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LATINO POWER

El primero de Julio del 2059 –según mis cálculos basados en el pasado censo- los blancos dejarán de ser mayoría en Estados Unidos. A partir de entonces, Estados Unidos será un país de minorías. Sin embargo, el proceso de transformación étnica ya está en camino.

Estados Unidos no es un país de blancos. Ya es una nación mestiza llena de little brown ones (o “cafecitos”) como le gustaba decir al expresidente George Bush respecto a sus nietos. En la actualidad, siete de cada 10 habitantes de Estados Unidos son blancos anglosajones pero cada vez serán menos proporcionalmente.

El futuro, sin embargo, se adelantó en California y en las grandes ciudades norteamericanas. En California los blancos dejaron de ser mayoría hace poco y las consecuencias ya están a la vista. En las elecciones del próximo cinco de junio Antonio Villarraigosa podría convertirse en el primer alcalde latino de Los Angeles desde 1872. Y lo que sigue, por supuesto, es un gobernador de origen mexicano en California. En las grandes ciudades está ocurriendo lo mismo. Los blancos anglosajones –algunos un poco asustados por la pachanga étnica que está transformando su país- están huyendo de los centros, del downtown, para irse a vivir a los suburbios. Y entonces nos están dejando el pastel a las minorías; hispana, negra, asiática.

Los datos del censo del 2000 indican que en las 100 ciudades más grandes de Estados Unidos los blancos no hispanos (o non-hispanic whites, como le gusta llamarlos a los burócratas) son menos del 50 por ciento de la población. Durante la última década un millón de anglos dejaron de vivir en Nueva York, Los Angeles, Chicago, Houston y Filadelfia para irse a residir a otro lado. Así, ciudades típicamente norteamericanas, como Anaheim –donde se encuentra Disneylandia- perdió 21 por ciento de sus blancos anglosajones y la población latina aumentó en un sorprendente 61 por ciento en blanquísima Charlotte, Carolina del Norte.

Ya hay mas latinos que negros en Estados Unidos. 35,305,818 hispanos frente a 34,658,190 afroamericanos, de acuerdo con cifras del censo. Y con el cambio étnico en Estados Unidos el conflicto es inevitable. Pero incluso los prejuiciados que no quieren entender que esta es una nación multiétnica y multicultural y que intentarán poner barreras (como leyes antiinmigrantes), serán rebasados por el fenómeno social que vive Estados Unidos. Los hispanos, no hay duda, están acrecentando su poder político y económico.

El poder adquisitivo de los 35 millones de latinos –400 mil millones de dólares al año- es superior al de casi cualquier país de América Latina. Y políticamente las señales de humo están por todos lados. El presidente George W. Bush me reconoció en una reciente entrevista que gracias al voto latino en la Florida (en concreto, de los cubanoamericanos) él llegó a la Casa Blanca. Además, a partir del pasado sábado cinco de mayo, los mensajes radiales de los sábados que pronuncia el presidente son tanto en inglés como en español. Bush es el primer presidente norteamericano que habla español (o lo champurrea). “La Casa Blanca es su Casa Blanca” les dijo ahí Bush a Thalia, Pablo Montero, Emilio Estefan y Don Francisco durante una fiesta con mariachis.

No es extraño que políticos de todas las tendencias políticas estén tratando de enamorar a los votantes hispanos. Está clarísimo que los candidatos que no hablan español en estados como California, Illinois, Florida, Texas y Nuevo México están en franca desventaja frente a los que sí lo hacen. En esos mismos estados, algunas de las estaciones de radio y televisión con más sintonía son en español.

A pesar de los incuestionables avances, nos falta poder político. Los hispanos somos el 12 por ciento de la población pero no tenemos un representación política equivalente. Es decir, deberíamos tener 52 congresistas latinos; sólo hay 21. Los afroamericanos, que tienen un porcentaje poblacional similar al nuestro, tienen 39 congresistas. Y en el senado sí que da vergüenza. Nos corresponderían, al menos, 12 puestos en el senado. No tenenmos ni uno. O sea, todavía hay mucha tela de donde cortar.

La población hispana continuará con un crecimiento acelerado; 18 de cada 100 nacimientos en Estados Unidos son de mujeres latinas y la inmigración legal e indocumentada llega al millón y medio por año. Y este crecimiento –en las cifras, en el poder adquisitivo, en la tele y radioaudiencia en español, en la representación política- tiene insospechadas consecuencias. Por ejemplo, en las mesas de los estadounidenses se comen más tortillas que bagels y más salsa picante que ketchup.

A algunos les puede horrorizar darse cuenta de la rápida e irreversible transformación étnica de Estados Unidos. Llámese latinización, mexicanización o lo que quieran. Pero de nada sirven las quejas; el latino power llegó para quedarse.

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