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Ciudad de México.
El abogado penalista Juan Velázquez nunca ha perdido un caso. Por
eso fue contratado por los expresidentes mexicanos, Carlos Salinas
de Gortari y Luis Echeverría, para que los defendiera. Alfonso “El
Negro” Durazo, el exjefe de la policía acusado de rampante
corrupción, también fue uno de sus clientes satisfechos. Por eso,
también, muchos le llaman a Velázquez “el abogado del diablo.”
¿Por que le dicen así? le
pregunté de entrada. “Por algunos de mis defendidos a los que han
calificado malamente de diabólicos”, me contestó tranquilo, sin
alterarse, sin levantar la voz.
“¿Por qué defender a
algunos de los hombres más odiados en la historia moderna de
México?” insistí. “Porque tienen el derecho a una defensa…y porque
me piden que yo sea su defensor”, respondió. “No, no pierdo casos.”
Velázquez, a sus 57 años, es un
hombre metódico, amante del orden y, sobre todo, disciplinado. “Ve
mi pelo corto”, me enseñó. Sus lentes sin haros apenas tocaban las
canas sobre sus orejas. Cada pelo en su lugar, engomado hacia atrás.
Y luego siguió dando muestras de autocontrol. “Mis zapatos limpios.
Me levanto a las cinco y media de la mañana. No bebo. No soy de
fiestas. No soy de grupos. No soy sociable.”
Velázquez se declara
“apartidista” y dice tener amigos en casi todos los partidos
políticos –PRI, PAN, PRD, Verde Ecologista…- “sin ser yo miembro de
partido alguno.”
Entre la impresionante lista de sus
clientes no hay solo políticos. Están, también, bancos, empresas
privadas, medios de comunicación y famosas víctimas de la violencia
en México. Diana Laura Riojas -viuda del asesinado candidato priísta
a la presidencia, Luis Donaldo Colosio- y las hijas de José
Francisco Ruiz Massieu –también asesinado en 1994- buscaron los
consejos legales de Velázquez.
Hoy, como abogado del
expresidente Luis Echeverría, Velázquez asegura que su “cliente” no
es corresponsable por la matanza de estudiantes en Tlatelolco el 2
de octubre de 1968 –cuando era Secretario de Gobernación- ni
ordenó, ya como presidente, la masacre del jueves de Corpus el 10 de
junio de 1971. Echeverría ha sido acusado formalmente de genocidio
por un fiscal especial por tratar de exterminar a disidentes
políticos durante su presidencia (1970-1976). En concreto, lo acusan
por la muerte de varios estudiantes durante una manifestación de
miles de personas frente a una escuela en la ciudad de México.
“En México nunca ha habido
un genocidio”, me dijo Velázquez, quien no le está cobrando a
Echeverría, a quien considera su amigo, por defenderlo. “Ni hay
genocidio y, además, en todo caso ese supuesto genocidio hubiera
prescrito.”
El periódico El Universal del día
siguiente a la masacre reporta que “los estudiantes fueron disueltos
a balazos, garrotazos y pedradas por grupos de mozalbetes y adultos
armados que formaban la organización de ‘Los Halcones’”. El informe
periodístico añade que “‘Los Halcones’ armados con rifles M1, M2,
pistolas, garrotes y piedas, estuvieron disparando contra todo lo
que se movía.” Testigos presenciales hablan de unos 30 muertos. Pero
Velázquez asegura que el expediente solo incluye 11 muertos y que
Echeverría no tuvo nada que ver en esa matanza.
“En el expediente no hay
un sola prueba contra don Luis Echeverría”, continuó el abogado. “Ni
una sola prueba. Luis Echeverría era el presidente de México en ese
momento, claro, pero ¿por qué el presidente de la república tenía
que ver con un grupo (‘Los Halcones’) que dependía del Departamento
del Distrito Federal (o la alcaldía de la ciudad de México)?”
“(Porque) era una época en
la que nada podía pasar si el presidente no lo autorizaba”, le
contesté.
Velázquez sostiene que,
incluso en el caso de que un genocidio hubiera ocurrido en 1971, ya
han pasado más de 30 años y, legalmente, no se puede culpar a
Echeverría. “Usted conoce la ley internacional y sabe que los casos
de genocidio no prescriben”, le dije. Pero, como siempre, Velázquez
tenía una respuesta lista. “Claro, no prescribe en tanto sea un
genocidio cometido despues de la entrada en vigor (de la ley)”, me
comentó. “Esos tratados internacionales -ha resuelto la Suprema
Corte de Justicia de la nación mexicana- están por debajo de la
constitución (mexicana). Y la constitución, en el artículo 14,
prohibe la retroactividad de la ley.”
La Suprema Corte de Justicia de México
ya aceptó escuchar el caso y pronto decidirá si se puede acusar a
Echeverría de genocidio bajo las leyes mexicanas. Echeverría es el
último de una veintena de expresidenes latinoamericanos acusados de
crímenes durante su mandato. Mientras tanto, este abogado -también
apodado el “Johnnie Cochran mexicano” (en referencia al que defendió
exitosamente al exjugador O.J. Simpson, acusado de matar a su
esposa)- no siente la necesidad de justificar su lista de clientes
ni su trabajo.
“¿Le incomoda defender a alguien que
pueda haber sido responsible de decenas de muertes?” le pregunté.
“Pero es que no lo fue, Jorge”, me dijo convencido. “No fue
responsable. Yo lo conozco.”
Velázquez asegura que no trabaja por
el dinero ni por la fama. Entonces ¿por qué lo hace? “Porque mi
trabajo es ser defensor” respondió sin inmutarse.
“¿Le llama la atención estar cerca de los
poderosos?” lo cuestioné. “No”, me dijo antes de despedirse. “Todos
son poderosísimos, pero ¿qué tanto beneficio puedo tener de
defendidos que fueron presidentes de la república, gobernadores o
secretarios de estado? Fueron. Fueron.”
Posdata presidencial.
La idea de que un hispano pueda llegar a ser presidente de Estados
Unidos no es tan descabellada. Al menos Hollywood ya se la imaginó.
En la serie televisiva The West Wing, el congresistas latino Tom
Santos (interpretado por Jimmy Smits) se acaba de lanzar por la Casa
Blanca. Ahora solo falta que un político latino, el que sea, se
atreva a seguir el guión televisivo y se convierta en el primer
candidato presidencial hispano en la historia de Estados Unidos. En
realidad, para el 2008 no falta tanto. |