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Segunda carta: casi
A Paola y Nicolás, por cada día que paso con ustedes:
El miércoles 8 de diciembre del 2004 a las 11 de la mañana con 29 minutos estuve a punto de morirme.
Casi.
Y luego del susto decidí que algún día quería escribirles estas cartas.
Me di cuenta que tenía todo arreglado –un testamento, cuentas de banco, seguros, instrucciones precisas de con quién hablar si yo faltaba..., menos lo más importante: un testimonio de cómo sus vidas han afectado la mía y viceversa.
No les había dejado ese mapa vital en que sus caminos se cruzaban con el mío. Y sin él, la vida es más difícil. Tenía que llenar los hoyos negros que nos apartaban.
Esa mañana de otoño no pudo haber sido más normal. Me levanté como cualquier día, te llevé a la escuela Nico, desayuné (seguramente cereal, como siempre), leí el periódico, revisé mis e-mails, hice un par de llamadas y me preparé para ir al dentista. En la oficina ya sabían que ese día llegaría un poco tarde.
Todo era normal. No había ninguna noticia importante que me requiriera estar temprano en la estación de televisión. Cuando una noticia irrumpe, hay que cancelar citas, romper compromisos, agarrar el pasaporte, apresurar una maleta y correr a la oficina. Nunca sabes cómo será tu vida en la siguiente hora o en el siguiente mes. A veces hay noticias que cambian tu vida para siempre.
Pero, afortunadamente, ese no era el caso aquella mañana de diciembre. No estaba pasando nada importante.
La oficina de mi dentista en Fort Lauderdale queda a unos 40 minutos de nuestra antigua casa en Coral Gables y esa mañana iba un poco tarde. No mucho, cinco, diez minutos a lo mucho. Pero odio llegar tarde.
No me gusta robarle el tiempo a los otros ni que me lo roben a mí.
Recuerdo perfectamente que tomé la carretera hacia el norte y manejaba a unas 60 millas por hora, apretando el acelarador más a fondo cuando no encontraba patrullas de policía a la vista. Esperaba ganar así algunos minutos en el recorrido.
A pesar de llevar más de 20 años en Estados Unidos, nunca han dejado de sorprenderme esas enormes carreteras de tres, cuatro y hasta cinco carriles que se conectan unas a otras con gigantescos puentes a desnivel y que parecen perfectas bandas sin fin. Son unos maravillosos espaguetis de cemento. Cuando no hay tráfico, los límites de velocidad se sienten arbitrarios y dan ganas romperlos a la primera oportunidad, particularmente si comparas esas carreteras con los caminos llenos de hoyos del lugar donde crecí.
En esas tonterías pensaba mientras me dirigía al dentista. No hay nada más trivial que manejar o que te limpien los colmillos y las muelas tras el típico regaño semianual del dentista por no usar regularmente el hilo dental. A pesar de que no es nada agradable abrirle la boca durante media hora al higienista, el ejercicio estaba muy lejos de ser insoportable. Manejaba despreocupado.
Era una mañana magnífica, con un sol resplandeciente y el típico calor floridano.
Llevaba cerradas las ventanas del auto; aunque aborrezco el aire acondicionado era la única forma de escuchar bien la radio. Esa es una de las cosas que nunca me gustaron de ese auto gris: no se podían abrir las ventanas sin recibir ventarrones en la parte de atrás de la cabeza, acompañados de un incómodo ruido –plop- producido por el vacío que creaba en la parte interior del oído izquierdo. Plop.
Estaba escuchando, como de costumbre, el estupendo programa de entrevistas de Diane Rehm en National Public Radio (NPR) pero en una de sus breves pausas bajé la vista para sintonizar una estación de música; ya había oído suficiente del invitado. Además, no podría escuchar la entrevista completa porque estaba a punto de salir de la carretera y llegar a mi destino.
De pronto, antes que pudiera encontrar una canción que me gustara, escuché un fuerte ruido que se acercaba. Era continuo y aumentaba rápidamente de volumen. Por un instante creí que se trataba la interferencia en la radio cuando cambias de una estación a otra.
shshShShSHSH.
Sonaba como si alguien me tratara de callar. Había dejado de ver la carretera por un segundo, quizás, dos. Pero cuando subí la vista, en ese preciso instante, supe que me iba a morir.
Una vieja camioneta rojo oscuro, tipo van, había perdido el control del otro lado de la carretera y se dirigía directamente contra mi auto. Ya había cruzado los 30 pies de césped que separaban ambas vías de la carretera y ahora venía en sentido contrario a toda velocidad. Calculé que el choque sería brutal –la camioneta viajaba tan rápido como yo- y que ninguno de los dos conductores tendríamos ni la más mínima posibilidad de salvarnos.
Noté que la llanta delantera del lado izquierdo de la camioneta estaba ponchada, lo que explicaba por qué el conductor no podía controlarla. La camioneta ya estaba tan cerca de mí que pude haber leído sus placas, pero las llevaba en la parte de atrás. Sin embargo, me pareció una soberana estupidez pasar mis últimos instantes pensando estas cosas. No podía controlarlo. Mi mente ya no era mi mente. Se me iba.
La aparición de la camioneta en sentido contrario fue tan sorpresiva que ni siquiera me dio tiempo de poner un pie en el freno. Tampoco traté de dar un volantazo: “es inútil”, me dije resignado.
ShShSHSHSH.
El ruido, como de un tren a la deriva, ya lo ocupaba todo. No escuchaba la música de la radio. Sin embargo, dentro de mí se creó una calma imperturbable. Supuse que, dada la situación, debería abrir enormemente los ojos y poner cara de horror. Pero mis músculos no reaccionaron. Estoy seguro que si en ese instante, hubiera podido verme en un espejo, habría encontrado mi cara sin ninguna expresión.
El ruido de la camioneta que se acercaba amenazante se convirtió, de pronto, en un zumbido de abeja.
Ruido por fuera y silencio por dentro.
Silencio total.
Pensé que, con suerte, la camioneta pasaría frente a mí sin golpearme. Pero no. ¡La camioneta venía directamente hacia mí!
Todo esto habrá ocurrido en una fracción de segundo pero lo viví como en cámara lenta. En esa fracción de segundo pude pensar cosas que, en otras circunstancias, hubiera tomado 10 o 20 o no sé cuántas veces más tiempo. Sentí latir mi corazón dos veces. No sé por qué pero fueron exactamente dos latidos reventándose como olas contra una roca en la parte superior izquierda de mi pecho, cerca del esternón.
Además, mi sentido de la vista se afinó de inmediato. Lo veía todo. Mucho mejor que con mis lentes para la incipiente miopía. Pero no era yo el que veía. Era alguien dentro de mí viendo a través de los orificios de mis ojos. El que veía acercarse a la camioneta se había separado de mi cuerpo. Veía todo al fondo, a través de dos túneles negros. Mis ojos se convirtieron en telescopios. Nada se me escapaba.
Me di cuenta que se trataba de una camioneta mal cuidada y me dio coraje que me fuera a morir por un “vejestorio”. Les juro que lo pensé. La camioneta no tenía su color original, estaba llena de golpecitos y la defensa plateada tenía el lado derecho más alto que el izquierdo. Era muy similar a la de Martínez, el pintor que me había acompañado en varias mudanzas de casa.
Odié ese color rojo; entre morado y violeta. Color de sangre coagulada.
Estábamos a punto de chocar. El conductor de la camioneta no me vio a mí pero yo sí lo vi a él. Era mayor que yo, con el pelo canoso y la piel del cuello colgada. El cuello blanco de la camisa sobresalía del suéter, medio doblado y sucio en las orillas. Lo vi tratar, infructuosamente, de controlar el vehículo pero el movimiento de sus manos sobre el volante no tenía ninguna relación con la dirección que llevaba la camioneta. Parecía un chiste. Movía el volante frustrado, desesperado, hacia una lado y la camioneta se iba para otro. Lo vi moverse muy muy lentamente.
La camioneta venía hacia mí. Era cuestión de un instante.
Esperé el impacto sin tensar el cuerpo. ¿Para qué? Si de todas formas me iba a morir. Quizás, sin resistirme, dolería menos. Sentí el cinturón de seguridad sobre el pecho. “De nada sirve”, calculé.
La camioneta me iba a pegar del lado izquierdo del auto, frente a mí, como si hubiera apuntado a lo lejos...y acertado.
ShSHSHSHSH.
Respiré a medio pulmón, sin prisa, parpadeé una vez y el tiempo se volvió a estirar.
Me iba sin despedirme de mis hijos. “¿Cómo les van a avisar que me morí? ¿Quién se los va a decir? ¿Qué cenarán esta noche? ¿Cómo será la navidad?”.
Y me molestó pensar en el trabajó pero no pude evitarlo. “Me van a esperar en la oficina y no voy a llegar. Me van a llamar al celular y no voy a contestar. ¿Seguirá funcionando el teléfono después del choque?” No podía evitar el pensar en tantas pendejadas. Se mezclaba lo vital –mis hijos, mi familia- con lo innecesario –el teléfono, la oficina, las preguntas absurdas. Mi mente era una pantalla de cine en la que yo no controlaba lo que se mostraba.
Sin yo desearlo, empecé a recordar las principales imágenes de mi vida. “Eso es lo que les pasa a los que se van a morir”, reflexioné. Pero el video de mi vida se quedó atorado en algún momento durante mi niñez, mientras yo jugaba futbol en el jardín de mi casa.
Era muy extraño: veía claramente la camioneta a punto de golpearme pero, también, había un rollo de imágenes dentro de mi mente que seguía involuntariamente y con absoluta claridad.
Maldije las coincidencias de ese día. “Sí me hubiera tardado unos segundos más (o menos) en el baño esto no estaría ocurriendo”, pensé. O una cucharada más al cereal del desayuno, un titubeo a la hora de escoger mi ropa, leer dos veces el mismo párrafo en el periódico, cualquier cosa, me hubiera evitar estar en ese instante en ese preciso (y maldito) lugar.
Ya no podía cambiar nada.
Me imaginé el auto destruido -en esas crudas imágenes que muestran por la televisión- y a dos paramédicos levantando un cuerpo cubierto con una manta amarilla y llevándolo, sin ningún sentido de urgencia, a la puerta de la ambulancia.
Ese era yo.
SHSHSHSHSHSHSHSH
Inexplicablemente la camioneta pasó a mi lado sin golpearme.
Oí ese brutal sonido pero no me llevó con él.
Mi pelo se movió cuando pasó la camioneta junto a mi auto; lo sé, era imposible porque llevaba cerradas las ventanas, pero sentí un aire frío en el cachete izquierdo.
La muerte pasó a mi lado.
El trance terminó. La cámara lenta se aceleró.
Regresé al tiempo real, como de trancazo, pisé el acelerador con el pie derecho, dejando atrás la camioneta descontrolada, y empecé a escuchar una canción en la radio. Se detuvieron bruscamente las imágenes en mi mente.
Busqué a la camioneta en el espejo retrovisor, una Ford Econoline 150, para ver con morbosa curiosidad el inevitable accidente con otro auto. Otro se iba a morir, no yo. Pero la bola roja, cada vez más lejana, se salió del rango de visión.
“¡Ahhhhhhhh!” grité, solo, dentro del auto, con ganas de llorar, mientras pasaba ambas palmas de mis manos sobre mi cara. Sentí mi cara pálida, fría, sin vida, de cartón.
Consideré por un momento el pararme a un lado de la carretera. Vi el reloj. 11:29 am. No paré. Seguí manejando, pero muy lentamente. Los brazos y las piernas me empezaron a temblar. Busqué la salida para la oficina del dentista.
“Me salvé de esta”, pensé.
No fue así.
No me salvé.
A partir de ese momento, ya nada sería igual.
Paola, Nicolás, algo en mí se rompió ese día.
Esa no fue la primera vez en mi vida en que me sentí en peligro de morir. Pero, por alguna razón, fue muy distinta. Y mucho más intensa.
Cuando me bajé del auto, frente a la oficina del dentista, revisé si había alguna marca de la camioneta. Me pareció que había rozado mi carro. No vi nada y me sorprendió.
Antes de entrar a que me limpiaran los dientes, le tenía que contar esto a alguien. Ya estaba tarde pero no me importó. Le llamé a mi amiga y compañera de trabajo, Patsy Loris, a quien ustedes conocen muy bien, y le dije en seco: “estuve a punto de morirme”.
Entré a la oficina del dentista y me sometí, gustoso, a la higienista. Que me rasparan los dientes y me sangraran las encías eran inequívocas señales que estaba vivo. Vivo. El dolor es, también, vida.
Al terminar la sesión, revisando con la lengua mis dientes relucientes, pretendí llevar mi vida normal. Me subí al auto, chequé si tenía algún mensaje en el teléfono celular, prendí la radio. Grave error.
Yo creía que todo iba a terminar en un gran susto. Y ya.
Me equivoqué.
Durante los días siguientes al casi accidente me sentí abrumado, confuso, angustiado. No podía dejar de pensar que había estado a punto de morirme. Algo me apretaba en el pecho, a la altura de la garganta. Era una piedra que se rehusaba a irse con la respiración.
Traté, como en el pasado, de minimizar el incidente. "He pasado cosas peores", me decía, "y esto no tiene por qué afectarme tanto".
No pude.
¿Quieren saber cómo me afectó todo esto?
Muchísimo. Empecé a tomar decisiones que había postergado por años. La más dura, para todos, fue la de divorciarme. Además, busqué ayuda para entender por qué había enterrado mis emociones durante tanto tiempo.
Esto, claro, no ocurrió de un día a otro. Llevaba un buen rato sintiendo que necesitaba un cambio drástico en mi vida pero no sabía, ni siquiera, por donde empezar.
Comencé por verme al espejo y preguntarme, de verdad, si estaba contento con mi vida. No me pude contestar. Y supe que algo estaba mal. Una vida satisfecha no se oculta.
Comencé por quitarme muchas capas de protección afectiva que había construído larga y cuidadosamente: limpié de ambigüedades, mentiras o malentendidos todas mis relaciones personales. Quizás esto les suene demasiado técnico, pero es una forma de explicarles que me deshice de cargas que en ocasiones me hacía arrastrar los piés y el ánimo.
Algunos que creí amigos y amigas se quedaron en el camino. Tenían una imagen distinta, distorsionada de mí. Pero otros me abrieron su mundo y me aceptaron tal y como soy.
De alguna manera, se muere y se nace todos los días ¿no?
También, me forcé a salir más, a conversar más, a decir lo que realmente pensaba, y me prometí que nunca más volvería a perder el tiempo escondiéndome, traicionando lo que sentía o con una vida doble.
Y déjenme decirles una cosa, Nico y Paoli, no ha sido fácil.
No ha sido nada fácil rehacer la vida a los 49, ni ponerme en contacto con partes de mí que había enterrado o que daba por muertas.
Lo más curioso de todo es que no fueron mis aventuras en las guerras (que les contaré con más detalle en otra carta) las que me hicieron cambiar mi forma de vivir. No. El cambio, como ya les conté, vino por esa casi fatídica cita que tuve con el dentista.
La muerte siempre es una posibilidad en la guerra.
Pero no al ir al dentista.
Jamás se me cruzó la idea por la cabeza de que una soleada mañana de otoño mientras iba a una cita con el dentista podría morirme, dentro de mi coche, y dejar de verlos para siempre. Nunca se me ocurrió.
La muerte se esconde en lo más cotidiano. Nunca hay ceremonias y discursos en el momento de la muerte. Esa pueden venir después pero nunca en el preciso instante en que se esfuma la vida.
Se me ocurrió morir en Irak o en Afganistán o yendo a Kuwait o en las montañas de El Salvador o incluso volando a la frontera entre Colombia y Venezuela. Pero no a tan solo unas millas de mi casa.
Creo que en ese instante hice corto circuito. Entré en crisis. Me cuestioné profundamente la manera en que estaba viviendo.
Pronto entendí que esas eran las reglas de la vida y que, lejos de atormentarme, debería sacarle provecho a lo que tenía, disfrutar al máximo mi tiempo con ustedes, con mi familia y amigos, y ser brutalmente honesto conmigo mismo. Había que vivir la vida como viniera, sin tratar de encuadrarla en estrechos esquemas.
Y así ha sido desde entonces.
Tras ese instante tuve una lucidez mental que durante años me evadió. Me di cuenta de que la vida vuela y me dio coraje todos los momentos que había perdido. Tenía que aprovechar mucho más el tiempo con ustedes y tenía que abrirme emocionalmente a todos los que me rodeaban. Era un pérdida de tiempo el guardar mis sentimientos para otra ocasión más propicia. El después no existe.
Y cambié.
No creo que antes les hubiera podido escribir estas cartas. Escribo desde un nuevo lugar, interior y exteriormente.
Escribo desde un escritorio que da a la ventana y afuera hay un precioso jardín. Ya no escribo contra la pared, como antes. Escribo con mucha luz natural, sin temores, casi sonriendo.
Y volví a escuchar música. No me había dado cuenta que durante años no lo había hecho ni canté. De pronto, algo se abrió en mí, me compré un ipod y me puse a escuchar música como quien busca agua. El poder liberador de la música me alucinó.
Empezar a cantar, solo, mientras corría o manejaba, me removió un montón de sentimientos que salían de mi garganta en forma de grito. Descubrí la música, por segunda vez en mi vida –la primera había sido por ahí de los 12 cuando aprendí a tocar guitarra clásica- y me alegró todo.
Una cosa es decir que la vida es muy corta y otra estar absolutamente convencido de que eso es cierto. Y cuando vi pasar a la muerte a unos centímetros de la ventana de mi auto, las cosas cambiaron.
Para siempre.
Les puedo decir que estoy mucho más contento, más vivo, que nunca había estado tan conciente de todo lo que tengo y que no hay vuelta atrás.
Además, he aprendido a disfrutarlos a ustedes, mis hijos, en todo momento. Y esa es la mejor recompensa.
Besos, muchos. Papá