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"EL REGALO DEL TIEMPO"
 

El Regalo del Tiempo
SUS OTROS EXITOS:
"MORIR EN EL INTENTO"
 
 
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"ATRAVESANDO FRONTERAS"

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"LA OTRA CARA DE AMERICA"
  • Extracto "La llamada"

"EL BORDO"

"En los últimos años se ha notado un preocupante cambio en el perfil del inmigrante. Aquí no vi sólo a hombres jóvenes. Vi a familias enteras, con niños. A mujeres sólas. A ancianos." (Extracto de "La otra cara de América")

Tijuana, Baja California. Hacía frío. Mucho frío. Estaba caminando hacia la frontera como un zombi, como si hubiera un imán que me jalara al otro lado y no tuviera la voluntad de resistirme. Estaba aquí pero en realidad no quería estar aquí. Otros como yo se acercaban también. Lenta, suave, pero firmemente. La mirada clavada en un horizonte de arbustos y planicies. Allá había que ir. Allá. Luego, a punto de llegar, nos paramos en seco. Frente a nosotros, la cerca. Y del otro lado: los Estados Unidos. La cerca era una mole metálica de unos tres metros de altura y llena de hoyos. "¿Y para esto se gastaron tanto dinero?" pensé. Donde la tela de metal no estaba cortada, se podía hacer una zanja -escarbándole un poquito- y pasarla por debajo. No problem. "Esta reja no detiene a nadie", dije en voz alta. En frente, a unos 300 metros, unos señoritos vestidos de verde y parados junto a una patrulla nos miraban fijamente a través de unos binoculares. Estaban tan lejos que a mí me parecían de caricatura. Pero seguro ellos podían ver el cansancio, detectar los ojos de miedo rojo y leer la determinación de burlarlos. Los que estaban a mi lado se sentaron de aguilita, como cuando uno quiere ir al baño y no hay ninguno cerca. A esperar. El plan de todos –había cientos- era muy sencillo; dejar que los de la migra se cansaran y se fueran. O esperar el cambio de turno. Total, no había a dónde más ir y eran apenas las diez de la noche. Me senté también. Ahora, lo único que quería saber era cómo pensaban cruzar, por dónde, en qué momento, a quién debían pegarse, a quién evitar. El frío se me colaba por debajo de los pantalones. La chamarra era gruesa pero no me calentaba. Y entonces me acordé de mi hermana Lourdes cuando decía que "tenía frío por dentro". Yo también tenía frío por dentro. Me tomé algo caliente –un café muy aguado- pero no me sirvió de nada. Pinche frío, pinche frío, pinche frío, repetía, como esperando que con la repetición me calentara. Empecé a temblar. Otros también temblaban, pero no sé si de frío o por acordarse de lo que dejaban atrás. Las familias se habían reducido a fotografías de blanco y negro en una carterita. Ahí, las fotos del niño que ya no lloraba y de la esposa que ya no besaba y del padre que ya no sonreía iban bien pegadas a la estampita de la virgen. La verdad, no se querían ir. Aunque lueguito lueguito se acordaban de por qué estaban ahí: "es que acá en México no hay jale". Mientras tanto, montones de ojos de águila seguían esperando un pestañazo de los de verde, la vuelta de la llanta del jeep, un momento de descuido. Las enormes luces del lado norteamericano –como las del estadio Azteca en el D.F., recordé- luchaban contra una noche sin luna. De pronto, las mandíbulas se apretaron, los estómagos se conviertieron en tablas y los cuellos se marcaron de venas a punto de reventar. Me agité y empecé a respirar muy rápido. Había llegado el momento de cruzar. Cambio de turno. Se oyó perfectamente la camioneta al prenderse y al poco tiempo el vrooom del motor se perdió. Todos los de este lado se empezaron a mover, como en una coreografía. Primero medio agachados y luego, ya bien parados, echándose a correr a todo lo que daban. Ahí me detuve. Me toqué el bolsillo del pantalón y me sentí distinto. Era el bultito de mi pasaporte mexicano y mi green card. Por si las moscas. Ellos se fueron hasta convertirse en sombras y yo me quedé pensando que la vida es muy cabrona.

La noche que me acerqué a la frontera a pie, todavía del lado mexicano, había un hombre vendiendo bolsas de plástico.

-"¿Bolsas de plástico para cruzar la frontera?", le pregunté a uno de los muchachos que andaban por ahí. "¿Para qué?".

-"Pues para que no se te mojen los pantalones, ñero", me contestó. Y luego añadió que cuando estás en gringolandia no conviene que la migra se dé cuenta que acabas de cruzar. Eso pudiera significar irse derechito al bote, a la cárcel.

La venta de bolsas no era un negociazo, pero daba para vivir. Asímismo, en parrillitas de carbón y cubetas con hielo otros vendían taquitos y refrescos para curarle el hambre a los que estaban a punto de cruzar el bordo. Así le dicen por aquí. Debe ser una de esas palabras (border) que de tanto mencionar entraron al nuevo diccionario de espanglish.

En la frontera no es difícil encontrar con quien hablar. Cientos de personas, dispersas, veían hacia el norte, como si estuvieran esperando una señal para cruzar. En el ambiente, sin embargo, hay un cierto nerviosismo. Es la tensión del que sabe que en unos momentos se va a jugar el pellejo. Así deben sentirse también los soldados que van a iniciar un ataque.

Las conversaciones son monotemáticas. ¿Cuándo piensas cruzar? ¿Ya te agarró la migra? ¿Por dónde es mas fácil? ¿Vas sólo o con coyote? Curiosamente, los momentos mas relajados ocurren cuando pueden ver, del otro lado, a los agentes de la patrulla fronteriza. Eso significa que en ese momento nadie puede cruzar.

-¿Por qué te vas de México? Le pregunté a un joven que llevaba barba de varios diás y una camisa blanca que hacía mucho ya no lo era.

-"Aquí ya no se puede vivir con el sueldo mínimo", me dijo. "No se mantiene

uno con uno o dos hijos" Sus ojos proyectaban esa convicción de saber que estás enfrentando lo inevitable.

Muchos se iban a lanzar a la aventura sólos. Pero otros preferían la ayuda de un coyote o pollero. Es fácil identificarlos. La gente se les acerca, dan instrucciones y casi nunca te mantienen la mirada.

No fue complicado ganarse la confianza de uno de ellos. Es mas, con el que platiqué parecía estar muy orgullosos de lo que hacía. "Aquí se hace el trato", me confió, "y ya llegando allá, cuando entregas (al inmigrante) a su casa, paga la feria".

Los polleros no trabajan de manera aislada. Tienen también a sus ayudantes. Uno de ellos era Antonio, un niño de 10 años de edad, cara sucia y camiseta roja. Los coyotes le daban 40 dólares para distraer a la migra y permitir que su grupo cruzara sin ser observado. Antonio me explicó su trabajo: "O sea, que hago (que los agentes) se muevan del lugar para que me correteen".

Los coyotes tienen fama de abusivos. De ocasionar muchas muertes. De dejar en la mitad del desierto a inmigrantes hambrientos, sedientos y sin dinero. Pero la policia tampoco goza de mucho prestigio. Uno de los mexicanos que se preparaba para cruzar, me lo dijo sin pelos en la lengua: "La policia (de Tijuana) en vez de protegernos está abusando de uno, en cuestión de quitarte el dinero y todo eso".

En los últimos años se ha notado un preocupante cambio en el perfil del inmigrante. Aquí no vi sólo a hombres jóvenes. Vi a familias enteras, con niños. A mujeres sólas. A ancianos. Los investigadores sugieren, también, que el estereotipo del emigrante mexicano que proviene del campo o es agricultor ha cambiado. Los inmigrantes de hoy en dia son mas urbanos, con mayor escolaridad que los de antes, con mas recursos y, si puede, viaja con la familia completa.

Ya del otro lado, en San Ysidro, California, el agente Ray Ortega (bien armado) me llevó en su camioneta para ver cómo perseguían a los indocumentados. El contraste era impactante. Cámaras de rayos infrarrojos, lentes telescópicos, vehículos superprotegidos, helicopteros de apoyo, comunicación constante. Mientras manejábamos y veíamos sombras evitándonos en la frontera, le pregunté al agente Ortega sobre las acusaciones de abuso contra los inmigrantes por parte de la patrulla fronteriza norteamericana. Tenía la respuesta bien practicada. "Son alegaciones", me dijo, "(pero) cuando salen estas alegaciones las investigamos".

(Aquí vale la pena una aclaración. No creo que el Servicio de Inmigración y Naturalización de los Estados Unidos (INS) está plagado de tipos malvados o mal intencionados. No, desde luego que no. Dentro del INS hay gente muy decente; conozco a algunos. Pero si creo que su labor es efímera, futil, cargada de fuerza y, en algunos casos, inútil.)

Como decía Carlos Fuentes, la frontera entre México y los Estados Unidos es una cicatriz. En realidad es una herida que no sana; fue impuesta por la fuerza, sangra constantemente y se viola millones de veces cada año.

Los abusos de la patrulla fronteriza son difíciles de documentar. Pero alguién que sí lo ha hecho es Roberto Martínez de la organización American Friends Service Committee. En su oficina, me enseño varios de los casos que ha estado investigando. Sin embargo, su labor ha tenido un alto precio a nivel personal. Poco antes de nuestra entrevista había recibido amenazas contra su vida.

-"¿Qué le dicen?", le pregunté

-"Que si no paro de denunciar y criticar al border patrol me van a matar."

Jorge Bustamante, director del Colegio de la Frontera Norte coincide con Martínez en que los inmigrantes indocumentados son frecuentemente maltratados. "El racismo", me comentó, "es un elemento permanente de la sociedad norteamericana".

Bustamente considera que los momentos mas peligrosos para los indocumentados mexicanos y centroamericanos es cuando Estados Unidos vive momentos de recesión. Entonces, asegura, el inmigrante se convierte en un chivo expiatorio: "Nos empiezan a echar la culpa de todos los problemas y calamidades; desde la crisis económica, el desempleo, el narcotráfico, el sida, el catarro…de todo nos echan la culpa a nosotros".

Pero independientemente de los peligros y los maltratos, cada tarde, en la frontera que separa Tijuana de San Ysidro, se van juntando cientos de personas dispuestas a cambiar su destino con un salto, o dos, o tres…

-"¿Y si lo agarran a usted, que haría?", le cuestioné a un muchacho mexicano que estaba a punto de intentar la fuga al norte.

-"Pues nos regresan nada mas", me dijo. "Ellos (nos) avientan una vez y uno se mete dos veces".

Posdata. A lo largo de la historia conjunta de México y los Estados Unidos ha habido muchos y muy variados intentos del gobierno norteamericano para controlar el flujo de inodumentados al norte. Todos han fracasado.

Lo que si es constante es la experimentación de distintos métodos para hacer de la frontera un lugar menos lleno de hoyos.

Uno de esos experimentos fue la llamada Operación Guardián (Operation Gatekeeper) anunciada el dos de octubre de 1994. La operación se fundamentaba en una apuesta muy sencilla: si pones a mas agentes a cuidar la frontera, habrá un descenso en el número de indocumentados que la intentan cruzar. Cientos de agentes fueron contratados y otros tantos con trabajos en las oficinas fueron trasladados a labores de campo. Experimentos similares habían tenido un éxito relativo en Tucson, Arizona y en El Paso, Texas. Exito, para el Servicio de Inmigración y Naturalización (INS), significa un mayor número de arrestos.

Y, sí, efectivamente hubo mas arrestos. Pero como si fuera un torrente de agua frente a un ladrillo, los inmigrantes rodean los sitios mas vigilados. Lo que la Operación Guardián logró fue que los inmigrantes empezaron a utilizar rutas mas peligrosas: desiertos, montañas, zonas sin agua ni comunicación.

De todas formas los inmigrantes seguían cruzando, con el agravante que las muertes en la frontera –por deshidratación, por frío, por sed, hambre y criminalidad- empezaron a multiplicarse.

La Operación Guardián está basada en la falsa premisa de que la inmigración indocumentada es un problema de leyes y de fuerza. No importa cuántos agentes ponga Estados Unidos en su frontera ni cuántas bardas construya, mientras haya empleos en el norte para los trabajadores del sur, seguirá habiendo inmigración indocumentada.

El político George W. Bush, dos veces gobernador del estado fronterizo de Texas, no se hace ilusiones sobre el fin de la migración al norte. En una entrevista en 1999 me dijo en espanglish: "Yo entiendo por qué los padres de éstos niños están aquí: sus padres están aquí para poner comida en su mesa. La gente viene de México a todo los Estados Unidos a trabajar. Los valores familiares no se detienen en la frontera. Padres y madres aman a sus hijos igual en México que en los Estados Unidos. Y si tienen a un niño que tiene hambre y buscas trabajo y sólo puedes conseguir 50 centavos de dólar en el interior de México o puedes obtener 50 dólares en el interior de los Estados Unidos, tu te vas a venir a ganar aquí los 50 dólares si eres un padre trabajador y amoroso. Asi que yo lo entiendo."

El constante flujo sur/norte en la frontera de México con los Estados Unidos no ha dado ninguna indicación de que está disminuyendo. Los primeros 15 días de enero son básicos para que el Servicio de Inmigración y Naturalización (INS) pueda determinar como se desarrollará el flujo de indocumentados del sur al norte a lo largo del año. Y los primeros 15 días de enero del 2000 rompieron todas las marcas. Por ejemplo, en las 26 millas de frontera entre las poblaciones de Agua Prieta y Douglas, Arizona, se detuvieron 14,664 inmigrantes indocumentados en las primeras dos semanas de enero del 2000 (según las cifras que el INS proporcionó al diario The New York Times). Esto es casi el doble que en 1999.

Otro tipo de estadísticas es la que lleva el gobierno mexicano. Desde que se puso en práctica la llamada Operación Guardián a lo largo de la frontera entre ambos países, ha aumentado el número de arrestos y, también, la cifra de mexicanos que mueren tratando de cruzar ilegalmente a los Estados Unidos. De 1995 a comienzos del 2000 habían muerto, por los menos, 717 mexicanos. Esto ha ocurrido porque la reforzada vigilancia y el aumento considerable de agentes protegiendo ciertos puntos de la frontera obliga al futuro inmigrante a tomar mas riesgos. Así, se exploran sitios de cruce donde reinan temperaturas extremas y a través de los cuales es preciso caminar varios días para llegar a alguna poblacion norteamericana. Este es el reino del coyote.


  • Extracto "La llamada"