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Lima, Peru. Ollanta
Humala llegó solo. Nadie acompañaba al candidato presidencial que
tomó por sorpresa a la política peruana. Ni un asesor. Ni un
coordinador de prensa. Cruzó el marco de la puerta con sus jeans
azules, camisa de manga corta y huaraches, ofreció su mano y solo
dijo: “Ollanta”.
Así es como muchos ven a
este ex militar golpista de 43 años de edad: como un solitario e
independiente, sin dinero ni aliados, que por un par de meses estuvo
en el primer lugar en las encuestas previas a las elecciones
presidenciales del 9 de abril. En las ultimas semanas ha caído al
segundo lugar, después de la candidata Lourdes Flores. Pero su
mensaje en contra de los políticos tradicionales está calando hondo.
“Nos ha engañado la clase
política tradicional”, me dijo en una entrevista exclusiva en la
casa donde se organiza su campaña. “La población ha sentido que
estas democracias representativas no representan realmente los
intereses de los ciudadanos.”
Los latinoamericanos, en
general, y los peruanos, en particular, esperaban no solo un nuevo
mensaje sino también un nuevo mensajero. Y Ollanta dice ser ese
nuevo mensajero. Ollanta es para muchos peruanos lo que Evo Morales
es para los bolivianos o Hugo Chávez para los venezolanos. Es decir,
alguien que asegura representar a los de abajo y que, en un cambio
de estrategia, ha dejado a un lado sus métodos violentos para llegar
al poder con los votos.
No siempre fue así.
Ollanta intentó realizar un golpe de estado en el año 2000 contra el
régimen de Alberto Fujimori pero fue rápidamente aplacado y
encarcelado.
Perdonado por el congreso, Humala se
fue de agregado militar a las embajadas de Perú en París y Seúl
antes de regresar a su país y ser retirado del ejercito. Pero
regreso con una misión.
Ollanta prefiere calificarse como
“nacionalista” o “progresista”. Rechaza el término “izquierdista”.
Sin embargo, reconoce que ha recibido consejos del presidente de
Venezuela, Hugo Chávez, quien según sus propias palabras está
buscando “el socialismo del siglo 21”. A finales del 2005 Ollanta
visitó Caracas donde Chávez lo llamo “un quijote”.
“¿Le ha financiado Hugo
Chávez su campaña?” pregunté. “No, no me está financiando”, me
contestó con la sonrisa y el cansancio del que ha respondido la
misma pregunta mil veces. “Lo que sí me ha dado es consejos…hay que
tener en cuenta que la performance política y militar de Hugo
Chávez es similar a la mía; los dos somos comandantes del
ejército.”
Ollanta conoce Cuba
–cuando fue de luna de miel a las playas de Varadero- pero no a
Castro. Pero ha dicho que espera “tener la suerte de conocer a
Fidel.” Cuando Ollanta nació, Fidel ya llevaba cuatro años en el
poder. Sin embargo, su visión del líder cubano es poco crítica. “No
lo veo como un dictador”, me dijo. “Que Castro sea un dictador o no
sea un dictador es el problema del pueblo cubano…en todo caso, si yo
llego al gobierno, no vamos a romper relaciones con Cuba.”
Asimismo, no ha ocultado su admiración
por otro dictador, Juan Velazco Alvarado, quien tumbó del poder en
Perú en 1968 al gobierno del democráticamente elegido Fernando
Belaunde Terry. “Como hombre es admirable”, me dijo de Velazco. Pero
me asegura que esto no significa que, en caso de ganar las
elecciones, se convertiría en un líder autoritario.
Ollanta no es un político fácil de
clasificar. Se declara “antimperialista” y denuncia “los efectos
perniciosos de la globalización (y) la perforación de soberanías”.
Pero al mismo tiempo me dijo que le gustaría conocer al presidente
George W. Bush.
Si tuviera que escoger, le
pregunté, entre una alianza con Estados Unidos u otra con Chávez y
Castro ¿qué va a hacer? “No creo que se llegue a esas cosas”, me
dijo pragmático. “En política las cosas no son blanco o negro.
Política es, por definición, el arte de lo posible.”
Cierto. Pero su decisión,
al igual que la del actual presidente de Bolivia, Evo Morales, de no
erradicar la hoja de coca lo pondría en un claro enfrentamiento con
Estados Unidos. “No, no voy a erradicar”, me dijo sin titubear. “Lo
que voy a hacer es una sustitución de los cultivos excedentes de
hoja de coca con actividades rentables.” Ni siquiera quise decirle
que otros han intentado (y fracasado) con esa fórmula. El ya lo
sabe. Mientras, el narcotráfico se fortalece
Ollanta ha bajado últimamente en las
encuestas, no por sus posturas respecto a Chávez, Castro, Bush o la
coca, sino por asuntos que raramente recoge la prensa fuera de Perú.
El expresivo padre de Ollanta, Isaac Humala, un autodenominado
“etnocacerista” o ultra nacionalista, ha dicho que el “verdadero
peruano es el indio, cholo” y que el blanco “es un fracasado”.
“Yo no soy racista, yo no
creo que se pueda construir un proyecto político sobre el color de
la piel”, me dijo medio molesto. “Eso es problema de mi padre…pero
lo están empleando para destruir al hijo…quieren ver como un padre
puede dañar a su hijo.”
Mas complicadas aún son
las acusaciones por violaciones a los derechos humanos que hay en su
contra. Varios supuestos testigos han asegurado a la prensa peruana
que Ollanta Humala era en 1992 un tal “capitán Carlos”, responsable
de asesinatos y torturas en las poblaciones cercanas a la base
militar de Madre Mia en la selva peruana.
Uno de los testimonios más
circulados en los medios de comunicación de Perú es el de Teresa
Avila. Ella asegura que le pidió al “capital Carlos” que no mandara
matar a su hermana Natividad, detenida y acusada de ser miembro del
grupo rebelde Sendero Luminoso. Pero, según su testimonio, él le
contesto: “Si estuviera en mis manos, yo los voy a matar.”
Natividad, según su hermana, fue encontrada muerta con señales de
tortura.
“Yo he sido un capital
Carlos”, reconoció Ollanta durante la entrevista. “Pero no he sido
ese capitán Carlos González del que están hablando.” El asunto,
independientemente de su veracidad, ha puesto a la defensiva a
Ollanta, al igual que las acusaciones de hostigamiento sexual en
contra de su candidato a la vicepresidencia.
La apuesta de Ollanta, sin
embargo, es ganar en la segunda vuelta. Si ninguno de los 23
candidatos presidenciales obtiene el 50 por ciento de los votos más
uno, habrá una segunda vuelta en mayo entre los dos primeros. Y es
ahí como Ollanta, con los votos de los pequeños partidos de
oposición, pudiera convertirse en presidente de Perú.
“Realmente somos un cambio”, me dijo
antes de despedirse. “No somos más de lo mismo. Estamos golpeando el
poder económico (y) el poder político…lo que estamos haciendo sí va
a cambiar al país.”
No hay duda que si Ollanta
gana la presidencia va a cambiar al Perú. Pero la pregunta crucial
es ¿cómo? |