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Acabo de ver el video de los momentos
que precedieron a la explosión que dejó seriamente heridos al
conductor de la cadena de televisión ABC, Bob Woodruff y a su
camarógrafo Doug Vogt. Ambos iban en la parte de afuera de un tanque
de las nuevas fuerzas armadas de Irak cerca de la población de Taji,
al noroeste de Bagdad. El reportero se ve protegido con un casco y
un chaleco antibalas mientras el sol ilumina su cara. Parecía
tranquilo, casi confiado. Pero de pronto el video se ve totalmente
negro.
Ese fue el momento de la explosión. La
bomba a un lado de la carretera fue de tal magnitud que la camará
dejó de funcionar. Ejecutivos de ABC lograron rescatar el video y lo
transmitieron como parte de su cobertura de noticias. El reportero y
el camarógrafo, sin quererlo, se convirtieron en noticia. Y la
pregunta obligada es ¿vale la pena?
La respuesta es un categórico sí. Los
reporteros son nuestros ojos en la guerra. Sin ellos no sabemos lo
que realmente está pasando. Suelo desconfiar de los políticos y más
aún cuando están involucrados en un asunto tan mortífero como la
guerra. Por más objetivo que pretenda ser, el político (del país que
sea) tiene el interés de demostrarle a sus gobernados que tomó la
decisión correcta y por eso tuerce la realidad.
Un periodista no tiene esa presión.
Los buenos reporteros solo dicen lo que ven y no necesitan más. Sin
ellos estamos ciegos.
Seamos francos: las cosas
no van bien en Irak. El número de soldados estadounidenses muertos
ya llegó a los 2,235. Cada día Estados Unidos se gasta, en promedio,
unos 13 millones de dólares en mantener sus operaciones militares en
Irak y Afganistán. Y hasta el mismo George W. Bush reconoció en su
último informe presidencial que “un retiro súbito de nuestras tropas
de Irak sentenciaría a nuestros aliados iraquíes a la muerte y a la
prisión.” La nueva democracia en Irak se sostiene artificialmente de
los fusiles de los 138,000 soldados norteamericanos.
Por eso necesitamos
periodistas en Irak. Para que nos digan qué está pasando allá. Pero
el precio ha sido altísimo. Desde marzo del 2003 hasta la fecha han
muerto 61 reporteros en Irak, según el Comité para la Protección de
los Periodistas. Esta cifra se acerca a la de los 66 reporteros que
murieron cubriendo la guerra en Vietnam durante casi dos décadas.
Conclusión: hoy los reporteros mueren con más frecuencia que antes.
Otros, como la reportera
freelance Jill Carroll, quien reportaba para el diario The
Christian Science Monitor, han sido secuestrados. Y cientos más,
como me contó mi valiente amigo Gustavo Sierra del diario argentino
El Clarín, sufrirán por toda su vida las consecuencias sicológicas
de reportar sobre la muerte.
¿Qué hace que un
periodista como Bob Woodruff, con cuatro hijos, con uno de los
empleos más prestigiosos de la televisión en el mundo y con un
salario millonario, arriesgue su vida en Irak? La pregunta es
viejísima.
El columnista H.D.S.
Greenway se preguntaba hace poco lo mismo aunque él sí tuvo la
sabiduría de sugerir un respuesta. “¿Por qué los periodistas buscan
ir a la guerra? ¿Es por el glamour, la aventura, la adrenalina? ¿Es
el deseo de tener un lugar de primera fila en la historia? ¿Es su
deber público, una forma de avanzar profesionalmente? Es todo lo
anterior...”
Es cierto. Me ha tocado
estar en cinco conflictos bélicos –en el Salvador, Kosovo, el Golfo
Pérsico, Afganistán y recientemente en Irak- y nunca dejas de
preguntarte “¿qué carajos hago aquí?” Cubrir una guerra es algo
repugnante y, a la vez, irresistible.
Los mejores periodistas se
dan a conocer en las guerras. No solo porque tienen que reportar y
enviar su información a tiempo sino porque, antes que nada, están
obligados a sobrevivir la violencia. De nada sirve un reportero
muerto. De nada.
Lo curioso es que la mayor
parte de los periodistas que he conocido en zonas de guerra están
ahí por su propia voluntad. Algunos, incluso, han pagados sus
pasajes de avión y todos sus gastos para estar ahí. Y eso me
recuerda la frase de la escritora Nora Ephron quien asegura que “la
terrible verdad es que para los corresponsales, la guerra no es el
infierno. Es algo divertido.”
Yo no lo llamaría
divertido. Pero pocas veces me he sentido más vivo que rodeado de
tanta muerte. Y hay, lo reconozco, un cierto grado de
irresponsabilidad cada vez que cubrimos una guerra.
Durante los primeros días
de la guerra en Irak pude cruzar con un pequeño equipo de televisión
a la población de Safwan, al sur del país. Y en un acto casi
irracional, nuestro primer impulso fue adentrarnos en Irak, primero
caminando y luego en una camioneta. Me acompañaban el productor
Rafael Tejero y los camarógrafos Jorge Soliño y Angel Matos. Pero
íbamos solos, sin protección de ningún tipo.
Trabajamos muy rápido,
hicimos algunas entrevistas y un par de presentaciones de televisión
para el noticiero antes de salir huyendo de ese lugar. Pero ese
rush o intensísima emoción de estar en el preciso lugar donde
cambia el mundo es irrepetible. No hay nada como estar ahí. Además,
sabíamos que estábamos consiguiendo información y video que ponía la
noticia de la guerra en su contexto debido. Fuimos de los primeros
en reportar que los iraquíes no estaban recibiendo con flores y
música a los soldados norteamericanos. Hoy eso ya suena a trillado,
pero entonces fué noticia.
Nuestros riesgo fue mínimo si se
compara con el tomado por otros reporteros que cubrían la guerra
desde Bagdad o que se unieron a tropas en combate. Otros, mucho más
valientes, nos seguirían. Pero en ese momento nosotros sentimos que
nos la estábamos jugando y que valía la pena el riesgo.
Supongo que algo parecido estaban
sintiendo Bob Woodruff y Doug Vogt antes de sufrir en carne propia
esa terrible explosión. Ninguno de los dos estaba obligado a cubrir
la guerra en Iraq. Pero ahora solo ellos pueden decir: yo lo vi,
nadie me lo contó. Y nada es tan valioso para un periodista que la
satisfacción de saber que dices la verdad...y que te crean.
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