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Estoy desconectado. No me puedo
comunicar con nadie. Voy sentado en el asiento 13J en un
interminable vuelo de Madrid a Miami y no puedo utilizar el teléfono
celular ni tengo acceso a la internet o a mis e-mails. No
existo para nadie.
A través de la ventana se dibujan las
gélidas tierras de Islandia y mi compañera de asiento ronca con un
atormentado susurro de animal enjaulado. De sus audífonos se
desbordan los gritos de un rapero encojonado pero nada disturba su
sueño. En cambio, yo no puedo dormir. Este es un vuelo de día, una
especie de venganza esquimal para que sepamos lo que sufren los
habitantes del polo norte cuando el sol que no se quiere enterrar.
Ya me tomé una siesta, vi dos
películas, fui tres veces al baño y le metí cuatro mordidas a un
pollo de goma y a una bola de ligas de espagueti (que tanto se
parecen a esos platos de comida hechos de plástico y que
extrañamente adornan las entradas de los restaurantes japoneses,
como si en realidad fueran un anzuelo para los hambrientos). En
verdad, me dan ganas es de chismear con mis amigos por teléfono,
contarles de la energía que recoges en las calles de Madrid, y
contestar algunos de los 893 correos electrónicos que seguro me
esperan en la oficina. Pero no puedo.
Quizás soy un adicto a los e-milios.
Hace poco escuchaba en la radio pública de Estados Unidos (NPR) que,
en promedio, los norteamericanos reciben 90 correos electrónicos
diarios; esto es un enorme aumento de los 8 que recibían hace cinco
años. Es probable que, ante la falta de e-mails, esté
sufriendo a 35,000 piés de altura los mismos síntomas que padecen
los que dejan de fumar o de tomar.
Las aerolíneas insisten en que la
internet y los teléfonos celulares interfieren con los instrumentos
de vuelos de los aviones. Puede ser, aunque nadie se ha tomado el
tiempo de explicarnos cómo. Sin embargo, resulta ridículo que la
tecnología nos permita tomarle fotos a la congelada luna de Saturno
pero que no hayan podido inventar algo que nos deje hacer llamadas
de celular desde el aire. Para mí que hay algo chueco en su
argumento. ¿Será que nos prefieren calladitos?
Mis súplicas para conseguir un
upgrade a primera clase fueron superadas por un pelón desabrido
que llegó al aeropuerto tres horas antes que yo. Los calambres de
las piernas se me han extendido hasta la cabeza y me surge una
pregunta asesina: ¿quién diseña estos miniasientos de niños para
vuelos trasatlánticos?
Aquí, desde el exilio de clase
turista, solo logro ver a lo lejos las nucas de esos privilegiados
inquilinos de primera que pagaron dos mil dólares o más por una copa
de champaña, un omelet de caviar, un DVD prestado y un asientote que
se reclina como cama. Cada uno tiene, también, uno de esos teléfonos
que funcionan con tarjetas de crédito y que te cobran 10 dólares por
minuto para que le digas “hola” a tu mamá o a tus cuates desde el
cielo. Cada llamada es como un macabro preludio a la muerte; será
por eso que nadie los usa.
Mis
rodillas rozan con la lija del asiento de adelante. Los ralos pelos
de mi vecina están a dos palmas de mis ojos. Pero la tortura ha
empezado a surtir efecto. Como un yogi en plena meditación, comienzo
a disfrutar del silencio que me rodea. Faltan varias horas para
llegar y no tengo nada que hacer más que pensar y descansar.
No hay teléfonos sonando, ni gente gritándole al aparatito -¿por qué
será que subimos tanto la voz al hablar a través de un celular?
Tampoco se escuchan dedos neuróticos, bailarines, sobre las teclas
de la computadora. No se puede escuchar la radio ni tengo acceso a
250 canales de televisión; no tengo idea de cual es la noticia del
día.
El zoom de las turbinas del
avión, de pronto, se convierte en un solo om. Y es así que me
doy cuenta de la maravilla de estar desconectado.
Nadie
sabe donde estoy y nadie se puede comunicar conmigo. Todo tiene que
esperar: el beeper, el celular, las llamadas de casa, las
citas de trabajo, la taladrante Black Berry, los correos
electrónicos, los mensajes instantáneos, los de texto por teléfono,
los podcasts (programas de radio por internet) y los blogs
cibernéticos. Desaparece la urgencia. No sé nada.
En
tierra somos esclavos de la comunicación, vivimos ultraconectados.
No hay momento, ni en el baño, en que nos podamos escapar. Existimos
rodeados, amontonados. E incluso cuando te quieres desaparecer,
siempre hay alguna cámara jugando contigo al Big Brother; la del
banco, la de la tienda, la del trabajo, la de la tele, la de
vigilancia, la del voyeur que te persigue en la playa, la del
apartamento y hasta en tu auto. La aldea global es una cárcel.
Ah,
pero en el aire nos desconectamos. Los aviones nos permiten
recuperar el elusivo arte de estar solos sin sentirnos culpables.
Sin embargo, eso también pudiera acabarse en breve.
La
Comisión Federal de Comunicaciones de Estados Unidos (FCC) y la
Administración Federal de Aviación (FAA) están considerando dos
regalitos: acceso a la internet en todos los aviones a partir de
este 2006 y el uso de teléfonos celulares, en el aire, poco después.
Y de pronto, la idea me aterra: me
imagino a mi compañera de asiento hablando durante nueve horas en su
celular y estar bombardeado por un tecleo interminable de
computadoras conectadas a un chat en la internet que me
llevaría, sin duda, a buscar la más cercana salida de emergencia. El
silencio, de pronto, me conforta.
En esto no estoy solo: siete de cada
10 norteamericanos que viajan, según una encuesta de de USA Today/CNN/Gallup,
quieren que se mantenga la prohibición a los celulares en los
aviones. Y la Asociación de Asistentes de Vuelo, que tiene 40 mil
miembros de 26 aerolineas, también apoya la prohibición.
Entonces, y solo entonces, agradezco la bendición de estar
desconectado del mundo por un ratito. Me echo para atrás en el
asiento, pongo mis manos sobre el estómago, cierro los ojos y, sin
dormir, siento que una amplia sonrisa se dibuja sobre mi cara.
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