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Berlín, Alemania.
Vine a esta ciudad a ver futbol pero no puedo dejar de pensar en
muros. No puedo dejar de pensar en todos los alemanes que murieron
tratando de cruzar el muro de Berlín. Tampoco puedo olvidarme de los
mexicanos que mueren todos los años tratando de cruzar el muro que
separa a su país de Estados Unidos.
Los muros son para
dividir, para decir: “esto es lo mío y eso es lo tuyo.” Los muros
hablan de desconfianza, no de amistad. Los muros se construyen
cuando las palabras se agotaron. Los muros son el fracaso del
diálogo. Mientras más largos los muros más pequeños son los
políticos que los construyen y permiten. Los muros son un insulto
para el que está del otro lado. Le dice: “no te quiero aquí
conmigo.”
Los muros matan.
Hace casi 17 años –para
ser exactos, un 10 de noviembre de 1889- llegué a una Berlín que
celebrara la caída de su muro. Recuerdo perfectamente a cientos de
jóvenes arrancando con sus uñas ensangrentadas pedazos de la pared.
Ahora regreso a otra Berlin, ya
sin muro, pero igualmente emocionada. Esta vez la fiesta es por el
mundial de futbol. Berlín, que representaba lo peor de las dos
Alemanias, simboliza hoy lo mejor de una sola Alemania unificada.
Pero una parte del muro sigue
ahí. No puedo dejar de verla aunque trate.
Ya no son los 155
kilometros de muro, alambre y minas que a partir del 13 de agosto de
1961 empezó a separar Berlín en Este y Oeste. Ahora solo quedan unos
200 metros de una pared llena de graffiti. El simbolismo es brutal.
Este muro representa, a la
vez, libertad y muerte. En los 28 años de existencia del muro de
Berlín unas 5,000 personas lograron escaparse de Alemania Oriental.
Libertad. Sin embargo, 239 personas fueron asesinadas al intentarlo.
Muerte.
En el Museo del Muro de
Berlín, cerca de donde se encontraba el famoso cruce de Checkpoint
Charlie, hay fotografías terribles de quienes murieron al huir. Pero
de pronto, mientras camino en el museo, me saltan en la mente las
imágenes –igualmente terribles- de los inmigrantes mexicanos y
latinoamericanos que se mueren en la frontera tratando de entrar de
manera ilegal a Estados Unidos.
Y luego me pongo a hacer
números. Cada seis meses mueren en la frontera entre México y
Estados Unidos el mismo número de personas que murieron durante los
28 años que estuvo en pié el muro de Berlín. Increíble.
Los muertos que caían en el muro de
Berlín eran siempre noticia a nivel mundial y causaban denuncias de
políticos y organizaciones internacionales. En cambio, los muertos
de la frontera mexicoamericana solo generan silencio oficial.
Nada.
El año pasado murieron 464
personas tratando de cruzar de México a Estados Unidos. Unos
murieron por el calor del desierto, otros se perdieron en las
montañas y algunos más se ahogaron en el río Bravogrande o
Grandebravo, como quieran llamarle.
Y no recuerdo a ningún político
importante o a las Naciones Unidas o a la Organización de los
Estados Americanos quejarse amargamente tras cada una de esas
muertes.
Las cosas,
desafortunadamente, se van a poner peor.
Para finales de este mes
ya habrá 2,500 soldados de la Guardia Nacional en la frontera de
California, Texas, Nuevo México y Arizona con México. O sea, la
militarización de la frontera va. Y la construcción de un nuevo muro
es cuestión de tiempo. El senado quiere un muro de 370 millas y la
cámara de representantes otro de 700 millas. O sea, el muro va. Será
una extensión del que actualmente ya separa a Tijuana de San Diego.
El nuevo muro entre
Estados Unidos y México se asemejará al que dividía Berlín. Habrá
una muralla de cemento alta y ancha, como en Berlín; alambre de púas
para evitar que la salten, como en Berlín; tendrá vigilantes armados
esperando al que se atreva a cruzar, como en Berlín, y usarán
cámaras de video, sensores y la última tecnología, como en Berlín.
Lo único que no habrá son los explosivos.
¿La principal diferencia?
Que el muro de Berlín se derrumbó mientras que el de México y
Estados Unidos se sigue ampliando. Los alemanes, en este caso, nos
dieron un ejemplo y están del lado correcto de la historia.
Igual en Berlín que en la
frontera mexicoamericana, cualquier muro es una vergüenza, una
ofensa y, al final de cuentas, un paredón.
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