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A ver
si nos vamos quitando de la cabeza la peregrina e ingenua idea de
que las reuniones entre los presidentes de Estados Unidos, George W.
Bush, y de México, Vicente Fox, van a culminar, algún día, en un
acuerdo migratorio entre ambos países. Bush y Fox se han reunido
varias veces desde septiembre del 2001 (incluyendo el último
encuentro en el rancho presidencial de Texas) y nunca han podido
encontrar un plan para solucionar la situación de los más de 8
millones de indocumentados que viven en Estados Unidos. Así que
desechemos esa idea de una vez y por todas.
Como
dicen los españoles, a Fox le queda medio telediario en la
presidencia –se va en el 2006- y Bush no se va a gastar su “capital
político” negociando acuerdos migratorios impopulares. ¿Entonces?
Entonces nada. Estados Unidos va a actuar solito.
Lo
único a lo que podemos aspirar en estos momentos es a que haya algún
tipo de reforma migratoria dentro de Estados Unidos. Hay varias
propuestas migratorias tocando a la puerta en el congreso
norteamericano. Además, los senadores Edward Kennedy (D) y John
McCain (R) presentarán las suyas a principios de abril y, desde
luego, el propio presidente Bush ya ha detallado su programa de
trabajadores temporales.
Pelear por los indocumentados es un callejón sin salida,
políticamente, en Estados Unidos. Como estos inmigrantes no votan,
ningún político que los defienda se pudiera beneficiar de su apoyo
en una elección. Por el contrario, favorecer algún tipo de ayuda
para los indocumentados pudiera costarle el puesto a un congresista.
El asunto, a pesar de la verborrea política, no es prioritario. Si
en verdad lo fuera veríamos a Bush promoviendo una reforma
migratoria y no una reforma al social security (o fondo de
retiro para los jubilados).
Y
como los indocumentados no son una prioridad en este país entonces,
difícilmente, veremos una reforma migratoria que los proteja de una
deportación y que les permita a la larga convertirse en ciudadanos
norteamericanos. La palabra amnistía, en estos momentos, está casi
prohibida en los círculos políticos. Mata cualquier carrera. Por lo
tanto, el plan del presidente Bush –o una variación de él- es el que
parece tener más posibilidades de sobrevivir un ataque
ultraderechista en el congreso.
Una
reciente encuesta del Pew Hispanic Center, realizada entre 4,836
mexicanos que no tienen documentos legales en Estados Unidos,
concluyó que el 71 por ciento de ellos participarían en un programa
similar al propuesto por Bush (a pesar de que el presidente pretende
que después de tres o seis años se regresen a su país de origen). O
sea, que los indocumentados están dispuestos a agarrarse de un
hilito con tal de legalizar su situación migratoria.
Lo
interesante de la encuesta es que, contrario a lo que ofrece el
programa de trabajadores temporales de Bush, la mayoría de los
indocumentados (68 por ciento) que respondieron piensan quedarse en
Estados Unidos “lo más que puedan” o “por toda la vida.” Y esta
respuesta nos clarifica mucho la intención de los indocumentados:
aceptarán la propuesta de Bush porque es lo único que hay, pero si
luego los obligan a regresar a sus países de origen no lo van a
hacer y se quedarán, de nuevo, en la ilegalidad.
Están
tan claro que los indocumentados no tienen la menor intención de
irse a vivir a otro lado que lo mejor sería darles la oportunidad de
quedarse en Estados Unidos permanentemente. Es imposible e
impensable en sacar por la fuerza a 8 millones de personas de
Estados Unidos. Intentarlo sería injusto, imprático y generaría un
monumental rechazo en la opinión opinión pública mundial. Eso muchos
lo piensan en Estados Unidos pero no se atreven a discutirlo
públicamente.
El
número de indocumentados en Estados Unidos, lejos de reducirse, su
número, aumenta día a día. Según Naciones Unidas, México es el
segundo generador de migrantes del mundo –después de China- y la
mayoría de los 304,000 mexicanos que anualmente se van de su país
llegarán a Estados Unidos.
La frontera es una coladera. Pero ni
Estados Unidos ni México han tenido la visión y el coraje de buscar
una solución permanente que evite las muertes en la frontera, provea
fuentes de trabajo a migrantes mexicanos que son necesarios para la
economía norteamericana y le de a Estados Unidos la garantía de que
no se le va a colar por el sur un grupo de terroristas.
Ante una frontera caótica y
descontrolada han surgido grupos paramilitares, sobre todo en
Arizona, que buscan hacer justicia con sus propias manos. A
principios de abril, según reportó Univision, uno de estos grupos
espera juntar a 1,200 personas, algunas de ellas armadas, para
demostrarle al gobierno norteamericano que sí se puede detener a los
indocumentados en la frontera. El experimento ha desatado ya las
protestas del gobierno de México y puesto en alerta al de Estados
Unidos.
Mientras tanto, los indocumentados no
pueden –ni deben- esperar milagros de las reuniones entre Fox y
Bush: uno quiere pero no puede ayudarlos y el otro sí puede pero no
quiere hacerlo todavía. |