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Hay muertes que nos sacuden, que nos
duelen más de lo que jamás podríamos imaginar y que, sobre todo, nos
ponen a pensar. Y algo así me ocurrió cuando me enteré de la muerte
del periodista y conductor del noticiero de la cadena norteamericana
de televisión ABC, Peter Jennings. No solo es que me había
acostumbrado a ver su programa por alrededor de 20 años sino que su
muerte, como la de mi padre, fue acelerada por tanto fumar.
Aún recuerdo cuando Jennings se
despidió de su audiencia el 5 de abril, pocos días después de
enterarse que tenía cáncer de pulmón. Su entrecortada voz sonaba muy
ronca y delataba esa terrible incertidumbre del que sabe que tiene
frente a sí la batalla de su vida. Con su estilo natural y elegante,
unido a una buena dosis de humor –“¿doctor, cuándo se me va a caer
el pelo?” se preguntó al aire- Jennings dijo que regresaría a
trabajar una vez que se sometiera a su tratamiento de quimioterapia.
Nunca volvió al set de noticias; murió cuatro meses después.
Jennings era uno de esos conductores
de televisión al que tratábamos de imitar, sin mucho éxito, otros
conductores de televisión. Siempre parecía estar en control, hacía
bien su tarea antes de salir al aire y, sin aparente esfuerzo, daba
la impresión de saber más que cualquiera sobre los temas a discutir;
esto a pesar de que nunca terminó la preparatoria o highschool.
Alguna vez lo conocí en una convención política aquí en los Estados
Unidos y me impresionó su sencillez. Te hacía sentir que era solo
otro reportero más.
Por eso, por esa sensación de
cercanía, me llamó poderosamente la atención cuando, en una especie
de confesión, Jennings dijo al aire que había sido un fumador por
décadas y que, durante los actos terroristas del 11 de septiembre
del 2001, había vuelto a fumar. Y si no hubiera fumado ¿estaría aquí
con nosotros, presentando esta misma noche su noticiero?
Cerca de 170,000 personas son
diagnosticadas con cancer de pulmón cada año en Estados Unidos.
Muchos de ellos son fumadores. Pero otros miles no lo son, como Dana
Reeve, la esposa del recientemente fallecido actor Christopher Reeve.
Dana, una cantante que nunca ha fumado en sus 44 años de edad, pudo
haber adquirido el cáncer de pulmón por el humo inhalado de otros
fumadores. Es decir, tanto Peter Jennings, un fumador, como Dana
Reeve, quien no lo era, se enfermaron por el cigarrillo.
Y esto me lleva a la ciudad de México
y a una infancia y adolescencia envuelta en una nube de humo de
cigarro. Durante casi 25 años asumí que el humo de los muchos
fumadores que me rodeaban era lo normal. Cuando asistía a la
universidad, tanto los profesores como mis compañeros fumaban.
Cuando iba a algún restaurante, tanto mis amigos como la gente de al
lado fumaba. Cuando me invitaban a una fiesta o reunión, el humo del
tabaco era parte del ambiente de manera que mi ropa, siempre,
apestaba a cigarro. Viví, como millones de mexicanos, rodeado de
humo.
Y lo grave es que
conforme las grandes empresas tabacaleras ven reducir sus ganancias
y aumentar sus riesgos legales en Estados Unidos, están cambiando de
estrategia y concentrando sus ventas y publicidad en países con
menos regulaciones y con menos conciencia del peligro del tabaco. La
ciencia no es muy tranquilizadora: quienes crecimos al lado de
fumadores corremos el riesgo de que esa nube grisácea que alguna vez
nos envolvió termine matándonos.
Mi papá también era
un fumador. Supongo que no lo hacía mucho en casa por la presión de
mi mamá. Pero el olor que más recuerdo de él es el de una extraña (y
entrañable) combinación de loción con rastros de un cigarrillo sin
filtro que sacaba de una siempre presente cajetilla blanca. Tengo
que reconocer una gran contradicción: ese espantoso olor me trae
maravillosos recuerdos. Y solo eso: recuerdos, porque mi padre
también murió por tanto fumar.
No fue, como en el caso de Jennings,
por cáncer de pulmón. Pero poco ejercicio, una dieta de huevos,
carne y mantequilla, y miles de cigarrillos fumados convirtieron las
venas y arterias de mi padre en quebradizos tubitos de cristal. A un
derrame cerebral, siguieron varios ataques al corazón de los cuales
nunca se pudo recuperar. Murió antes de cumplir los 64.
Mi padre no vio nacer a mi hijo
Nicolás ni a otros de sus nietos. Y se ha perdido, sin duda, los
divertidos relatos de las “historias verdaderas” de la familia Ramos
Avalos que nos cuenta mi madre en noches de sobremesa. Al igual que
en el caso de Jennings, me tengo que preguntar si mi padre estaría
con nosotros si nunca hubiera fumado. Y la única respuesta que tengo
es que quizás sí. Con eso me basta.
La muerte de Jennings, y el anuncio
de la enfermedad de Dana Reeve, ha hecho que muchos norteamericanos
dejen de fumar. Pero para otros la lección llegó demasiado tarde.
Hay humos que matan... |