|
Lima, Perú.
Ser amigo de George W. Bush no genera muchos votos en América Latina
en estos días. Lo que he detectado en varios viajes recientes –a
Argentina, Bolivia, México y Perú- es que el antinorteamericanismo
que se percibe en muchos sitios de latinoamerica va más dirigido al
presidente de Estados Unidos, en particular, que a los
norteamericanos en general.
Es algo más anti-Bush que
anti-USA.
Tres ejemplos. Primero.
Hugo Chávez, presidente de Venezuela, dijo que “si algún presidente
en este mundo es sumamente parecido, hasta físicamente, hasta en la
mirada, a Adolfo Hitler, es Mister Danger (Bush)”. Segundo.
En una reciente entrevista Evo Morales, el presidente de Bolivia, me
dijo: “Bush, dígame usted ¿cuántas bases militares tiene en el mundo
y dónde está masacrando cada día?" Tercero. Ollanta Humala, uno de
los dos candidatos presidenciales con más posibilidades de ganar en
Perú, se declaró “antimperialista” y me aseguró que en este siglo 21
no se pueden aceptar “presiones imperialistas” del gobierno del
presidente Bush.
En conversaciones con
otros políticos, periodistas, académicos, estudiantes, amigos y,
desde luego, una legión de taxistas, el tema central ha sido su
rechazo, y en algunos casos, su claro desprecio por Bush. Pero no es
un odio personal; ninguno de ellos lo ha visto en persona.
Se trata, sin embargo, de un franco
repudio a varias cosas que ha hecho el mandatario estadounidense,
empezando por la guerra contra Irak. América Latina tiene una larga
historia de invasiones e intervenciones estadounidenses y la guerra
en Irak se ve, muchas veces, como otra ocupación más. Sobre todo
porque nunca se pudo comprobar que Irak tenía armas de destrucción
masiva ni que Saddam Hussein estuviera involucrado en los actos
terroristas del 11 de septiembre del 2001.
Si a esto le añadimos las fotografías
y recientes videos de torturas de soldados norteamericanos contra
los combatientes detenidos en la cárcel iraquí de Abu Ghraib, las
denuncias de abusos y ausencia de juicios a cientos de prisioneros
en la base naval de Estados Unidos en Guantánamo, Cuba, y los cerca
de 30,000 civiles muertos en Irak (según el sitio de internet
iraqibodycount.org), entonces la percepción respecto al gobierno de
Bush cae en picada.
Estados Unidos, con razón,
puso la mirada en el medio oriente tras los actos terroristas del
2001. Pero es difícil entender por qué Bush dejó de ver también al
sur donde estaban algunos de sus mejores amigos y aliados. Vicente
Fox, el presidente de México, pudo ser un gran apoyo. Sin embargo,
Estados Unidos nunca le perdonó a México (y a Chile) el votar contra
la guerra en Irak en el consejo de seguridad de Naciones Unidos.
Luego, la promesa de
negociar un acuerdo migratorio entre Estados Unidos y México nunca
se materializó. En México esto se interpretó como otro rechazo más.
Para colmo, la propuesta de construir un muro en la tercera parte de
la frontera común fue vista como un verdadero insulto. Y aunque Bush
no tuvo nada que ver con esto –fue, después de todo, una propuesta
que surgió en el congreso- el ex gobernador del estado fronterizo de
Texas no salió inmediatamente después a denunciar la idea del muro.
Tampoco se le ha escuchado criticar con firmeza a los cazadores de
inmigrantes que tratan de hacer justicia por sus propias manos en la
frontera.
Además de Cuba, todos los nuevos
gobiernos de izquierda que han surgido en América Latina (Venezuela,
Argentina, Chile, Brasil, Uruguay y Bolivia) y que pudieran surgir
(Perú, Nicaragua y México) tienen de alguna manera a Bush como
contraparte.
Está de moda criticar a Bush o sus
decisiones bélicas porque eso genera simpatías entre millones de
votantes latinoamericanos. Atacar a Bush u oponerse a sus consejos
es parte de la estrategia de las izquierdas para ganar elecciones en
América Latina.
El caso más claro ocurrió en Bolivia.
Luego que un ex embajador norteamericano le pidiera a los bolivianos
que no votaran por Evo Morales, ellos hicieron exactamente lo
opuesto. Con la excepción del presidente de Colombia, Alvaro Uribe,
no conozco a ningún otro mandatario o candidato presidencial
latinoamericano que presuma de su amistad con Bush.
Todo esto, sin embargo, podría
contrarrestarse con una enérgica y visible política norteamericana
en América Latina. Pero no ha habido tal. Bush raramente ha viajado
al sur de la frontera. La última vez fue a Argentina y no se
aventuró fuera de su hotel en Mar del Plata. Y no ha habido nadie
que hable por él con fuerza, constancia y en español.
Condenar a América Latina
al olvido tendrá un costo altísimo para Estados Unidos. Pasará al
menos una década –hasta que deje el poder esta nueva generación de
líderes antinorteamericanos- para que veamos un acercamiento de los
latinoamericanos hacia el gobierno de Estados Unidos.
Lo irónico del caso es que
millones de latinoamericanos están enamorados de lo estadounidense:
escuchan y bailan su música, aprenden inglés, utilizan sus
computadoras y su internet, envían a sus hijos a sus universidades,
usan sus juegos de video, van al norte a trabajar, compran sus
autos, administran sus empresas igual, vacacionan en sus ciudades y
parques de atracciones, admiran la independencia de su prensa y la
separación de poderes, estudian su democracia, disfrutan su
sencillez de trato, se ríen de la manera en que se burlan de sus
políticos, se visten como ellos, quieren copiar el éxito de sus
deportistas, se sorprenden de sus inventos y de su poderío militar,
e imitan su manera de vivir, comprar y comer…en pocas palabras,
quieren ser como ellos, winners y no loosers.
América Latina no es anti-USA
Si el gobierno de Estados
Unidos quiere acercarse a América Latina hay un enorme terreno
fértil: sus jóvenes. A veces es difícil diferenciar a un joven
latinoamericano de un norteamericano. Pero tiene que haber un
verdadero deseo por conectar. Eso es lo que falta. |