E.E.U.U., Política

JUICIO A MEDIANOCHE

Era medianoche en Washington y el juicio seguía. El congresista Demócrata, Adam Schiff, se quejaba amargamente de la hora y de que muchos estadounidenses ya estaban durmiendo a pesar de la enorme importancia del tema.

Pero por una improbable combinación de jet lag, cansancio excesivo y un dudoso sentido del deber, yo estaba sobre mi cama en un hotel de San Francisco, California, a las nueve de la noche tratando de seguir, entre cabezazos, el primer día del juicio de destitución del presidente Donald Trump.

​Mi día había comenzado en Miami donde, antes de las seis de la mañana, escuché el discurso de Trump desde el foro económico mundial en Davos, Suiza. Trump decidió no estar en Washington cuando comenzaba el juicio en su contra. Su mensaje era una ligera variación de su discurso de siempre: soy el mejor, Estados Unidos es el mejor, nadie puede compararse a lo que yo he hecho, etcétera, etcétera.

​Pero este presidente tan egocéntrico -que alguna vez se describió como “un genio muy estable”- no puede soportar la idea de que el congreso de su país lo esté acusando de abusar de su poder. Es algo que aparentemente ha hecho toda su vida. En un video del programa Access Hollywood -dado a conocer durante la campaña presidencial del 2016- se le escucha presumir de cómo podía tocar a las mujeres en sus genitales sin sufrir las consecuencias solo porque era “una estrella”. Aún así, más de 62 millones de estadounidenses votaron por él y llegó a la Casa Blanca.

​Esta vez, sin embargo, es distinto.

​Durante una llamada telefónica al presidente de Ucrania, en julio del año pasado, Trump le pide “un favor”. El presidente Volodymyr Zelensky sabe exactamente a lo que se refiere Trump. A cambio de entregarle casi 400 millones de dólares en ayuda a Ucrania, Trump -a través de varios mensajes- le pide que investigue al ex vicepresidente Joe Biden y a su hijo Hunter, quien formaba parte del consejo de Burisma, una empresa ucraniana de energía.

​El intercambio -o quid pro quo- que propuso Trump al presidente de Ucrania fue muy sencillo: tú me das información de uno de mis principales oponentes políticos para las elecciones de noviembre del 2020 y yo te suelto el dinero. Así de burdo. Dando y dando. Se trata del bully, del ricachón del patio de la escuela, exigiendo lealtad y total sometimiento.

​El problema para Trump es que esta vez lo cacharon en la trampa. Por eso el juicio en su contra; por abusar de su poder ejecutivo para tener una ganancia personal y por obstruir al congreso durante la investigación.

​Su berrinche ha sido más que público. Su cuenta de Twitter @realdonaldtrump rompió un record el segundo día del juicio con 142 tuits, y está llena de mentiras e insultos. El diario The Washington Post, que lleva la cuenta exacta de la insinceridad presidencial, asegura que Trump ha mentido o falseado la verdad 16,241 veces en sus primeros tres años en la Casa Blanca.

​Pero acostumbrado a siempre salirse con la suya, Trump está haciendo todo lo posible para que los estadounidenses no sepan lo que pasó. Primero, le ha prohibido a sus principales colaboradores -a los que sabían de sus chantajes al presidente ucraniano- a participar en el proceso de destitución. Y segundo, se ha negado a entregar al congreso documentos y correos que, posiblemente, comprobarían la trampa.

​Además, Trump cuenta con la cómplice ayuda de los Republicanos en el Senado para esconder sus huellas. Por eso la ausencia de testigos en el juicio en el Senado. Por eso la falta de documentos oficiales. Por eso esas absurdas reglas que extendieron el primer día del juicio más allá de la medianoche.

​Aunque ya sabemos el final -Trump será exonerado por un Senado dominado por los Republicanos y buscará usar el juicio a su favor para reelegirse en noviembre- escribo esto porque al final Trump va a perder. En su absurdo intento de ser el más grande, Trump se autodestruyó. Nunca entendió que no se trata de llegar al poder y hacer historia sino de hacerlo sin mentiras y trampas. Y al igual que sus tuits cargados de odio, eso nunca se podrá borrar.

​Siempre será recordado como el bully al que cacharon en la trampa. Y lo peor es la sospecha de que, si tuviera la oportunidad, Trump lo volvería a hacer.

Por Jorge Ramos Ávalos

Imagen: The White House bajo licencia Dominio Público

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Presentador de Noticiero Univision desde 1986. Escribe una columna semanal para más de 40 periódicos en los Estados Unidos y Latinoamérica y publica comentarios de radio diarios para la red de Radio Univision. Ramos también acoge Al Punto, el programa semanal de asuntos públicos de Univision que ofrece un análisis de las mejores historias de la semana, y Fusión AMERICA con Jorge Ramos, un programa de noticias dirigido a jóvenes adultos. Ramos ha ganado ocho premios Emmy y es autor de diez libros, el más reciente, STRANGER, El desafío de un inmigrante latino en la era de Trump.

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