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EL EXILIO MEXICANO (2)
Por Jorge Ramos Avalos
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| 31 de Julio
del 2000 |
Miami. Todos en México conocen a alguien que se fue al norte; a un primo, a un
hermano, a una amiga, a la tía, al papá, a la abuela
De hecho, una de las grandes
tragedias de las siete décadas del priísmo en México ha sido la de los mexicanos que
tuvieron que buscar mejores oportunidades en otros países, sobre todo en los Estados
Unidos, porque en el lugar donde nacieron veían muy negro el futuro.
Uno de cada seis mexicanos vive fuera de México.
Unos dicen que son 18 millones de mexicanos en el exterior; otros incluso hablan de más
de 21 millones. Cualquiera que sea la cifra correcta, es un verdadero exilio. Y como todo
exilio, no es muy bien entendido ni en el país del que provino ni en la nación donde se
asentó.
En México, los que se fueron, son todavía vistos
con cierto recelo. Hace poco estuve de visita en la ciudad de México y la pregunta
típica era: ¿por qué te fuiste? Todo el que se va la ha escuchado alguna vez, para
luego encontrarse con toda una gama de escepticismo al responder sobre las muy distintas
razones por las que nos fuimos. En su mayoría tienen que ver con factores económicos:
falta de trabajo, subempleo o desempleo, ausencia de un futuro promisorio, problemas
serios para subsistir, imposibilidad de asistir a una buena escuela, carencia de servicios
médicos adecuados
Pero también, en algunos casos, hay razones de otro tipo.
México, para poner un ejemplo, nunca ha sido bastión de la libertad de prensa ni de las
libertades políticas en América Latina, ni tiene las mejores casas de estudio e
investigación del continente.
Quienes no comprenden este éxodo
contínuo -cada año se van entre 105 mil y 350 mil mexicanos a Estados Unidos- califican
a los que se fueron de malos mexicanos, los acusan de tener una óptica
gringa y algunos incluso llegan a denunciarlos como traidores. La
realidad es muy distinta. Los mexicanos que se fueron se convirtieron en inmigrantes sin
quererlo. Hubiera sido estupendo tener en México las oportunidades que encontraron en
Estados Unidos, pero no fue así.
Además, éste exilio mexicano es muy activo; está
lleno de metedólares. Cada año, los mexicanos en el exterior envían unos
ocho mil millones de dólares a México. Esta es la tercer fuente de divisas extranjeras,
después del petroleo y el turismo. Es decir, millones de familias mexicanas dependen para
subsistir de las remesas que reciben de fuera.
Culturalmente, como cualquier exilio, las raíces
atan. Un reporte televisivo informaba hace poco que muchos inmigrantes -entre ellos los
mexicanos- no se quieren hacer ciudadanos norteamericanos porque violarían sus
principios. Es decir, se sienten mexicanos antes que nada. Y esta mexicaneidad está
plagando ciudades completas. Incluso ya hay estadounidenses muy alertas y preocupados por
la llamada reconquista. Pacíficamente, con un creciente poder político,
económico y culturual, los mexicanos y mexicoamericanos han ido recuperando el control de
algunas de las zonas que perdió México frente a los Estados Unidos en 1848.
Esto se nota, no sólo en las calles donde el
español -y el espanglish- es más frecuente que el inglés, sino hasta en los medios de
comunicación y el supermercado. En Estados Unidos ya se comen más tortillas que bagels y
más salsa picante que catsup. Hay partes completas de Estados Unidos que se estan
mexicanizando o latinizando.
Este fenómenos ha tenido su costo en el norte. Los
norteamericanos no se han querido ver al espejo para darse cuenta que su país ya no es
blanco sino mestizo. Lo mejor de Estados Unidos son sus oportunidades económicas. Sí.
Pero lo peor es el racismo.
El recientemente fallecido académico, Julian Samora,
recordaba que cuando era niño no podía jugar en los parques de Colorado porque había
letreros que decían: Prohibida la entrada a indígenas, perros y mexicanos.
El racismo de hoy puede ser tanto o más brutal, como el de la cacería de indocumentados
en Arizona. Pero en general, el racismo se manifiesta de formas más sutiles, como el no
ser atendido en un restaurante, el perder un puesto de trabajo frente a un candidato menos
calificado o el ser detenido con más frecuencia por la policía por el simple hecho de
ser moreno o tener el pelo y los ojos oscuros.
Con racismo y sin racismo, la mayoría de los
mexicanos que se van al norte vencen la pobreza. Ese es su gran triunfo. A veces tardan
una o dos generaciones en lograrlo. Pero lo logran. Y no solo eso. Rascan, también, el
sueño americano que no es otra cosa que la oportunidad de comprar casa,
coche, televisión y enviar los niños a la universidad.
Y como si esto fuera poco, todos los inmigrantes
-legales e indocumentados- aportan 10 mil millones de dólares por año a la economía de
los Estados Unidos, según la Academia de Ciencias. Es decir, si sumamos lo que los
mexicanos envían a México mas lo que aportan a los Estados Unidos, nos econtramos con
algunos de los trabajadores más productivos del mundo. Y estos son precisamente los que
se fueron de México.
Ahora bien, ya que México entra en una nueva etapa
con la salida del Partido Revolucionario Institucional (PRI) de la presidencia, hay muchas
cosas que se pueden hacer para reconciliar a México con su exilio y para que los
mexicanos en el exterior sean considerados parte de un mismo país.
Por principio, la enorme capacidad económica de los
mexicanos que viven en el extranjero puede ser canalizada para ayudar en proyectos muy
concretos en los estados que dejaron, como Aguascalientes, Jalisco, Hidalgo, Puebla,
Oaxaca, Michoacán
Además, el presidente electo, Vicente Fox, junto con el nuevo
mandatario norteamericano -George W. Bush o Al Gore- pueden y deben negociar un tratado
migratorio que incluya el libre tránsito de trabajadores en ambos lados de la frontera y
una amnistía para los seis millones de inmigrantes indocumentados en Estados Unidos (en
su mayoría mexicanos). Y, desde luego, ya que en México reciben con tanto gusto los
dólares que vienen de fuera, ya es hora que reciban también los votos de los mexicanos
en el exterior. Para el 2006 no debe haber excusas como las que hubo en éste 2000.
En fin, que existe un exilio mexicano que crece por
hora y que durante décadas ha sido maltratado, ignorado, difamado y olvidado, pero cuya
importancia no podía ser mayor para el momento de cambio que vive México y los Estados
Unidos. Para los millones que conforman el exilio mexicano, lo peor no es el ser rechazado
en Estados Unidos; lo peor es que ni siquiera te tomen en cuenta en el país -México- que
tan difícilmente dejaste y al que, algún día, esperas poder regresar. |
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