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LOS ZAPATOS ENLODADOS DE VENEZUELA

Barrio de San Bernardino, Caracas.

Los zapatos debían haber sido de un niño de unos cuatro o cinco años de edad. Eran blancos, con líneas azules. Las suelas estaban un poco gastadas. Las agujetas, perdidas. Los encontré entre el lodo, las ramas y las rocas que bajaron en un torrente del cerro del Avila. ¿Habrá sobrevivido el niño que usó estos zapatos? No sé. Lo que sí sé es que siempre me ha llamado la atención – quizás porque no tiene una explicación lógica- que lo primero que pierden las víctimas de desastres y accidentes son los zapatos.

El último cálculo que escuché –de la Defensa Civil de Venezuela- es que el número de muertos por las lluvias e inundaciones sobrepasaba los 30 mil. Pero muchas personas con quienes platiqué creen que el gobierno del presidente Hugo Chávez está escondiendo las verdaderas cifras. ¿Por qué?

Bueno, porque existe la sospecha entre algunos venezolanos de que el presidente Chávez minimizó el peligro de las torrenciales lluvias y aguaceros para que la gente saliera a votar en el plebiscito del pasado miércoles 15 de diciembre y aprobara la nueva constitución. Esta nueva carta magna venezolana incluye, desde luego, la reelección y le permitiría a Chávez quedarse 12 años mas en el poder.

¿Por qué el gobierno no declaró una emergencia nacional antes de las elecciones y después de dos semanas ininterrumpidas de lluvias? ¿Por qué no se canceló o pospuso el plebiscito cuando se supo de los primeros muertos en el estado Vargas? ¿Por qué no se le informó a la población, en cadena nacional por radio y televisión, que se preparara para posibles deslaves e inundaciones? ¿Por qué no fueron evacuadas a tiempo las zonas geográficamente mas vulnerables? ¿Acaso la política y el interés reeleccionista tomó prioridad sobre el bienestar del venezolano común y corriente? Son sólo preguntas.

Chávez, engrandecido por los resultados del plebiscito –siete de cada 10 votantes estuvieron con él- apareció la misma noche del 15 de diciembre, en una conferencia de prensa, restándole importancia al mal tiempo. Ingenuamente dijo: “San Isidro Labrador quita el agua y ponga el sol, puede ser la consigna para este momento. O aquella de Bolívar; si la naturaleza se opone lucharemos contra ella y haremos que nos obedezca”.

Las palabras de Bolívar, en boca de Chávez, sonaron a prepotencia. Y obviamente la naturaleza no obedeció al presidente. Uno de los damnificados por las lluvias -que llevaba cinco días caminando- al escuchar los comentarios de Chávez, le contestó por televisión: “El dice que él iba a cambiar todo, que él luchaba contra la naturaleza; que venga a luchar ahora, que mire como estamos todos”.

Esta es la primera crisis que enfrenta Chávez, después de un año de gobierno, que no podrá resolver con discursos, publicidad o balazos. Su enorme popularidad seguramente empezará a erosionarse tras varias decisiones bastante desafortunadas, como la de abrir el aeropuerto internacional de Maiquetía a los refugiados de las lluvias y aislar a Venezuela del resto del mundo. Los damnificados fácilmente hubieran podido ser ubicados en un lugar menos estratégico –como un hangar-. Pero el populismo le ganó al pragmatismo. Cuando los chavistas se dieron cuenta del error, ya era demasiado tarde; Venezuela estaba cerrada al mundo. Y así no llegan ni ayuda ni inversiones.

A mí me tocó, por ejemplo, volar de Miami a Caracas literalmente arriba de la carga de un avión C-130 de la Fuerza Aérea Venezolana. Pasé las cuatro horas y media de vuelo sobre un contenedor que llevaba alimentos, medicinas y sillas de ruedas a los damnificados por las lluvias. Todos los vuelos comerciales de ida y vuelta a Caracas estaban cancelados. Así, miles se quedaron varados en Venezuela y otros tantos fuera de ella. Las escenas que vi en el aeropuerto de Miami, con pasajeros que llevaban días durmiendo en la terminal, eran escalofriantes.

Pero nada comparable, desde luego, con lo que pasa aquí en Venezuela. Me encontré con un país que no podía ver mas allá de sí mismo, igual que los enfermos que sufren de mucho dolor. Venezuela está viendo hacia dentro. Recorrí las zonas mas afectadas durante la navidad y no vi un sólo Santa Claus ni un arbolito de navidad. Y ciertamente en este país nadie está preocupado –como en el resto del orbe- sobre la llamada falla de milenio (Y2K) y posibles ataques terroristas. Lo que sufrió Venezuela es mucho peor.

Aun tengo clavados los ojos de Esmérida, que pasó 30 de sus 53 años en una casita que el río que cruza el barrio de San Bernardino destruyó de un buche. Y la persistencia de Alejandro, el policía, que se rehúsa a dejar lo que quedó de su semidestruída vivienda, llena de lodo, en Catia La Mar. Y la desesperación de Mariela, cuando se dio cuenta que el nuevo cauce del torrente que bajaba de la cordillera pasaba a un ladito de su cocina. Y al enloquecido padre, sin camisa, que lloraba por televisión al contar cómo perdió en el agua a sus cinco hijos.

A pesar de todo lo anterior, la historia que mas me impactó fue la de una niña de once años de edad que trató de salvar a sus sobrinita de 3 meses de nacida. Ambas estaban siendo arrastradas por una fuerte corriente que desembocaba en el océano. El hombre que me contó la historia dice que, después de mucho luchar, la niña se quedó sin fuerzas y soltó a la bebé. Ella se ahogó. Pero la mayor se pudo coger a un envase de plástico y fue rescatada mas tarde ya en el mar. No puedo ni imaginarme lo que debe estar soñando cada noche esa niña-heroína.

Esta es la primera vez en mi vida que el color verde no lo identifico con la vida. Desde el aire, Venezuela es toda verde; las lluvias la han pintado así. Pero es verde de muerte.

Con este desastre Venezuela corre el peligro de quedarse atorada en el siglo XX; tardará años en estar donde estaba. Y donde estaba…no estaba muy bien. Ahora hay mas pobres que antes, mas desamparados que antes, mas desempleados que antes. La ilusión de un cambio para mejorar –que le ofreció Chávez a los mas hambrientos- esta empapada y podría tardar años en secarse. Y si resurge esa ilusión, sin duda, estará decolorada.

Por esto, no me extrañaría un nuevo éxodo hacia los Estados Unidos. De hecho, los mas ricos ya lo están haciendo. En avioneta, vía Aruba, Curacao, San Juan y Santo Domingo. Así como empezaron a llegar a Miami centroamericanos después del huracán Mitch y colombianos con la intensificación de la guerra, la nueva ola migratoria podría ser de venezolanos.

Además, esta tragedia ha permitido la militarización de facto de Venezuela; los soldados están por todos lados, el congreso fue disuelto (el 22 de diciembre) aprovechando con mucha mala leche el caos de las inundaciones, y los opositores políticos y los periodistas independientes empiezan a sentir los pisotones de las botas.

Así está Venezuela…con sus zapatos enlodados.

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