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9/11

Nueve once. Así es como los norteamericanos le dicen al peor acto terrorista en la historia de Estados Unidos. Prefieren un eufemismo a recordar cómo 19 suicidas se burlaron del aparato de inteligencia más sofisticado del mundo y que el líder de la operación, Osama bin Laden, no ha sido detenido. Es mejor decir “nueve once” a reconocer con cada aniversario, con cada noticia, que por un instante Estados Unidos -la única superpotencia- se sintió vulnerable dentro de su propia casa.

Nueve once. Así le dicen aquí. Fuera de Estados Unidos suena un poco extraño porque solo aquí se escribe el mes antes que el día. En otras partes del mundo todos dirían el “once nueve”. O muchas veces, en ese afán norteamericano de simplificarlo todo, solo escriben: 9/11 como si se tratara de un día más del calendario. Pero no lo fue.

He cubierto cuatro guerras pero nunca he visto nada parecido a la caída de las torres gemelas en el World Trade Center de Nueva York. Las guerras tienen los rastros de brutalidad por todos lados: vi cadaveres hacinados unos sobre otros en Kuwait, fotografié a niños guerrilleros jugando con rifles en El Salvador, supe de hermanos matando a hermanos en Kosovo y de periodistas con un tiro de gracia en la nuca en Afganistán. Sin embargo, nada se compara con estar parado, de noche, en un lugar silencioso y lleno de polvo donde sabes que hay casi tres mil personas enterradas. Nada.

Pero mi experiencia es muy limitada. Incompleta. Hay cosas peores a lo ocurrido el 11 de septiembre del 2001: el mundo estuvo mucho más cerca de quedar hecho pedacitos durante la crisis de los misiles en 1962; Estados Unidos vivió un vacio de poder aún más profundo cuando asesinaron al presidente John F. Kennedy en noviembre de 1963; y si se trata de comparar la muerte de inocentes, nada ha sido más cruel que el asesinato de seis millones de judíos durante el holocausto en la Segunda Guerra Mundial o más alucinante que la explosión de las bombas atómicas en Hiroshima y Nagasaki. En este contexto debemos analizar lo que pasó en Nueva York, Washington y Pennsylvania.

Aún así, tres mil muertos son muchos muertos.

Los norteamericanos tienen la extrañisima costumbre de vivir sin arrastrar el pasado. Una o dos semanas después que alguien muere ya se espera que sus familiares se hayan acostumbrado a esa terrible ausencia. A nivel nacional ocurre igual. Apenas unos días después de los actos terroristas, ya había llamados del propio presidente George W. Bush y de otros líderes nacionales para “regresar a la normalidad”. Viajen, salgan a restaurantes, acompañen a sus niños al parque, nos sugerían, como si lo ocurrido el 11 de septiembre hubiera sido solo una mala película de Hollywood.

Los latinoamericanos, en cambio, pecamos por siempre andar cargando el pasado.

Arrastramos por años, por décadas, por siglos, tragedias y desavenencias. Basta notar que todavía hay quienes se quejan de los crueles abusos cometidos por los españoles contra la población indígena hace más de 500 años. Son, sin duda, dos formas muy distintas de ver la vida. Pero es precisamente esa actitud de mirar hacia delante -y no hacia atrás- la que ha sacado a Estados Unidos, poco a poco, del hoyo en que cayó hace un año.

Está claro, pués, que el peor acto terrorista en la historia de Estados Unidos no lo arrodilló. Pero todavía hay muchas señales de negación que indican que este país no ha aprendido todas las lecciones de ese 11 de septiembre.

Es obvio que los servicios de inteligencia de la CIA y el FBI fracasaron. Sin embargo, el director del FBI, Robert Mueller y el director de la CIA, George Tenet, continúan en sus puestos. Si en lugar de guerra contra el terrorismo se tratara de un partido de futbol, hace tiempo los hubieran sacado del juego.

Los errores en la estrategia antiterrorista están a la vista de todos. Estados Unidos,

más que identificar y perseguir terroristas, le está haciendo la vida imposible a miles de inmigrantes que no tienen absolutamente nada que ver con el 11 de septiembre.

El problema de fondo, sin embargo, es que en el último año Estados Unidos se ha olvidado de tender puentes al mundo musulmán para evitar que se repitan otros actos terroristas. La paz se hace con el enemigo. Una encuesta tras otra demuestra que entre los árabes hay un fuerte sentimiento antiamericano. Pero el esfuerzo diplomático para acercarse a grupos antagonistas y comprender el origen de ese odio ha sido muy pobre.

La unilateralidad, que caracteriza a este período estadounidense, se lee en el resto del planeta como arrogancia. En un mundo tan complejo solo las alianzas y los consensos pueden evitar nuevos conflictos. Actuar solo -como Estados Unidos lo ha hecho ante la Corte Penal Internacional, el Protocolo de Kyoto, los subsidios a agricultores norteamericanos y en sus planes para atacar Irak- garantiza broncas.

¿Conclusión? Que un año después del “nueve once” la única certeza es que la amenaza de violencia dentro de territorio norteamericano no ha desaparecido y que es muy probable -según han asegurado el presidente, vicepresidente, Procurador General, Secretario de Defensa y el nuevo director de Seguridad Nacional- que suframos pronto otro acto terrorista.

Esta es la nueva normalidad a un año del nueve once.

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