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La decisión de 260
congresistas norteamericanos de construir un muro entre México y
Estados Unidos es mucho más que una soberana tontería. Es el triunfo
del prejuicio sobre la razón. Es tirar el dinero. Es echarle la
culpa a inmigrantes inocentes de los ataques terroristas a Estados
Unidos. Es la explotación del miedo al terrorismo con fines
políticos. Es producto de una terriblemente ineficaz política
exterior del gobierno mexicano. Es algo que no sirve para nada y
que, al final de cuentas, mata.
La construcción de este
muro tiene que ser la peor idea del 2005, cortesía del congreso
norteamericano. Es difícil pensar en otra manera en que se puedan
desperdiciar 8,000 millones de dólares tan rápidamente. No hay que
ser un físico nuclear, ni un neurocirujano, y ni siquiera un tipo
brillante para entender que si construyes un muro de 1,116
kilómetros en una frontera de 3,141 kilómetros, aún te quedan otros
2,025 kilómetros sin muro para cruzar sin visa.
Increíblemente, sin embargo, 260
congresistas estadounidenses –que se supone forman parte de uno de
los grupos mejor informados del mundo- votaron a favor de una
enmienda para construir ese muro. ¿Por qué? Primero porque no
quieren perder su puesto; aunque sepan que ese muro no va a parar la
inmigración de indocumentados, pocos congresistas se atreven a verse
débiles en la guerra contra el terrorismo. Eso es puro populismo:
dicen y hacen lo que la gente quiere oír, no lo que funciona. Y
segundo, votaron por el muro porque parecen creerle más a la actual
propaganda antiinmigrante que a los datos concretos.
Aunque resulte obvio es preciso
repetirlo: ninguno de los 19 terroristas que asesinaron a casi 3,000
norteamericanos el 11 de septiembre del 2001 entraron a Estados
Unidos por la frontera con México. Ninguno. Y ese muro no va a
evitar otro ataque terrorista. Es una falsa ilusión de seguridad.
Hay que perseguir a Osama no a Pedro.
Cada minuto, en promedio, se cuela un
inmigrante ilegalmente a Estados Unidos. Cada minuto. Y esto no lo
va a detener un muro. El hambre es más fuerte que cualquier muro. Un
latinoamericano puede ganar en Estados Unidos 10 o 20 veces más que
en su país de origen. Por eso vienen. Pero deberían ser bienvenidos,
no rechazados.
La mayoría del medio millón de
inmigrantes indocumentados, que según cálculos del Pew Hispanic
Center, entra cada año no es criminal ni terrorista. Estos
inmigrantes hacen de Estados Unidos un país mejor: toman los
trabajos que los estadounidenses no quieren, pagan impuestos, crean
empleos, controlan la inflación, aportan al retiro de los ancianos y
son la columna vertebral de muchas industrias (entre ellas la
agricultura, hotelería y construcción, por mencionar solo tres).
Hasta los mismos 260 congresistas que votaron a favor del muro se
benefician de su trabajo directa o indirectamente.
Los muros matan, igual en el viejo
Berlín comunista que en Melilla y en la frontera mexicoamericana. El
año pasado, según la Patrulla Fronteriza, murieron 464 inmigrantes
tratando de cruzar ilegalmente a Estados Unidos. Un nuevo muro,
construido en partes de Texas, Nuevo México, Arizona y California,
provocaría muchas muertes al obligar a los inmigrantes a tomar rutas
cada vez más peligrosas a través de desiertos y montañas.
La culpa del muro, y hay que decirlo,
no es nada más de congresistas populistas, mal informados o que
explotan el miedo de los votantes estadounidenses. La culpa también
es del gobierno mexicano.
La política exterior de México
destinada a negociar un acuerdo migratorio con Estados Unidos ha
sido un absoluto fracaso. No ha logrado nada. Por el contrario, ha
permitido que la idea más abominable en la relación entre dos países
aliados –la construcción física de una pared divisoria- avance en
Washington.
El gobierno del presidente Vicente Fox
no tiene ninguna cabeza visible que todos los días,
consistentemente, explique en inglés a periodistas y políticos de
Estados Unidos la posición de México. Yo no veo al embajador
mexicano en Washington, Carlos de Icaza, ni al canciller Luis
Ernesto Derbez en CNN, FoxNews, ABC, CBS o NBC. No es personal.
Quizás su labor es calladita. Pero este es el momento de gritar, no
de quedarse callados. La lánguida política exterior de México padece
de un enorme vacío de liderazgo y visibilidad.
El ex presidente mexicano Carlos
Salinas de Gortari puede ser todo lo que ustedes quieran –hay mucho
terreno para tirar dardos- pero su gobierno sí que sabía hacer
campañas de relaciones públicas. Durante la aprobación del Tratado
de Libre Comercio (TLC) en el congreso norteamericano en 1993, el
gobierno de México contrató a algunas de las agencias de lobby
y relaciones públicas más poderosas de Estados Unidos. El gobierno
salinista tenía identificados a todos los periodistas y políticos
influyentes y cada vez que se hacía un comentario contra el TLC
había una llamada telefónica o una reacción casi inmediata. Sus
voceros inundaron por meses los medios de comunicación en inglés y
en español.
Fox no ha hecho nada similar y ahí
están los resultados: el TLC se aprobó y el acuerdo migratorio no.
¿De qué sirve que en la cancillería
mexicana allá en Tlaltelolco tengan un war room para saber
qué dicen los congresistas norteamericanos sobre el tema migratorio
si, después, no hacen un intensivo seguimiento con visitas,
llamadas, comunicados y presión personal? ¿Visitó algún
representante del gobierno mexicano a todos y cada uno de los 260
congresistas estadounidenses que votaron a favor del muro?
La política no es un juego de buenas
intenciones. En la política las cosas se tienen que pedir,
presionar, empujar, exigir. Y si el gobierno de México se dio cuenta
que no podía negociar un acuerdo migratorio con el presidente George
W. Bush, al menos se debió asegurar que el muro no fuera una idea
viable. No hicieron bien su tarea.
La propuesta de “ley de protección
fronteriza, antiterrorismo y control de la inmigración ilegal”,
aprobada ya por la Cámara de Representantes y que será estudiada por
el senado a principios del próximo año, no resuelve el problema
migratorio. Lo retrasa y lo complica. Además, no enfrenta al
elefante blanco: ¿qué piensan hacer, más allá de criminalizar su
presencia, con los 11 millones de indocumentados que ya viven en
Estados Unidos? Es imposible e impráctico deportarlos a todos.
La gran ironía es que si el muro acaba
por construirse, se hará sin duda con la mano de obra de muchos
trabajadores indocumentados. ¿Quién más en Estados Unidos está
dispuesto a trabajar por un poquito más de 5 dólares la hora para
hacer barditas inútiles en el desierto? |