Me he pasado los últimos días viajando
entre Miami y la ciudad de México, es decir,
yendo de una incertidumbre a otra.
Más de un mes después de las
elecciones del 2 de julio, los mexicanos todavía
no saben quien es su presidente electo. Y en
Miami, tras 47 años de Fidel Castro en el poder
en Cuba, el exilio cubano no sabe si la
dictadura está a punto de caer o si solo se está
renovando para no morir.
(Supe que había llegado a
Miami cuando, segundos después de aterrizar el
avión, uno de los pasajeros recibió una llamada
en su celular y luego nos anunció al resto de
los pasajeros: “dicen que Fidel se murió”. Esa
ha sido, por años, una señal inequívoca de que
estás en Miami. Cada año matan a Fidel una o dos
veces.)
En Cuba y en México nadie sabe, con
exactitud, qué va a pasar. Mexicanos y cubanos
–tanto dentro como fuera de la isla- han hecho
una ciencia del rumor y la especulación. Cuando
falta información y hay vacío de autoridad, el
chisme es rey.
La radio y la televisión mexicana,
la miamense y la oficial que surge de la Habana
están repletas de expertos y malabaristas de la
palabra que llenan horas y horas sin decir
mucho. Los que realmente saben algo –sobre la
estrategia de Andrés Manuel López Obrador para
agarrar la presidencia o respecto a la salud de
Fidel- no están hablando.
Durante días la noticia ha sido que
no sabemos nada. Hoy sabemos un poquito más; que
habrá un recuento parcial de los votos en México
y que Fidel no murió en el quirófano tras “una
crisis intestinal aguda con sangramiento
sostenido”. Pero ese poquito no es suficiente
para saber cómo será la vida de los mexicanos y
de los cubanos el próximo año.
No es lo mismo una Cuba con Fidel
que una Cuba sin Fidel.
Con Fidel sigue la represión,
los prisioneros políticos, el comandante como
dios y única religión, la ideolatría absurda e
inexplicable de latinoamericanos que quieren
democracia en sus países pero no para los
cubanos; con Fidel el miedo se queda a vivir en
la isla.
Sin Fidel se abre la
posibilidad de que se desmorone el sistema
comunista basado en la delación y la fuerza. Sin
Fidel se podría decir “Fidel” en las calles de
Cuba sin temor. Sin Fidel, Chávez y Evo se
desinflan y desorientan. Sin Fidel, como quería
el papa Juan Pablo II, Cuba se podría abrir al
mundo y el mundo abrirse a Cuba. Sin Fidel su
hermano Raúl es solo Raulito, no el hermano de
Fidel. Y eso es mucho decir.
Y México también tiene sus
serias disyuntivas.
No es lo mismo un México con
(el conservador) Felipe Calderón como presidente
que con (el izquierdista) Andrés Manuel López
Obrador. Uno gobernaría de arriba para abajo y
el otro de abajo para arriba. Y aquí el orden de
los factores sí altera el producto.
Cuba y Venezuela preferirían
lidiar con López Obrador; el gobierno de Estados
Unidos, no hay duda, se sentiría más a gusto con
Calderón. Con Calderón el Tratado de Libre
Comercio con Estados Unidos y Canadá no se toca;
con López Obrador el tratado se rompe en el 2008
pues el gobierno mexicano evitaría la suspensión
de subsidios a sus campesinos.
López Obrador sería un
cambiazo. Antes y después de las elecciones
presidenciales, el candidato perredista ha
criticado a todos: empresarios, medios de
comunicación, al presidente Vicente Fox, al
congreso, a la iglesia, a los militares, a las
autoridades electorales, al Tribunal Electoral,
a cualquier que no quiera un recuento total de
los 41 millones de votos. López Obrador sería un
presidente que iría contra la corriente. Así
solo tendría dos opciones: se ahoga o jala al
país con él.
Calderón, por su parte, nunca
se presentó como el presidente del cambio.
Habría continuidad del foxismo al calderonismo,
con ajustes leves aquí y allá. Calderón
construiría sobre lo que ya se ha ganado. El
panista ofrece a México estabilidad; no es el
lobo feroz que amenaza destruir la casa a
soplidos. Calderón es el que cuida la casa desde
dentro.
Las incertidumbres en México
y en Cuba vienen del no saber quien se queda en
el poder. Y ambos países tienen una larga y
fatídica tradición de depender de los de arriba
para sus decisiones más trascendentales. Los de
abajo esperan el humo blanco.
El problema es que todo es
muy fluido. Fidel dice que cedió el poder a su
hermano Raúl pero nadie cree en Cuba (o fuera de
Cuba) que eso sea cierto; Fidel, enfermo o no,
sigue a cargo del país.
En México, mientras tanto, el
conteo oficial de votos aseguró que Felipe
Calderón fue el ganador de las elecciones
presidenciales. Sin embargo, el que se lleva
todos los días los titulares de la prensa es
López Obrador. El protagonista de la política en
México sigue siendo el Peje. Y el recuento de
más de 3 millones de votos nos regala varios
días más de absoluta y deliciosa ambigüedad.
Lo más grave de todo esto es
que, cuando nos lleguen las certezas, ni México
ni Cuba quedarán contentos. Ni Fidel, ni Raúl,
ni Felipe, ni Andrés Manuel estarán en el poder
con el voto de la mayoría de la gente. En la
dictadura cubana solo el voto de Fidel cuenta. Y
en la frágil democracia mexicana, el próximo
presidente (de un país de 106 millones de
habitantes) habrá llegado al poder con sólo 14 o
15 millones de votos.
Viéndolo así, la
incertidumbre de ahorita pudiera el mejor
escenario para aprender y para que, a mexicanos
y cubanos, esto nunca más nos vuelva a ocurrir.