La
conversación entre Ramos y Parsons fue cercana, franca,
divertida y el CEO de Time Warner dijo en dos horas más de lo
que los periodistas hispanos le hemos escuchado a Ray Rodríguez
en varios años.
Una
semana antes me encontré a Ramos a la entrada del FleetCenter,
en Boston, durante la Convención Demócrata. Estaba con Wesley
Clark y un río de gente se acercaba a saludarlos, como si los
conociera desde hacía mucho tiempo. Querían tomarse una foto con
ellos, y les sonreían de una manera muy particular.
Especialmente las mujeres. Y especialmente a Ramos.
No
pudimos hablar. Era injusto pretenderlo con la cantidad de gente
que quería estar unos segundos con Jorge, no sólo para decirle
cuánto lo veía y admiraba, sino para confesarle su amor
platónico.
Unos
días antes lo había entrevistado Ted Koppel para su programa
Nightline, en el horario más codiciado de la televisión en
Estados Unidos (y no era la primera vez).
El
grupo del New York Times que sindica contenido, había
pedido su columna --que se publica ya en 35 periódicos de
Estados Unidos y América Latina-- para representarla en todo el
mundo.
Y su
sexto libro, La Ola Latina --publicado simultáneamente en
inglés y en español por Rayo, división de Harper Collins para el
mercado hispano-- entraba en su segundo mes como uno de los
libros más leídos por el público de origen latino de Estados
Unidos.
Con
la crisis y las críticas que hay en el periodismo americano, con
el cubrimiento parcializado y con mea culpas de la guerra
de Irak, con la decisión de tomar una posición política en las
campañas presidenciales y con el desgaste de credibilidad que
han sufrido algunos grandes medios en años recientes, la
posición de independencia irrestricta de Jorge Ramos es
altamente refrescante. El señor Perenchio podrá ser republicano
y su dinero podrá ir a ese partido, pero eso no se reflejará
nunca en la forma como Ramos cubra las elecciones en Estados
Unidos.