| Chicago. En
el mero centro de la comunidad latina de ésta ciudad, en la calle 18 del barrio de
Pilsen, me encontré con un grupo de mexicanos y nos pusimos a platicar -¿de qué mas
puede ser?- sobre México. Con la sutileza, diplomacia y buen ojo que tiene todo mexicano
para medir al otro a primera vista, comenzamos hablando de lo que mas extrañábamos de
nuestro país -la familia, el mole, los tacos al pastor, las fiestas, los cuates...- para
luego pasar al futbol. "¿A quién le vas?", les pregunté. "Chivas",
dijo la mayoría. Uno que otro se atrevió a murmurar: "al América". "Cruz
Azul", gritó uno mas. Nos echamos a reír. Pero luego le entramos al inevitable tema
de la política y ese es el punto en que ya no hay retorno.
El primer paso para medir políticamente a un compatriota fuera de México es
saber si apoya al Partido Revolucionario Institucional (PRI) y al gobierno o si está en
contra de él. Con la contestación se rompen muchas conversaciones y se cimientan varias
amistades. No me extraño, sin embargo, que casi todos a quienes les pregunté tenían
algo de que quejarse contra "el gobierno".
Es curioso como con decir "el gobierno", los
mexicanos que vivimos fuera del país -cerca de 10 millones de personas- aglomeramos a
todos los gobiernos priístas. No solo al del actual presidente Ernesto Zedillo, sino al
de Carlos Salinas de Gortari, Miguel de la Madrid, José López Portillo, Luis
Echeverría, etc. Las quejas iban desde corrupción y malos manejos en pequeñas
poblaciones, hasta la mas típica: la falta de oportunidades de trabajo en México.
"La cosa está muy dura por allá", fue el comentario mas socorrido.
Las pláticas de los mexicanos en el extranjero están
salpicadas de nostalgia y de resentimiento. Esto último por haber tenido que buscar en
otra nación las oportunidades que no encontraron en México. Así que no deben llamarnos
la atención las sospechas de muchos mexicanos aquí cuando alguien les cuenta que las
cosas -la economía, la libertad de prensa, la televisión, las opciones políticas...-
están cambiando en nuestro país (y a veces de manera sumamente rápida). Es cierto; es
difícil imaginarse un México distinto al que dejamos cuando nos fuimos.
Por lo anterior, hay un enorme escepticismo en muchas
comunidades de mexicanos en el exterior sobre las elecciones para escoger al candidato del
PRI a la presidencia este domingo 7 de noviembre. "N'hombre", he escuchado
varias veces, "esos del PRI son unas ratas". Bueno, hay muchas formas de
explicar cómo un sólo partido político se ha mantenido en la presidencia de México
durante 70 años, pero ciertamente esa es una forma de decirlo.
En otras palabras, la idea de que el presidente de
México, Ernesto Zedillo, no tendría absolutamente nada que ver con la selección del
candidato del PRI a la presidencia es impensable en estos fríos y airosos lugares. Aquí
en Chicago, la mayoría de los mexicanos con quienes platique creen que el aparente
candidato favorito de Zedillo, Francisco Labastida, es el que va a ganar y que los otros
-Roberto Madrazo, Manuel Bartlett y Humberto Roque- son solo parte de un teatrito.
Lo que pasa es que es muy difícil imaginarse que un
partido cómo el PRI que ha utilizado todo tipo de fraudes, mentiras y trucos para
mantenerse en la presidencia durante siete décadas, de pronto se autoproclame -en varios
anuncios pagados- como el mas democrático de los partidos políticos en México. Eso casi
nadie se lo traga. Jorge G. Castañeda, en su libro La Herencia, entrevista a los cuatro
expresidentes mexicanos que aun viven y deja un claro testimonio de como todos los
mandatarios que han llegado a la residencia oficial de Los Pinos lo hicieron gracias al
dedazo de su predecesor. Así, Luis Echeverría escogió a José López Portillo, y éste
a Miguel de la Madrid, y él a Carlos Salinas de Gortari, Salinas a Zedillo. No son
cuentos. Es algo que todos los mexicanos saben, es algo que ya reconocieron todos los
expresidentes vivientes, y que ahora sólo falta que reconozca Ernesto Zedillo.
No sé por qué Zedillo insiste en ocultar el hecho de
que Carlos Salinas de Gortari lo escogió con un soberano dedazo como candidato del PRI a
la presidencia. Todavía en una entrevista en el 96, Zedillo dijo que el presidente en
turno no era "determinante" en la selección del candidato priísta y me mandó
a preguntarle a su partido -"mejor vaya y pregúntele al PRI"- quién lo había
escogido a él. Eso, afortunadamente, ya lo había hecho y el entonces presidente del PRI,
Santiago Oñate, me confirmó que "el candidato presidencial se escoge con
intervención directa del presidente". O sea, Salinas escogió a Zedillo y punto.
Nada de democracia, nada de convenciones políticas, nada de competencia. Fue un dedazo y
ya.
Lo interesante de las elecciones para escoger al
candidato priísta es que son organizadas por un partido -el PRI- que nunca se ha
caracterizado por ser democrático ni por la limpieza de sus procesos, y que tienen la
bendición de un presidente -Zedillo- que tampoco fue escogido como candidato en un
proceso abierto y plural. Además la legitimidad del proceso ha sido puesto en duda por
los mismos contendientes -Bartlett, Madrazo y Roque- que se han quejado de que Labastida
ha tenido apoyos indebidos de gobernadores, presidentes municipales y funcionarios
públicos, entre otros.
No sé cómo va a acabar esto. Lo que sí les puedo decir
es que en éste rinconcito de Chicago se está siguiendo muy de cerca lo que pasa al sur
de la frontera y que aquí muy pocos mexicanos creen que el partido mas antidemocrático
que ha tenido México nos pueda dar lecciones de democracia. Es decir, aquí muchos dudan
que Zedillo se vaya a cortar el dedo -como prometió- y se aleje del proceso de selección
del candidato priísta y del próximo presidente. ¿Y hasta cuándo se convencerán? Hasta
que vean rodar el dedo presidencial... |