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50

Cumplo 50 años. Y hago una pausa. Ya pasé más de la mitad de mi vida y, afortunadamente, hay un par de cosas que he aprendido y otras que me resisto a aceptar. Este es mi estado de cuentas.

Mi primera observación es sobre la brevedad de la vida. Es un cliché mayúsculo. Pero cada año que pasa es proporcionalmente más rápido que el anterior. Sí, el tiempo es relativo. Un año para mi hijo Nicolás es eterno; para mí, en cambio, vuela.

Desde luego, por más que quiera estirarla, ya no puedo pegarme la palabra “jóven”. Hay mañanas en que soy un lejano espectador de mí mismo y no reconozco al que está semiborroso en el espejo. No hay negación. Los achaques, las arrugas, las canas y las mañas están todos ahí. Pero lo curioso es que mi cuerpo y mi mente no registran todavía el cinco y el cero y se sienten, digamos, de otra edad.

Me explico. Los hombres a principios del siglo pasado se morían, en promedio, al cumplir la edad que ahora tengo. Vivo en tiempos extras gracias a los avances de la nutrición, la medicina y la tecnología; unos perfectos desconocido alargaron mi vida. Gracias.

El montón de años, sin embargo, no te hace automáticamente más listo. Conozco a demasiados viejos cascarrabias. Pero sí ayuda a estar más conciente de todo. Ahora aprecio más los momentitos que antes dejaba pasar sin atención. Y por eso -solo por eso- creo que vivo mejor.

La segunda observación es sobre lo inesperado en la vida. Pasan tantas cosas fuera de nuestro control que a veces resulta una proeza cumplir con todas las citas de un solo día. Trato frecuentemente de engañar al calendario planeando con varios meses de anticipación. Pero sé que es una trampa.

La vida no es previsible ni justa. Aún me asombro al darme cuenta que estuve mucho más cerca de morirme es un tontísimo accidente de tránsito en una mañana soleada que cubriendo cinco guerras. Eso no tiene mucho sentido ¿verdad?

Mi tercera observación –y me apena, por adelantado, que le moleste a algunos- es que, con la edad, han crecido mis dudas sobre la religión. Es algo estrictamente personal: algunas de las personas más intolerantes que he conocido son creyentes fanáticos.

Tengo más preguntas que respuestas. ¿Por qué sufrimos? ¿Por qué se enferman o se mueren los niños? (Sé que mi e-mail se va a inundar de contestaciones.)

Además, no conozco a nadie que me pueda decir con absoluta certeza que pasa después de morir. Y prefiero vivir así; sin creencias sobrenaturales pero, también, sin mentiras piadosas. A mí me ha resultado más el actuar en la tierra que pedirle al cielo.

No creo en el destino ni en el mito de que las cosas pasan por algo. Creo, como los viejos existencialistas, que hay que darle un propósito a nuestra vida y ya. Por lo tanto, no es necesario pertenerce0072 a una religión institucionalizada para tratar de dejar las cosas un poquito mejor que como las recibimos.

Mi cuarta observación es mucho más terrenal. Hay que aprovechar el (mucho o poco) tiempo que estamos en el planeta. Y hacer lo que más te gusta es uno de los secretos para una vida plena.

Al cumplir los 40 años me regalé el “no”: no haría más lo que no quisiera (léase bautizos, bodas, compromisos…). Y ahora a los 50 años me regalo el sí: haré mucho más de lo que me gusta.

Hay momentos claves –como dice mi cuñada Carolina- en que es preferible tomar una decisión “bien sentida” que una decisión bien pensada. Escoger con quien compartes tu vida cae en esta categoria. Decidir como pasas 8, 10 o 12 horas al día, también.

Sospecho que quienes tienen éxito no son, necesariamente, los más inteligentes. El éxito es pasión más perseverancia. Escogí una carrera –el periodismo- que me ha permitido viajar millones de kilómetros y conocer a cientos de personas que han cambiado el mundo y son exitosas. Y creo que todas tienen algo en común: hacen lo que más les gusta, siguen sus instintos y son muy luchadoras.

Y mi quinta y última lección –una por década- tiene que ver con la maravilla de vivir. Hay tanto que rescatar.

Desde luego que me arrepiento de algunas cosas. Sería estúpido creer que no me he equivocado. Pero a esos errores –que son muchos y solo míos- les exprimí un poquito de experiencia, humildad y humor…para cuando haga falta.

Mi balance es positivo: más buenas vibras que malos rollos y más amor que desamor. Quizás, como alguna vez me dijo el abuelo de mi hija Paola, la felicidad está en que te quieran quienes tú quieres. Y me siento bien rodeado.

Al final de cuentas, estoy al día, bien parado en la tierra, con casi todos los míos y en paz. Me gusta mi vida a los 50. No puedo imaginarme un mejor regalo de cumpleaños.

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Presentador de Noticiero Univision desde 1986. Escribe una columna semanal para más de 40 periódicos en los Estados Unidos y Latinoamérica y publica comentarios de radio diarios para la red de Radio Univision. Ramos también acoge Al Punto, el programa semanal de asuntos públicos de Univision que ofrece un análisis de las mejores historias de la semana, y Fusión AMERICA con Jorge Ramos, un programa de noticias dirigido a jóvenes adultos. Ramos ha ganado ocho premios Emmy y es autor de diez libros, el más reciente, STRANGER, El desafío de un inmigrante latino en la era de Trump.

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