesos guerreristas del país
que me acogió con tanta nobleza. Pero, al final de cuentas, me quedo con la generosidad y
apertura de una nación que me tomó casi cayéndome y me empujó hacia adelante.
Veinte años después sé que este es un país en que uno
puede reinventarse y pienso -como el columnista Fareed Zakaria- que "la creencia de
que cualquier persona puede aspirar a cualquier cosa es uno de los más grandes regalos de
Estados Unidos al mundo".
Veinte años después, gracias. |