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“Esta nariz cuelga hacia la derecha”
Luigi Pirandello
El sentido del olfato es,
para mí, el más enigmático. Siempre me ha llamado la atención como
el olor del pasto mojado, después de llover, me regresa a mi
infancia en la ciudad de México, y como la mezcla de humo de
cigarro (Raleigh con filtro) y loción me regresa a mi padre. De la
misma manera, el olor de una alfombra húmeda y sucia me recuerda mi
primer y muy difícil año como inmigrante en Los Angeles. Es como si
los olores abrieran algunas ventanas en mi cerebro.
Oler es, a la vez, un
proceso mágico y absolutamente involuntario; es muy difícil regular
lo que olemos o lo que dejamos de oler, sobre todo cuando estamos en
un lugar público. Pero la magia está en los mundos que nos abre.
En asuntos de olores la
ciencia ha ido muy por detrás de la literatura. Marcel Proust, el
autor de En Busca del Tiempo Perdido, ya escribía hace casi 100 años
como el olor del madeleine –un pastelito esponjoso típico de
Francia- le generaba “un placer exquisito que invadía mis sentidos”
y lo volvía a su niñez. Más tarde, el alemán Patrick Suskind, con su
extraordinaria novela El Perfume (1976), nos planteaba la vida de un
asesino que tenía un prodigioso sentido del olfato y que para
elaborar sus irresistibles fragancias en el putrefacto París del
siglo 18 mataba a jóvenes vírgenes.
Proust y Suskind, de hecho, se le
adelantaron a los doctores norteamericanos. Richard Axel y Linda
Buck, quienes ganaron el premio nobel de medicina hace un par de
meses por sus estudios sobre el sistema olfativo. Los doctores Axel
y Buck le quitaron el misterio al olfato y descubrieron que todos
los seres humanos tenemos en la parte superior de la nariz unos
cinco millones de receptores, agrupados en 350 tipos distintos, que
nos permiten distinguir alrededor de 10,000 olores.
Lo que tan hermosa y
brutalmente describieron Proust y Suskind es algo mucho más
primitivo. Cuando nos acercamos una rosa a la nariz, por ejemplo,
las moléculas que desprende la flor activan a una parte de nuestros
millones de receptores que, a su vez, envían por los nervios una
señal al bulbo olfatorio (que está localizado al frente del
cerebro). El bulbo olfatorio -una especie de aduana olfativa- envía
sus mensajes a otras partes del cerebro donde, finalmente,
distinguimos los patrones de los olores y los ligamos con
experiencias en el pasado. Así, una rosa puede generarnos un
sentimiento agradable que vinculamos a una experiencia previa,
mientras que el excremento de una vaca provoca, por las mismas
razones, nuestro rechazo.
Como quiera que sea, la
vida está cargada de olores. De hecho, vivimos entre olores que, con
frecuencia, no detectamos. Muchas veces juego con la idea de que los
olores tuvieran un color. Así, me imagino rodeado de esferas azules
y verdes mezclándose con franjas negras y moradas entre corrientes
amarillas y remolinos naranja.
Pero nuestro mundo olfativo es mínimo
comparado con el de los animales. Mi perra Sunset tiene una zona
olfativa 40 veces más grande que la mía y por eso, cuando salimos a
caminar, baja su hocico al ras del suelo y podría acompañarme casi
con los ojos cerrados. El olor es su guía.
Mi obsesión y fascinación
con los olores, tengo que reconocerlo, surge de una terrible
deficiencia física. Nací con la huella de los forceps cruzando mi
cara y siempre he tenido la nariz chueca. Es abultada en el centro y
uno de sus orificios es mucho más estrecho que el otro. Eso, aunado
a dos fracturas –una por un golpe jugando futbol y otra por una
pelea en un partido de basquetbol- y a tres operaciones, me ha
dejado con una nariz con una mínima capacidad para oler.
No distingo bien los
perfumes ni detecto el sazón de las comidas hasta que las acerco a
mi boca. Para apreciar el maravilloso y único olor de la piel de mis
hijos cuando estaban recien nacidos, tenía que acercar las fosas
nasales a su cara y manos como si fueran una aspiradora. Además,
tengo una permanente inseguridad respecto a la efectividad de mi
desodorante, de mi pasta de dientes, de mi hilo dental y mi enjuague
bucal. ¿A que huelo? es una interrogante constante y angustiosa.
Pero no todo es negativo; sufrir de
una reducida capacidad olfativa tiene, también, algunas ventajas.
Soporto perfectamente los sudores, propios y extraños, durante la
clase de bikram yoga y puedo despedirme de abrazo de mis
amigos luego de 90 minutos de futbolito. Y los olores que marean y
golpean a otros -como quesos, zapatos viejos, axilas, alientos
cebolleros y desechos naturales- para mí pasan casi desapercibidos.
A pesar de sus serias
carencias, o quizás debido a ellas, mi nariz ha compensado
manteniendo la memoria de las cosas
que huelo por mucho más tiempo de lo normal.
Por ejemplo, el olor de unos ricos
tacos al pastor o de un carro nuevo puede ser recordado por una
persona por solo unos instantes o, tal vez, hasta algunos minutos.
Pero luego desaparece. En cambio, mi nariz puede guardar esos mismos
olores durante días.
Es como si mi nariz no dejara escapar
lo poco que huele. Lo que entra en ella ya no sale; es una cárcel de
olores. Así, el olor de los soldados iraquíes muertos que encontré
en una morgue de Kuwait durante la guerra del golfo Pérsico me
persiguió durante casi dos semanas. Aún después de haber regresado a
casa y tirar la ropa con la que viajé, ese olor a muerte no
desapareció de mi nariz. Me lavé la nariz con agua, con alcohol y
con lociones. Nada funcionó.
Parece que mi cerebro almacena
celosamente lo poco que le envían mis receptores de olores en la
nariz. Solo el tiempo lo borra, lenta, muy lentamente, para ser
reemplazado por otros olores igual de intensos y testarudos.
Mi nariz y yo, después de 46 años de
convivencia, por fin nos hemos acoplado. Sé que es casi inservible y
cuando la veo en el espejo –torcida, frágilísima, llena de manchas,
cicatrices y moretones- tengo que admitir que es la parte más débil
de mi cuerpo. Pero tal vez, por eso mismo, es la que conozco mejor.
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