México está
hundido en el pataleo. Los panistas con quienes he hablado me
dicen que Andrés Manuel López Obrador, quien no acepta los
resultados oficiales de la elección presidencial, tiene su
“sagrado derecho al pataleo”. Y lo mismo exactamente escucho de
los perredistas sobre la negativa de Felipe Calderón de aceptar
un recuento de todos los votos. “Es el sagrado derecho al
pataleo de Felipe”, me dicen. Bueno, ni el IFE (Instituto
Federal Electoral) se salva; patalea porque se cuestiona su
credibilidad y eficacia.
El pataleo,
claro, se vale. Tienen derecho a quejarse todos los que crean
que no están siendo tratados con justicia tras las pasadas
elecciones presidenciales. Pero al final debe ganar el que
obtuvo más votos. Punto.
La Real Academia de la Lengua Española, en su
página de internet, describe el “derecho al pataleo” como la
“última y vana actitud de protesta que adopta o puede adoptar el
que se siente defraudado en sus derechos.” Y en estos momentos
casi todos los participantes en las pasadas elecciones
presidenciales se sienten agraviados.
Andrés
Manuel López Obrador, el candidato del Partido de la Revolución
Democrática (PRD) cree que hubo “fraude” el domingo 2 de julio,
acusó al presidente de México, Vicente Fox, de “traidor” a la
democracia y considera que el proceso electoral fue un
“cochinero”. Y como él cree, de verdad, que ganó las elecciones,
parece estar dispuesto a todo: impugnar resultados, movilizar a
miles de simpatizantes, desacreditar al Instituto Federal
Electoral (IFE), promover la resistencia civil y nunca reconocer
que perdió. Nunca.
López Obrador aún no ha podido demostrar
convincentemente que hubo un fraude, ni tampoco cómo miles de
mexicanos pudieron hacer trampa el día de las elecciones con
tanta supervisión nacional e internacional. Además, resulta
paradójico que se queje de las elecciones presidenciales pero no
cuestione los resultados que tanto favorecieron a su partido en
la cámara de diputados, en el senado y en la alcaldía de la
capital.
Rebelarse es su forma de mantenerse
políticamente vivo. López Obrador no puede esperar a las
elecciones del 2012. Para entonces el también perredista Marcelo
Ebrard, el nuevo alcalde de la ciudad de México, tendría apenas
52 años de edad y sería más presidenciable que el Peje. Para
López Obrador es ahora o nunca. Por eso su pelea.
El pataleo no es solo perredista sino también
panista.
Felipe Calderón, el candidato del Partido
Acción Nacional, se niega a que haya un recuento total de votos
basado en lo que dice la ley electoral. Tiene razón en que las
elecciones “se ganan en las urnas, no en las calles”. Sin
embargo, es muy arriesgado para él asumir la presidencia cuando
hay millones de mexicanos que cuestionan su triunfo.
Ganar con el 0.58 por ciento o 243,000 votos
es el margen más estrecho en la historia electoral de México. Y
aunque los panistas estén comprensiblemente molestos con las
protestas y maniobras de López Obrador, aún les falta lo más
difícil. Están obligados a demostrarle a los que no votaron por
Calderón que las elecciones sí fueron limpias y transparentes.
El Instituto Federal Electoral (IFE) también
está en el pataleo. Su jefe y arbitro máximo, Luis Carlos
Ugalde, fue olímpicamente ignorado por ambos candidatos cuando
les pidió esperar a los resultados oficiales antes de declararse
como ganador. Y la bronca postelectoral demuestra que a Ugalde y
al IFE les falta credibilidad. Si todos los mexicanos y los
partidos creyeran ciegamente en la autoridad electoral, no
andaríamos en estas broncas.
Los números no nos ayudan a resolver el
pataleo. Una encuesta del diario Reforma asegura que solo el 37
por ciento de los mexicanos cree que “sí es necesario” contar
todos los votos. Pero el PRD dice sus estudios internos dicen
que “más del 70 por ciento” de la gente sí quiere un recuento.
El problema de fondo es que México tiene una
larga historia de fraudes electorales gracias a 71 años de
control del Partido Revolucionario Institucional (PRI). El hecho
de que la elección del 2000 haya sido limpia no significa que
algunos mexicanos olviden todo un pasado de mentiras. Una
elección limpia no hace primavera.
El próximo presidente, para que sea efectivo,
tiene que estar a prueba de dudas. Gobernar con un congreso
dividido en tres y un país partido entre ricos y pobres es ya
suficiente reto. Pero si a esto le sumamos un problema de
legitimidad, como el que tuvo Carlos Salinas de Gortari en 1988,
México estaría coqueteando con la ingobernabilidad.
Los votos de la fraudulenta elección
presidencial del 88 nunca se recontaron y se quemaron años
después. Por eso Salinas de Gortari nunca pudo sacudirse de la
sospecha de que ganó con trampa. La elección del 2006 tiene que
demostrar que los mexicanos hemos aprendido de nuestros
errores.
Entiendo que las leyes electorales mexicanas
no contemplan un recuento de todos y cada uno de los votos. Pero
a menos que haya un recuento parcial de las casillas más
cuestionadas, no veo otra salida satisfactoria a la actual
crisis que vive México.
El respeto al sagrado derecho al pataleo nos
ha evitado hechos de violencia. Eso habla bien de la frágil
democracia mexicana. Significa que hay recursos legales para no
llegar a la confrontación. Entonces, por ahora, que siga el
pataleo.