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Si te
pregunto ¿de quién es la internet? la respuesta más probable es que
me digas: la internet es de todos. O, quizás, la internet no es de
nadie. Ambas respuestas están equivocadas. La internet es de Estados
Unidos, aunque se la presta al resto del mundo. Y eso es
precisamente lo que muchos países quisieran cambiar.
Es un
mito pensar que la internet no tiene dueño. El gobierno de Estados
Unidos controla la internet a través de una organización privada, no
lucrativa, llamada ICANN (Internet Corporation for Assigned Names
and Numbers) y establecida en 1998. De hecho, es el Departamento de
Comercio estadounidense quien supervisa la labor de los 15 miembros
del consejo directivo de ICANN. Y es esta decena y media de
personas, de carne y hueso y metidos en una sala de conferencias de
Los Angeles, quienes administran un sistema de 13 servidores
gigantes en todo el mundo que permite el envío de miles de millones
de correos diarios.
Parece magia cuando enviamos un
emilio y unos segundos después lo pueden leer a miles de
kilómetros de distancia. Pero es pura tecnología. El ICANN, aquí en
Estados Unidos, es quien asigna tu correo electrónico y el mío (jramos@univision.net),
y el que permite que existan millones de sitios en la internet (como
www.jorgeramos.com y el de este diario). Todo parece muy libre. No
hay censura abierta en nuestras comunicaciones, es prácticamente
gratis y podemos usar la internet casi para cualquier cosa; desde
googlear para una investigación hasta para bajar música,
archivar fotos y mantenernos en contacto permanente a través de una
Black Berry.
Nos hemos convertido, en solo siete
años, en adictos a la internet. El otro día, cuando el huracán Wilma
dejó al sur de la Florida sin electricidad y sin comunicaciones, me
sentía absolutamente perdido. Estuve cuatro días sin internet y
pensando que estaba dejando de recibir información vital y
valiosísima. Al final de cuentas y ya con acceso a la internet, más
de la mitad de los correos que recibí era basura cibernética (junk
mail, spam y todo tipo de ofertas ) y el resto no tenía ningún
sentido de urgencia. Pero no fue hasta que pude usar mi computadora
y entré a la internet a checar mi correo que me sentí conectado al
mundo y con los míos.
La internet es un sistema que conecta
cadenas de computadoras y que creó un grupo de ingenieros
norteamericanos a mediados de los años 60 para el Departamento de
Defensa. Es, en otras palabras, un invento norteamericano para la
guerra y Estados Unidos no está dispuesto a dejarlo en paz.
Y esa
es la noticia. En un momento dado los norteamericanos consideraron
entregar el control de la internet a un organismo internacional en
el año 2006. Sin embargo, acaban de cambiar de opinión. En un
comunicado que pasó desapercibido por la prensa no especializada, el
Departamento de Comercio dijo hace cuatro meses que “el gobierno de
Estados Unidos busca preservar la seguridad y estabilidad de la
internet” y, por lo tanto, “no tomará ninguna acción que afecte
negativamente su eficiente operación”. Traducción: que Estados
Unidos no le va a soltar el control de la internet –su internet- a
nadie.
Esto,
desde luego, ha molestado al resto del mundo y a la misma
Organización de Naciones Unidas que, después de un largo estudio,
recomendó que la internet pasara a sus manos. Pero a Estados Unidos
no le importa eso, aunque la acusen de imperialista, de actuar
unilateralmente o de sentirse el papá de los pollitos.
La internet es un instrumento
fundamental para el funcionamiento de la economía y de la sociedad
norteamericana y el gobierno del presidente George W. Bush no quiere
correr el riesgo de dejarla en manos antinortemaericanas o poco
amistosas, como las que se escucharon hace unos días en la cumbre de
las Américas en Mar del Plata, Argentina.
La
idea de una internet controlada internacionalmente y no por Estados
Unidos suena, a primera vista, como justa y lógica. Pero al más
superficial análisis encontramos problemas.
Si la internet, por ejemplo, fuera
controlada por un organismo internacional, dictaduras como la de
Cuba, China y Arabia Saudita, o gobiernos autoritarios como el de
Venezuela, podrían censurar la información que cuestionara sus
regímenes. O, peor aún, pudieran pedir los nombres, direcciones y
teléfonos de aquellos quienes los critican por la internet y, luego,
buscarlos y encarcelarlos bajo cualquier excusa.
Incluso ahora, con la internet fuera
de sus manos, los gobiernos de China y Cuba limitan enormemente su
funcionamiento y su contenido dentro de esos países. Imagínate,
entonces, lo que sería si esos gobiernos y otros similares
determinaran lo que tu y yo vemos por la internet. A partir de ese
momento dejaríamos de tener acceso a toneladas de información que
hoy están disponibles.
La internet está plagada de debates
sobre este tema, particularmente en inglés. Busca las siglas ICANN y
aparece un torrente de puntos de vista. Pero el artículo más
completo que he leído al respecto lo escribió Kenneth Neil Cukier en
la última edición de la revista de Foreign Affairs y de ahí,
precisamente, saqué varios de los datos que aquí menciono.
Por último, basta decir que la
internet fue una idea norteamericana, administrada por más de cuatro
décadas por estadounidenses, con tecnología norteamericana y que
ahora Estados Unidos no está dispuesto a regalar el invento más
importante desde el surgimiento de la televisión. Ante este
panorama, la Unión Europea, por ejemplo, pudiera crear una internet
o red de computadoras alternativa. China, inclusive, podría crear su
propia red cibernética para sus 1,306,313,812 habitantes. Pero esos
son proyectos muy costosos y, como sugiere Cukier, pudieran fracasar
por no ser compatibles con la internet actual.
Tarde o temprano, supongo, Estados
Unidos soltará los cables de la internet bajo condiciones muy
estrictas para garantizar su accesibilidad y libertad. Pero no el
próximo año.
La mitología cibernética de que la
internet nos pertenece a todos surge del sentirnos casi poderosos al
tocar un teclado de computadora; es la sensación de poder ir a
cualquier lado apretando un simple botón. Pero, no debemos olvidarlo,
es una ilusión; ese es un poder prestado por el dueño del juguetito.
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