|
Washington, D.C. Es
el primer niño “desaparecido” de la guerra sucia en México que se
encuentra con vida. Se llama Lucio Antonio Gallangos, aunque todavía
no se ha acostumbrado a que le digan así. Prefiere, por ahora, que
le llaman Juan Carlos Hernández, el nombre que le dieron sus padres
adoptivos. Pero cualquiera que sea su nombre, el simpre hecho de
estar con vida saca a relucir uno de los capítulos más oscuros de la
historia reciente de México.
Lucio desapareció en 1975
cuando tenía solo tres años de edad. Un operativo policial en la
casa de seguridad donde se escondían sus padres –ambos miembros de
la Liga Comunista 23 de Septiembre- aparentemente lo dejó herido con
un rozón de bala en la pierna izquierda y luego fue llevado por
cuatro agentes al hospital pediátrico Moctezuma de la ciudad de
México. El niño Lucio fue el único capturado por la policía en ese
operativo; todos los rebeldes que estaban en la casa lograron
escapar. Era el tres de junio de 1975. Lucio estuvo en el hospital
por nueve días hasta que fue llevado a la Casa Cuna de Tlalpan para
ser adoptado.
De sus padres biológicos
–Roberto Antonio Gallangos y Carmen Vargas Pérez- se supo muy poco;
que eran guerrilleros, que habían participado en protestas
antigubernamentales y que en al menos en una ocasión él –también
conocido por su nombre de guerra “Simón”- fue fotografiado mientras
cometía un atraco bancario. Nadie supo nada de ellos tras ese verano
de 1975.
Hay una versión no
confirmada de que Roberto Antonio, tras sobrevivir el asalto a la
casa que compartía con sus hijos Lucio y Aleida, trató sin éxito de
rescatar a su hijo del orfanato. Documentos oficiales confirman que
Roberto Antonio fue arrestado el 17 de junio de 1975 y su compañera,
Carmen Vargas, unos días después. Es probable que Roberto Antonio
Gallangos haya sido torturado como sugiere una fotografía aparecida
recientemente en la prensa mexicana y obtenida gracias al nuevo
acceso a los archivos de la nación.
La suerte de Roberto Antonio y Carmen
está escondida en la memoria de agentes y policías que no quieren
recordar. Sus familiares creen que fueron torturados y ejecutados.
Sus cuepos no han sido encontrados.
Todo esto es nuevo para Lucio, según
me contó en una entrevista exclusiva. Hasta hace solo unas semanas
él llevaba una tranquila y apolítica existencia, típica de cualquier
trabajador inmigrante en el area de la construcción de Washington,
D.C. Lucio se fue de México hace 8 años ante la imposibilidad de
seguir estudiando en la universidad de Puebla y frustrado con
trabajos de mesero y de carpintero que no le dejaban más de 7
dólares diarios.
Pero el mismo día de navidad hizo una
llamada telefónica que le cambió la vida y que rescata una página
escondida de la historia de México.
Lucio estaba viendo la televisión en
español el 23 de diciembre del 2004 cuando en el noticiero local, a
las seis de la tarde, vió una entrevista que le llamó poderosamente
la atención. En la entrevista aparecía una mujer llamada Aleida
Gallangos que decía venir desde México en busca de su hermano
perdido y daba su teléfono. Y él tenía el mismo nombre del hermano
perdido de Aleida: Juan Carlos Hernández.
Esa misma noche, luego del noticiero,
Lucio/Juan Carlos recibió inesperadamente una llamada desde México.
Era su mamá. Y lo que le dijo lo dejó estupefacto. “Perdóname por no
habértelo dicho pero yo no soy tu madre”, le dijo llorando la mujer
por el teléfono. “Nosotros fuimos a la casa cuna y te adoptamos.”
El mundo, tal y como lo conocía, se le
cayó a Lucio. “Me duele hasta la fecha”, me comentó Lucio, “es un
choque enterarte que no eres su sangre.” Durante 33 años, sus padres
adoptivos –Francisca Valadez y Rosendo Hernández- le habían ocultado
que era un niño adoptado. Pero cuando se enteraron que Aleida ya
había llegado a Washington D.C. y que lo estaba buscando por nombre
y apellido en la televisión, prefirieron ser ellos quienes le dieran
a Lucio la dura noticia de que era adoptado.
Lucio no pudo dormir esa noche y en la
mañana del 24 de diciembre le habló por teléfono a Aleida. “¿Quien
eres?” preguntó ella. “Soy Juan Carlos”, contestó.
Juan Carlos/Lucio, aún desconfiado y
digiriendo la información, tardó cinco días en hacer una cita para
ver por primera vez a su hermana biológica en un apartamento de la
capital norteamericana. Y así, el 29 de diciembre del 2004, se
encontró al primer infante “desaparecido” de la guerra sucia en
México.
“¿Eres
Juan Carlos o eres Lucio?”, le pregunté. “Soy Juan Carlos y fui
Lucio”, me contestó, pensando bien cada un de sus palabras. “Mis
padres (biológicos) me registraron como Lucio Antonio. Ahora lo sé.
Hay una historia de esto, por lo que leí: Lucio lo pusieron por
Lucio Cabañas (un líder guerrillero asesinado en México en 1974).”
Lucio,
quien nunca ha estado involucrado en asuntos políticos, cree que los
agentes que lo llevaron a un hospital cuando él era un niño recibían
ordenes y no actuaron por cuenta propia. Luis Echeverría era el
presidente de México en esa época.
“En
última instancia”, le pregunté, “¿tú crees que es Echeverría el
responsable de la muerte de tus padres?” “No sé si lo fue”, me
dijo, “pero no lo evitó.”
Ni
Lucio ni su hermana Aleida tienen esperanzas de que sus padres
biológicos estén con vida. Sin embargo, sí quisieran saber donde
fueron enterrados.
Mientras tanto, la corroboración de esta historia depende,
literalmente, de un pelo o de una gota de saliva. A pesar de que
investigaciones previas, documentos del archivo nacional de México,
fotografías y el parecido físico sugieren que Lucio y Aleida sí son
hermanos –y que ambos son hijos de los guerrilleros Roberto Antonio
Gallangos y Carmen Vargas- aún no se han realizado las pruebas
genéticas para confirmar científicamente su parentezco.
La Fiscalía
Especial encargada de investigar los crímenes del pasado en México
pidió la autorización de Aleida y de Lucio, el pasado 5 de enero,
para realizarles las pruebas del DNA. Ambos han aceptado hacérselas.
Pero hasta el momento de publicar este artículo, no se habían
realizado.
Aleida, sin embargo, no
tiene la menor duda. Cuando hace poco le pregunté si existía la
posibilidad de que Lucio no fuera su hermano, me dijo sin titubear:
“Sí es mi hermano, lo sé, estoy segura.” |