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LAS GUERRAS QUE VIENEN

La paz no le conviene por ahora al presidente de Estados Unidos, George W. Bush. Es con la guerra que está buscando su lugar en la historia, su reelección en el 2004 y, también, fortalecer a Estados Unidos como única superpotencia ante la amenaza del terrorismo. La guerra es el terreno de Bush, no la paz.

En estos días, nada me haría más feliz que ser portador de buenas noticias. Pero no puedo. La percepción es que Estados Unidos le tiene que hacer la guerra a alguien: a Irak, a Irán, a Corea del Norte, a Al-Qaeda, a Hammas… A veces parecería que no importa quién es el enemigo, mientras se note que Estados Unidos está haciendo algo -lo que sea- contra las amenazas terroristas. No actuar, no moverse, es morir (en el actual clima guerrerista que todo lo impregna en Washington).

Afganistán le quedó chiquito al ejército norteamericano. Irak tampoco debe ser un gran reto militar: Estados Unidos tiene un poderío militar superior al de los otros cinco mayores ejércitos del mundo. Y si sigue gastando tanto en defensa, en un par de décadas Estados Unidos tendría una fuerza militar capaz de destruir a los ejércitos de todo el resto del mundo. Sin embargo, este país sigue siendo muy vulnerable a ataques terroristas.

El gobierno del presidente Bush se siente impaciente. A Bush y a su equipo de asesores les aterra que en estos precisos momentos se esté planeando otro ataque terrorista en gran escala -como el del 11 de septiembre del 2001- y que los vaya a agarrar, de nuevo, desprevenidos. Por eso la urgencia de atacar.

¿Cuándo? “En semanas” dejó entrever el Secretario de Estado, Colin Powell, si Irak no incluye todos sus armamentos -absolutamente todos- en su declaración a los inspectores de Naciones Unidas. “Semanas” significa que la guerra pudiera estallar antes que termine febrero. Podría ser. El presidente, incluso, acaba de cancelar un largamente planeado viaje a Africa para mediados de enero.

Tras los comentarios racistas del senador republicano, Trent Lott, ese viaje a Africa pudiera haber redituado en muchos votos de la comunidad afroamericana. Pero para Bush, a partir del 11 de septiembre, no hay nada más importante que la guerra. Por eso se queda en Washington. El está convencido que si el asunto de la guera da resultados positivos, los otros problemas -incluyendo la economía- pasarán a un segundo plano.

El 11 de septiembre del 2001, a las nueve y media de la mañana, después que un segundo avión se había estrellado contra las torres gemelas de Nueva York, el presidente Bush pensó: “Nos han declarado la guerra…y nos vamos a la guerra”. Así se lo dijo el presidente a Bob Woodward, el periodista que se dió a conocer por descubrir el escándalo Watergate, y que acaba de escribir el libro Bush at War (Bush en la Guerra). Desde entonces Bush no ha cambiado su manera de pensar.

Woodward describe paso a paso cómo se enteró Bush de los ataques terroristas y cómo convirtió el tema de la guerra en el más importante de su gobierno. El libro es sobresaliente por dos razones: una, porque cuenta desde adentro cómo se han tomado todas las decisiones respecto a la guerra contra el terrorismo, y dos, porque el periodista tuvo un acceso impresionante con todos los que toman esas decisiones (incluyendo al presidente Bush con quien conversó dos horas y 25 minutos en su rancho de Texas).

Bush -queda claro en el libro- está usando la guerra como una estrategia política. Sí, la amenaza de un ataque terrorista es real. “Nos van a volver a atacar”, ha dicho sin dudarlo el secretario de defensa, Donald Rumsfeld. Y para muestra está el reciente ataque de Al-Qaeda a un hotel en Mombasa. Pero el argumento de la guerra va más allá de las amenazas del terrorismo. Se está usando la guerra como una forma de mantener el poder: dentro de Estados Unidos, con los republicanos controlando el congreso y la Casa Blanca; y en el exterior, para asegurar la posición hegemónica, de control, de Estados Unidos.

No hay que ser mago para llegar a esta conclusión. La estrategia de usar la guerra para todo -para ganar elecciones, para reforzar la posición de superpotencia de Estados Unidos en el mundo, para luchar contra el terrorismo, para distraer la atención de los problemas económicos y de los escándalos corporativos- fue establecida por Karl Rove, el asesor político del presidente Bush. Y ni siquiera él lo puede negar. Rove, descuidado, perdió un importantísimo documento -en el que explicaba ésta estrategia guerrerista a algunos miembros republicanos del congreso- y esa información, para su mala suerte, terminó en manos de sus enemigos demócratas y de la prensa.

Aunque el objetivo final de Bush sea “la paz mundial”, como se lo dijo a Bob Woodward, su estrategia de corto y mediano plazo es la guerra. Si por alguna extraña razón Estados Unidos decide no atacar a Irak en las próximas semanas, Corea del Norte e Irán aún están pendientes como posibles enemigos. Esos dos países, junto con Irak, forman parte de lo que Bush llamó “el eje del mal” -en una frase que a muchos recordó la del “imperio del mal” que Ronald Reagan aplicó en su momento a la Unión Soviética.

“Odio a Kim Jong Il” dice Bush en el libro del periodista del Washington Post al referirse al líder de Corea del Norte que dentro de unos meses podría tener listas varias bombas atómicas. Y es obvio que Bush también odia a Saddam Hussein -que trató de matar a su padre en Kuwait- y a Osama bin Laden -que asesinó a más de tres mil norteamericanos- y a los líderes político-religiosos de Irán -que aún ven a Estados Unidos como “el gran Satán”. Es decir, lo que sobran son enemigos. Señales, todas, de las guerras que vienen.

Posdata de los ardidos. ¿Cómo se sentirán en México aquellos que tanto criticaron -aún sin verlas- las películas El Crimen del Padre Amaro y Frida? ¿Cómo se sentirán luego de enterarse que El Crimen del Padre Amaro fue nominada a un Golden Globe como mejor película extranjera y que Salma Hayek se llevó otra nominación como mejor actriz por su interpretación de Frida Khalo? Cómo duele el éxito -¿verdad?- sobre todo cuando es de otros.

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