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Uno de los trabajos más
difíciles en estos momentos en Venezuela es ser opositor del
presidente Hugo Chávez. Se han ido cerrando todos y cada uno de los
espacios que utilizaba la oposición para expresar su inconformidad
con un régimen autoritario y ahora solo parece quedar el silencio
del miedo.
Chávez controla la
Asamblea, la Corte Suprema y la mayoría de las gobernaciones
estatales y alcaldías, escribió una constitución que le permitió
reelegirse y purgó al ejército para asegurarse que solo hubiera
líderes militares leales a él. Casi todas las instituciones en
Venezuela se han doblado frente a Chávez, menos los medios de
comunicación privados. Pero la nueva “ley mordaza” tiene como
objetivo limitar y, eventualmente, controlar a la prensa.
La ley de responsabilidad social de la
radio y televisión prohíbe transmitir escenas violentas, sexuales, o
relacionadas al alcohol, las drogas y el juego entre las 7 de la
mañana y las 11 de la noche. Tampoco permite utilizar un lenguaje
“vulgar”. Quien viole la ley se enfrenta a fuertes multas y al
posible cierre del medio de comunicación. El problema es que es el
gobierno de Chávez, y nadie más, quien determina qué se puede
transmitir.
Si hubiera, por ejemplo, una protesta
de la oposición -con gritos contra Chávez y que enfrentara a los
manifestantes con la policía y los simpatizantes del presidente- no
podría verse por televisión hasta cerca de la medianoche. Y, aún
así, habría riesgos para la televisora que lo transmitiera. Una
reforma al código penal prohíbe, entre otras cosas, insultar al
presidente. Es decir, en la práctica, quejarse contra Chávez es
peligroso y cualquier opositor pudiera terminar en la cárcel. Por
eso la Sociedad Interamericana de Prensa, la Comisión Interamericana
de Derechos Humanos de la OEA y la organización Reporteros Sin
Fronteras, entre muchos otros grupos, han criticado abiertamente la
“ley mordaza”.
Chávez ha querido echarse el manto de
la democracia encima a pesar de que él mismo tiene un pasado
golpista: trató de derrocar a un presidente democráticamente elegido
en 1992. Es cierto que millones de venezolanos han votado por Chávez
en varias ocasiones, refrendando su mandato, y también es cierto que
hubo un golpe de estado de 47 horas contra él en abril del 2002.
Pero Chávez se equivoca al creer que sobrevivir un golpe de estado
lo convierte, automáticamente, en un demócrata.
La legitimidad que Chávez obtuvo
inicialmente en las elecciones la ha ido perdiendo por los abusos
cometidos contra sus opositores y por la destrucción del sistema
democrático. ¿Quien puede olvidar las muertes de opositores el 11 de
abril del 2002 y las constantes agresiones a civiles en la plaza de
Altamira?
La democracia es mucho más que ganar
elecciones. Implica, también, respetar los derechos humanos y
compartir el poder con instituciones democráticas. Sin embargo,
Chávez ha concentrado el poder
ejecutivo, el legislativo, el judicial y el militar en Venezuela.
Solo le falta el poder de la prensa y saliva por él.
Chávez es un aprendiz de dictador pero
no le gusta que se lo recuerden. En las tres entrevistas que he
tenido con él he podido constatar como se ha vuelto cada vez más
impaciente ante las preguntas que no le gustan e intransigente ante
los que cuestionan sus puntos de vista. Actúa, sin duda, como un
caudillo. Y lo más preocupante es cuando se compara con Jesucristo y
Simón Bolívar. El poder, todo, se la ha subido a la cabeza.
Ahora bien, sería tonto no
reconocer dos cosas: una, que Chávez cuenta con el apoyo de muchos
de los pobres en Venezuela -dos terceras partes de la población del
país- y que ha financiado sus programas populistas con los
crecientes precios del petróleo; y dos, que no ha surgido un líder
fuerte y carismático que una a las distintas facciones de la
oposición antichavista. Ante este panorama, han sido los medios de
comunicación privados los que, día a día y durante los últimos seis
años, han tomado el papel de una oposición firme y activa.
Empresas como Venevisión, Globovisión
y Radio Caracas Televisión han ido mucho más allá de su
responsabilidad periodística para evitar que Venezuela caiga en una
tiranía. Su cobertura periodística de la realidad venezolana, hay
que reconocerlo, no ha seguido los patrones tradicionales de otros
países. Pero, al final de cuentas ¿qué es el periodismo sino la
denuncia constante de los que abusan del poder, como Chávez? Además,
en defensa de sus periodistas, Venezuela no está viviendo una
situación política normal; ahí existe un riesgo altísimo de caer en
una dictadura y los comunicadores han retrasado ese proceso.
Si Chávez se sale con la suya y la
“ley mordaza” silencia a los medios de comunicación, habrá matado el
último resquicio del poder y de energía de la oposición en
Venezuela. Insisto: si hubiera una oposición bien organizada en el
país, no sería necesario que los medios de comunicación se
convirtieran en protagonistas de la resistencia antichavista. Pero
ante el vacío dejado por los políticos opositores, los periodistas
independientes y los medios de comunicación en manos privadas, han
salido al quite.
No se puede ni se debe apoyar ningún
intento golpista en Venezuela. La única forma de sacar a Chávez del
poder es de la misma manera en que llegó a él: con votos. Si la
oposición no puede reconstituirse y presentar un candidato único
para las elecciones presidenciales del 2006, nadie podrá parar el
plan totalitario del chavismo y las aspiraciones de Chávez de
eternizarse en el poder. Mientras tanto recae en los periodistas
independientes, y en los medios de comunicación que los contratan,
el enorme peso de decirle no a Chávez y de romper el silencio del
miedo en Venezuela. |