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LOS INVISIBLES
Por Jorge Ramos Avalos |
| 25 de Octubre
de 1999 |
Monterrey, México. Están ahí, pero la gente hace como que no los ve. Pocos los observan directamente a los
ojos y ellos,
también, evaden las miradas ajenas. Pasan desapercibidos. Son los mas pobres de los
pobres. Son los invisibles.
A primera vista, uno pudiera pensar que en éste centro industrial la pobreza es menos
palpable que en el resto de México. Y puede ser que las estadísticas así lo demuestren.
Pero no hay forma de esconder a 26 millones de mexicanos que viven en la pobreza extrema,
es decir, que no tienen suficiente dinero para comprar la canasta básica de alimentos.
Uno de cada cuatro mexicanos vive así. La promesa de campaña del presidente Ernesto
Zedillo ("bienestar para tu familia") es para ellos un slogan mas.
En un fin de semana, me encontré a los invisibles por todos lados; aquí en Monterrey, en
Saltillo, en la ciudad de México. En una calle cualquiera, un hombre sin piernas, sobre
una silla de ruedas, pedía limosna mientras era empujado por otro mas
joven. (Invisible; nadie le dio limosna mientras yo estuve ahí.) Luego, mas adelante, una
niña que cubría sus doce o trece años con una deshilachada falda azul, limpiaba
parabrisas. Su hermanito se encargaba de llenar las botellas del limpiador con agua sucia.
(Casi invisibles; sólo consiguieron un par de monedas.) Estos niños forman parte de los
cinco millones que, según la Organización Internacional del Trabajo, se ganan la vida en
las calles, fábricas y campos de México.
En un club de tenis, una encorvada abuela barría con lentitud el patio de la cafetería,
haciendo montoncitos de hojas secas para luego recogérlos, con mucho trabajo. (Invisible
para los tenistas, mas preocupados por su saque y revés.) Frente a un
semáforo, un adolescente sin camisa se tiraba sobre una cama de vidrio. Y como si eso
fuera poco, cargaba una pesada piedra
para clavar, aun mas, los pedazos de botella en su piel. (Su dolor fue invisible tan
pronto como se prendió la luz verde.) En el baño de un aeropuerto, un muchacho que no
pasaba de los 20, limpiaba obsesivamente los lavabos, con la esperanza de
recibir una propina de los apresurados viajeros. (Pocos tenían el tiempo de apreciar su
esfuerzo. Inútil. Invisible.)
Invisibles también eran los cientos de miles de mexicanos damnificados por las recientes
lluvias e inundaciones. Pero no querían quedarse ni invisibles ni mudos. Por eso, cuando
el presidente Ernesto Zedillo pasó por el estado de Veracruz para constatar los daños,
varios aprovecharon para pedirle que les ayudara. En particular (el viernes 8 de octubre)
un exprofesor le exigió varias veces a Zedillo que hiciera algo para evitar la
especulación con los alimentos . Sin embargo, el presidente, en lugar de mostrar su
apoyo, lo mandó callar. "Soy el presidente de la república", dijo Zedillo.
"Si vuelve a hablar, me la paga. ¡Ya cállese!".
En otras palabras, los damnificados querían dejar de ser invisibles, querían que los
escucharan, que los tomaran en cuenta. Pero al menos en el caso del exprofesor de
Gutiérrez Zamora, Veracruz- el presidente lo paró en seco y lo regresó a la
invisibilidad. Debe llegar un momento en México en que el éxito o fracaso de los
gobiernos se mida en el número de pobres que dejaron de serlo y no por los discursos y
regaños que da el presidente.
México es un país donde varios grupos luchan todos los días para dejar de ser
invisibles. Así, los rebeldes zapatistas en
Chiapas dieron un grito para sacar del silencio y la invisibilidad a los 10 millones de
indígenas mexicanos que viven, muchas
veces, en condiciones infrahumanas. Así también, los estudiantes y paristas de la
Universidad Nacional Autónoma de México
(UNAM) quieren que se escuchen sus demandas, quieren ser visibles para las autoridades.
Pero el oído gubernamental parece
estar tapado; los ojos oficiales, cerrados. Es interesante notar, por ejemplo, que en el
último informe presidencial no hubo una
sola mención directa sobre los problemas de Chiapas y la UNAM. Es decir, se trató
sin éxito- de restarle importancia a dos
de los principales problemas de la nación. Seguir la política del avestruz -escondiendo
la cabeza- no resuelve problemas; sólo
los pospone e intensifica.
Será que llevo muchos años viviendo fuera de México, pero cuando regreso por visita o
de trabajo me brincan -me duelen-
cosas a las que antes ya me había acostumbrado. Por ejemplo, me llaman la atención
personas y situaciones que mis
acompañantes -familiares, periodistas, amigos, conocidos...- muchas veces ya no ven.
Puede ser el cansancio. Puede ser el
escudo de insensibilidad que les permite caminar sin detenerse a cada paso. Pero puede ser
también -y eso es lo mas
preocupante- que somos (todos los mexicanos) de un país donde sigue siendo demasiado
fácil nacer, vivir y morir invisible. |
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